Divagación preliminar

En medio de la movilización turística, tenemos que ir a ver lo que ya hemos visto, estamos “obligados” a atrapar lo que ya está cazado, nos sometemos a los dictados del tour operator para no ir a ningún sitio. No hay nada que profanar, todo está en la vitrina, el devenir museo del mundo y la conversión del turismo en la condena global están a punto de impedir que surja lo singular. Finalmente parece que estamos incapacitados para estar en casa. Conocemos de sobra lo que pasa: visita guiada, diapositiva comentada, espacio interactivo, gestión de recursos culturales, la barahunda turística que está siempre falta de tiempo. Estamos movilizados por el turismo, esa es la experiencia estética. Aquella espera de lo que se demora es, en realidad, el banal “tiempo libre” antes de continuar en pos de un destino que se llama souvenir.

Fernando Estévez González, antropólogo que fue director del Museo de Historia y Antropología de Tenerife, advierte en su ensayo “Narrativas de seducción, apropiación y muerte o el souvenir en la época de la reproductibilidad turística” que el precio del progreso es la pérdida de la autenticidad (de los objetos, de la experiencia y de las percepciones de objetos y experiencias) bajo las condiciones generalizadas de alta movilidad y de progresiva mercantilización de todas las cosas. Buscamos, casi nostálgicamente, por medio del turismo una autenticidad perdida, el mundo intacto o primitivo en el que los deseos se hagan realidad, y lo que se nos ofrecen son patéticas “escenificaciones”. “Vivimos –escribe Fernando Estévez- en un mundo turístico y en un mundo de imágenes, ambos manifiestamente reales, ubicuos y omnipresentes; tanto, que la realidad se está convirtiendo en ese país extraño al que solo vamos de vacaciones”. Aunque sea en silla de ruedas, no podemos resistirnos a la gozosa “movilización total”. Todo sea por volver a experimentar el Síndrome de Estocolmo.

La vivencia contemporánea es, por emplear términos caracterizados por Marc Augé, la del no lugar a partir del cual se establecen distintas actitudes individuales: la huida, el miedo, la intensidad de la experiencia o la rebelión. La historia transformada en espectáculo arroja al olvido todo lo “urgente”. Es como si el espacio estuviera atrapado por el tiempo, como si no hubiera otra historia que las noticias del día o de la víspera, como si cada historia individual agotara sus motivos, sus palabras y sus imágenes en el stock inagotable de una inacabable historia en el presente. El pasajero de los no lugares hace la experiencia simultánea del presente perpetuo y del encuentro de sí. En los no-lugares domina lo artificioso y la banalidad de la ilusión. Esa publicidad que está por todas partes ha llegado al agotamiento de sus estrategias; en cierta medida los no lugares sirven, ahora en un singular detournement, para que los sueños se proyecten y ahí, por donde únicamente transitamos a toda velocidad o, mejor, donde no queremos estar, podría desarrollarse una nueva forma de la flanerie.

No olvidemos que, como apuntara Benjamin, aprender a perderse en la ciudad es un trabajo que lleva toda la vida. Pero, como sugiere Rem Koolhaas en la exposición Countryside. A Report (inaugurada en el Guggenheim de Nueva York en el mes de febrero, justamente cuando la pandemia de la covid-19 mostraba su “virulencia” planetaria), tal vez tengamos que pensar de nuevo el campo, esto es, retomar o retornar a lo que califica como un ignored realm. Más allá de las fantasías (regresivas o “aristocratizantes”) neo-románticas o del hipsterismo que coquetea con la superficie de la llamada a vivir en el bosque de Thoreau, tal vez tendría sentido que nos volvamos a poner en camino hacia lo imposible. Tenemos que planear “expediciones” más que repetir “exposiciones”.

En mi libro Mierda y catástrofe (Ed. Fórcola, Madrid, 2014) tuve el tremendo desliz de añadir un capítulo sobre “El arte de perderse en el bosque” que fue, para algunos lectores, “el único remanso de paz” (sic) en medio de un panorama literalmente escatológico. Estuve tentado de retirar ese ensayo cuando se realizó la segunda edición de ese texto que llevaba en portada, de forma perogrullesca, el “mítico” urinario duchampiano. Ahora, al pensar en una muestra imposible, me doy cuenta de que en esas páginas pueden encontrarse indicaciones fragmentarias para aproximarse al objetivo deseado. Justamente cuando en plena retorización de la “nueva normalidad” siento el impulso a regresar a las montañas, en un riguroso “apartamiento del mundo”. Esta metoikesis (sobre la que ha meditado con enorme lucidez Peter Sloterdijk) no es más imposible que soportar la vida que nos resta. Tal vez la evocación en el título de esta exposición-de-expediciones al ciclo de canciones de Schubert suministre alguna clave.

