Hace unos días conocíamos la noticia de que había fallecido la artista conceptual Teresa Burga. Aunque su carrera fue reconocida tardíamente, su figura es clave en el arte peruano en los años sesenta y setenta. Siempre reviso su práctica artística que evolucionó y cambió a lo largo de los años, sobreponiendo la idea al objeto. Desde sus inicios, cuando fundó Arte Nuevo, con otros artistas como Gloria Gómez-Sánchez o Jaime Dávila contribuyó enormemente a renovar la escena artística del país. Además, tras volver a Perú tras terminar sus estudios en Chicago, Teresa Burga formó parte de todos aquellos artistas que tuvieron que superar el difícil contexto que estaba viviendo el país en los años setenta en el que el mundo cultural tuvo que lidiar con el régimen militar que no veía con interés las obras de Burga. Su obra contempló el azar como parte del proceso creativo en el que distintos colores, imágenes y disciplinas se encontraban en un mismo lugar. No obstante, que la casualidad formase parte de su obra no hizo que perdiese su gran carga conceptual. 

Pionera en su momento, Burga analizó las estructuras de poder que se daban en la cotidianeidad de las mujeres de su época. En estos encontronazos entre distintos medios, Burga desarrolló una obra que incluía esquemas, bocetos y esbozos en los que la propia imagen dialogaba con diferentes datos, creando una narración que va más allá de la propia obra. Los apuntes, como en Perfil de la mujer peruana, median con el cuerpo evidenciando los relatos y las estructuras que se imponen sobre la mujer. En esas obras, Teresa Burga nos descubre el poder político que puede tener una línea o una figura visibilizando todo aquello que va más allá de la propia pieza.