OPINIÓN

Al paso del tiempo lo que sentimos es nostalgia. Cada año, por estas fechas, sentimos la ausencia de todo lo que vivimos. De los buenos momentos pasados, de los amigos que ya no vuelven, de los seres queridos que ya no están con nosotros. Fechas de alegría y familia dicen que son las Navidades, pero se convierten en fechas que parecen despedidas. Fechas en las que todos quisiéramos estar lejos, como si alejándonos del lugar donde habitan los recuerdos nos liberásemos de la memoria, pero la nostalgia crece dentro de nosotros, no pertenece a ningún lugar mas que a nuestra mente. Y nosotros la hacemos visible con nuestras palabras y gestos, con las miradas ausentes y las lagrimas que, a veces, se escapan por una esquina de los ojos, vencidos todos los diques de la razón, sin la contención de la seriedad y la educación. Nosotros alimentamos nuestras propias nostalgias con los álbumes de fotos, los objetos que guardamos como recuerdos, y ese gusto un tanto necrófilo por lo antiguo, por esas épocas en las que los besos sabían mejor y la luz era más limpia. Porque la memoria es como un Photoshop enloquecido.

El mercado también se alimenta de nuestra nostalgia y nos ofrece productos hechos ahora mismo, vacíos, pero con ese olor inconfundible del armario cerrado de casa de la abuela. Todos los remakes de nuestros héroes de la infancia (aún estoy esperando la película sobre Zarpa de Acero, mi superhéroe favorito) tienen esa finalidad: convertirnos en niños por un par de horas, hacernos sonreír ante lo inaceptable, olvidando nuestra ética, nuestro conocimiento y nuestro respeto por los demás. No importan los muertos, las ilegalidades, los micromachismos que haya en una película que nos recuerde a otras épocas. Porque en esas otras épocas el tabaco no estaba prohibido, los hombres eran maravillosamente protectores a la vez que machistas y las mujeres guapas y misteriosas. Es el cine, es la literatura, es la música, es la nostalgia. Y volvemos a oír Across the Universe de los Beatles, o vemos la nueva bruja adolescente Sabrina y sus historias escalofriantes. O nos lanzamos a buscar la forma de ver Roma en un cine, aunque haya que cruzar el mapa terráqueo. Porque una película en blanco y negro apela directamente a nuestros instintos más básicos, y ya sólo por esa luz apagada y esos grises infinitos sabemos que estamos en el ayer. Un ayer internacional, aunque la acción transcurra en México y nosotros no hayamos estado nunca en la Roma, ni hayamos tenido criadas indígenas, porque lo que sí hemos sido es burgueses, crecido en una familia estructurada, como Dios manda, y eso y una “historia como la vida misma” es algo irresistible.

Apelamos a la nostalgia para quitarle hierro al paternalismo, al colonialismo, al racismo, total es nuestra infancia, es nuestra historia, es el ayer, es en ese tempo en el que éramos ciegos, inocentes y felices. Es el tiempo en el que vive y se oculta la nostalgia. Es un engaño que nos hacemos a nosotros mismos para aguantar un año más, convencernos de que fuimos entonces más felices, que los besos primeros fueron los más dulces. Mentiras piadosas que no diríamos a nadie nunca jamás, pero que a nosotros mismos nos las repetimos como si simplemente fueran verdades. Las mentiras bien construidas, bien fotografiadas, bien sonorizadas, bien contadas, son siempre más atractivas, son realmente más verdaderas que la propia verdad. Para eso sirve, también, la cultura. Para engañarnos, aunque sólo sea un poquito, cuando es necesario. La nostalgia es necesaria para que sigamos oyendo tangos y baladas sentimentales, para que perdonemos lo imperdonable, para que podamos seguir viviendo con nosotros mismos; para no olvidar lo que fuimos, lo que hicimos, lo que perdimos. Para recordar con cariño a quienes nos hicieron daño o simplemente nunca nos quisieron.

El cine nos consuela en esos casos mejor que cualquier otra modalidad artística, solo la música en su mágica abstracción se le puede igualar. Esas canciones que nos ayudan a ensimismarnos, incluso hasta sonreír, que sentimos ya tan antiguas, que realmente no son la banda sonora de nuestras vidas pero que se han convertido en el fondo de todos los recuerdos de desamor, y tristeza, de abandono y de soledad. Ayudamos a que la nostalgia nos inunde por unos días, nos enternecemos con nuestra propia soledad, vemos el tiempo como el enemigo que nos arranca lo que realmente nunca fue nuestro. Porque también la nostalgia tiene mucho de seducción, de esa languidez que tanto envidiamos y que muchas veces nos faltó en el momento oportuno y es, en el fondo, un pozo al que nos asomamos y en el que nos podemos ahogar durante un rato, agua amarga que no nos refresca, bebedizo de amor desgraciado… una droga que como todas nos hace daño pero que nos resulta abrasadoramente inevitable.

Por eso les deseo a todos una feliz y dolorosa nostalgia, y un deslumbrante año nuevo.