La exposición

Winterreise. [Avalanchas, naufragios y alta montaña] es una exposición o, mejor, una serie de expediciones a diez montañas. El origen de esta idea-delirante o incluso divagante (en cualquier caso, solamente realizable con caminantes vocacionales) está en una acción que realizamos hace años en el contexto del proyecto Llocs lliures. Con el artista Domingo Sánchez Blanco realizamos la ascensión al Montgó desde Javea para depositar en la cima una piedra en la que estaba labrada la frase “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Publicamos un libro con la documentación del ascenso a esa cima y un largo ensayo sobre ese impulso a ascender la montaña con una frase tan des-concertante. Poco tiempo después planteamos otra acción en el cráter del Volcán de la Corona en Lanzarote (allí se depositó otra piedra con una inscripción que alude al Apocalípsis bíblico: “Yo querría ser fuego y que todo estuviera en llamas”). Estamos en proceso de publicar un segundo libro sobre ese ascenso-y-descenso a las entrañas volcánicas.

El proyecto que formulo, en una anómala tensión de “utopía” y necesaria territorialización, supondría, por tanto, el ascenso a diez montañas acompañando a diez artistas. Cada uno de ellos realizaría una obra a partir de esa experiencia. Como pre-texto he planteado que cada “expedición” estuviera orientada por un libro concreto. Sedimentaríamos lo que nos pasara en forma de fotografías, vídeos, dibujos, pinturas, composiciones sonoras, dibujos, materiales cartográficos y, por supuesto, despliegues narrativos. No existiría, propiamente, un “formato final” sino una serie de avalanchas documentales y de relatos de naufragios, materializados o editados como películas, libros o, sencillamente, sostenidos en la oralidad rumorológica.

La exposición de las expediciones tal vez nos obligue más a cantarlo que a contarlo. La propia dificultad de alguna de las “ascensiones” nos preparará para la desescalada (un término “de moda” que puede camuflar el batacazo inevitable) o incluso nos recuerde que si no hay viento habrá que remar.

Listado de artistas, montañas y pre-textos:

  • Francis Alys. Ascenso al Popocatépetl con el libro Bajo el volcán de Lowry en la mochila.
  • Domingo Sánchez Blanco. Regresaríamos al Montgó. De nuevo buscaríamos “inspiración” en la Biblia.
  • Perejaume. Caminaríamos por el Valle de Ordesa hasta el Monte Perdido y desde allí seguiríamos a La Brecha de Rolando. Por algo más que homofonía nos entretendríamos en la relectura de la “Chanson de Roland”.
  • Teresa Correa. Con esta artista canaria subiríamos al Teide. Plantearíamos una reconsideración del Amor loco de Bretón y, sobre todo, su peculiar fascinación con esa montaña.
  • Con el colectivo Stalker afrontaríamos un remake del ascenso de Petrarca al Mont Ventoux que es el momento fundacional el “paisajismo occidental”. Llevaremos, por supuesto, Las confesiones de San Agustín para volver a leer el pasaje que nos coloca como pequeños seres en relación a la omnipotencia del Creador.
  • Propondría a Esther Ferrer que realizáramos una pieza sonora para el Monte de Venus (teniendo bien presente que, como apuntara Baruch Spinoza, “nadie sabe lo que puede un cuerpo”) y trataría de sacar algún partido de La filosofía en el tocador del Marqués de Sade.
  • Escalaría con Mathew Barney las verticales paredes del Capitán en el parque Yosemite. Con las conocidas dotes de este artista para la escalada y su tendencia a desarrollar una suerte de “obra de arte total” (a la manera wagneriana) podríamos conquistar esas difíciles vías. En cualquier caso, anticipando el drama podríamos adentrarnos en El nacimiento de la tragedia de Nietzsche y, particularmente, en sus consideraciones mínimas sobre el paso de lo sublime a lo ridículo.
  • Realizaría una aproximación al campo base del Everest con Marina Abramovic y no nos olvidaríamos de llevar El libro de los muertos tibetanos.
  • Con la artista chilena Nury González intentaría subir al Aconcagua y nos entretendríamos leyendo pasajes de 2666 de Roberto Bolaño.
  • El último de los desafíos sería subir a las alturas en la Isla de Pico en Las Azores con Dominique González-Foerster, teniendo bien claro que ese viaje está absolutamente predeterminado por El mal de Montano de Enrique Vila-Matas.

