Antes de que acabe el año se hacen públicos los Premios Nacionales de Literatura, Artes Plásticas, Cinematografía, Fotografía, Teatro, Diseño… como en una cascada imprevista, casi como una lotería anticipada, van haciéndose públicos los ganadores. Nunca quedan muy claras las razones de esa decisión, por qué gana este y no aquella. Y es que todo depende de un grupo de personas, que ni siempre ni todas son especialistas. La última entrega de este melodrama que son los premios nacionales ha sido el Premio Nacional de Fotografía, que ha sido para Ana Teresa Ortega (Alicante, 1952).

Este 2020 que tantas sorpresas nos está dando ya casi habíamos olvidado estos premios. Nos lo recordó el, más reciente Premio Nacional de Artes Plásticas para José María Yturralde (Cuenca, 1942) que al parecer ha tenido consenso, tal vez porque nadie se lo esperaba. En el caso de la fotografía siempre surgen todo tipo de disputas, por lo general ajenas al artista ganador. En esta ocasión las discusiones han tapado a la obra de Ortega, que al parecer muchos desconocen.

Ana Teresa Ortega es una de las fotógrafas de más larga carrera del panorama actual, es cierto que su carácter introvertido y su poca afición mediática le ha retraído de los escenarios populares, las inauguraciones y la sobrexposición social. Profesora en la Universidad de Valencia ha desarrollado sus series tranquilamente, a su propio ritmo, desarrollando una postura creativa muy singular. Siempre en diálogo entre el pasado y el presente que intenta mantener viva esa parte oscura de la memoria individual y colectiva. Por otra parte, la característica objetual y a veces cercana al instalacionismo confiere a su obra unas propiedades muy diferentes de la fotografía tradicional. Su trayectoria es mucho más larga, y personalmente con más series y maduración que la de otros Premios Nacionales que no han recibido tantas críticas, seguramente por ser más conocidos mediáticamente. Su trabajo es serio, riguroso y coherente, silencioso y con conciencia e implicación social, elementos que también pueden molestar a más de uno.

En cualquier caso, como tantas veces, lo que hay que criticar, estudiar y cuidar, mejorar y vigilar, son las composiciones de los jurados, la limpieza y neutralidad de sus componentes (no solo de este jurado, sino de todos los jurados) y no cuestionar la calidad de los ganadores. Eso que siempre hemos conocido como “buenas prácticas”.