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Un material complementario a la muestra-expedicionaria sería una conversación con Edurne Pasabán y Juanito Oiarzabal.

La presentación de todos los materiales (gozosamente dispersos) del proyecto se realizaría en el Museo Coronés (diseñado por Zaha Hadid) dedicado a Reinhold Messer en el Tirol.

Dos materiales textuales que formarían parte de la exposición:

Una frase que serviría como declaración de principios:

“Entre la partida y la llegada… la única aventura posible es el naufragio”.

El texto para el programa de mano de la exposición imposible:

Philip K. Dick ya describió el rasgo decisivo de nuestra sociedad: nada significa ya lo que es, y la propia vida se convierte en un único cálculo de riesgos y posibilidades. La (ridícula) utopía que supone vivir en un mundo indexado nos promete que por fin ya sabremos «dónde están las llaves». Debo repetir, aunque sea en tono de letanía, la fórmula shakesperiana de que “el tiempo está desquiciado” aunque eso no suponga que tenga que desanimarme, al contrario, el nihilismo reactivo puede impulsar(me) a seguir buscando a través del arte lugares intensos y, acaso, espacios de amistad. Pero no dejo de tener conciencia de que estamos todos embarcados y (en predicción de Heráclito) sólo sucede lo peor. “En tanto que Lucrecio –escribe Enzo Traverso en Melancolía de la izquierda- describía la reacción del espectador de una catástrofe natural, Blumenberg traslada su metáfora a la historia y menciona el ejemplo de Goethe, que en 1806 visitó el devastado campo de batalla de Jena un día después de la victoria de Napoleón. Al mismo tiempo, cambia la metáfora al apelar a una cita de los Pensamientos de Pascal, que anuncia el espíritu de los tiempos modernos: ya no somos espectadores, estamos “embarcados” (embarqués) y no podemos escapar ni contemplar desde un observatorio distante y seguro que nos rodean; somos parte y participantes de ellas. El alivio de quienes escaparon a la catástrofe y la observaron desde lejos es un privilegio que nos es desconocido. Somos nosotros los náufragos y tenemos que evitar ahogarnos y reconstruir nuestra nave hundida. En otras palabras, no podemos escapar a nuestra derrota ni describirla o analizarla desde afuera. La melancolía de izquierda es lo que queda después del naufragio; su espíritu da forma a los escritos de muchos de sus “sobrevivientes”, garrapateados desde sus botes salvavidas al cabo de la tormenta”. La razón del mar sabe que hay que guardarse de ir al fondo; sólo quien navega sobre la superficie opera con éxito. El anhelo de esta exposición/expedición imposible es volver a contemplar, desde lo alto de las montañas, ese mar de fondo que nos recuerda que navegar es necesario.

Curriculum (abreviado) del comisario:

Fernando Castro Flórez. (Plasencia, 1964). Profesor Titular de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad Autónoma de Madrid. Crítico de arte de ABC Cultural. Miembro del Comité Asesor del MNCARS. Comisario de exposiciones de artistas como Tony Cragg, David Nash, Nacho Criado, Fernando Sinaga, Andy Warhol, Francis Bacon, Antón Patiño, Imi Knoebel, Julian Opie, Manuel Vilariño, Anselm Kiefer o Bernardí Roig. Ha escrito libros como Elogio de la pereza. Notas para una estética del cansancio (1992), El texto íntimo. Kafka, Rilke, Pessoa (1993), Nostalgias del trapero y otros textos contra la cultura del espectáculo (2002), Escaramuzas. El arte en el tiempo de la demolición (2003), Fasten Seat Belt. Cuaderno de campo de un crítico de arte (2004), Fight Club. Consideraciones en torno al arte contemporáneo (2004), Sainetes. Y otros desafueros del arte contemporáneo (2007), Una “verdad” pública. Consideraciones sobre el arte contemporáneo (2010), Contra el bienalismo. Crónicas fragmentarias del extraño mapa artístico actual (2012), Mierda y catástrofe. Síndromes culturales del arte contemporáneo (2014), Arte y política en el tiempo de la estafa global (2014), En el instante del peligro. Postales y souvenirs del viaje hiper-estético contemporáneo (2015), Estética a golpe de like (2016), Estética de la crueldad (2019) o And so on and so on. Tres días en las redes con Zizek (2019), Derroteros y naufragios del arte contemporáneo (2019), Filosofía tuitera y estética columnista (2019).