Con la muerte de Martín Chirino (Gran Canaria, 1925) se cierra un ciclo histórico que afecta a Canarias, al arte contemporáneo español y a una cierta idea de contemporaneidad y cultura que nunca arraigó de una forma suficientemente profunda en este páramo, a veces inhabitable, que es el mundo de la cultura en España. Junto con Manuel Millares y Juan Hidalgo formaría un trio aleatorio de jóvenes brillantes que construirían no solo una obra sino una forma de ser, de estar y de pertenecer a su tiempo que se diferenciaba abiertamente de la que se tenía en su tiempo. Todos ellos nacen en los primeros años del siglo 20, y al parecer se creyeron completamente lo del cambio de siglo, de paradigma, la modernidad como una forma de existir. Dos de ellos, Juan Hidalgo y Martín Chirino, llegarían al siglo XXI con muchos años de experiencia y su capacidad mental en perfectas condiciones. Dos hombres cultos, elegantes, que intervinieron en la creación artística y en su evolución de una forma internacional, mucho más allá de las limitadas fronteras que marcaron tanto su lugar de nacimiento como sus años de nacimiento. Guerras mundiales y civiles, postguerras interminables, dictaduras, prohibiciones y límites a su libertad nunca pudieron frenar ni su inteligencia ni sus creaciones.

Martín Chirino formaría parte del grupo El Paso, pero esa pertenencia no fue una marca ni para él ni para su trabajo. De aquel grupo que significó tanto para el arte español contemporáneo apenas queda el recuerdo, las jóvenes generaciones prácticamente lo desconocen, y ya solo Rafael Canogar queda activo. Su obra, centrada en el hierro forjado y en esas formas que nos refieren a la mitología canaria y a la fuerza de la naturaleza y los ritos, nos acompaña desde distintos lugares de las ciudades y de algunos museos, su elegancia y perfección, y lo que algunos –simplificando– llaman la magia de sus formas, define toda una época de la escultura contemporánea. Pero más allá de una obra repartida en calles y museos de todo el mundo, nos queda la persona. A todos los que le conocimos y tratamos será imposible olvidar su figura y su lento hablar, su flema británica, su discreción sin límite, su fama de “conseguidor”. No podemos olvidar. Ni hoy ni nunca, el papel central que jugó no solo en la creación del CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno) de Las Palmas de Gran Canaria, que dirigió durante sus primeros años de funcionamiento, pero tampoco podemos olvidar que encabezaría el rescate público de un símbolo de la cultura en la propia capital de Madrid: el Circulo de Bellas Artes, que volvió a convertir en un lugar de encuentro para todos los agentes de la cultura y de los ciudadanos en general.

Su ausencia en los últimos tiempos nos empezó a acostumbrar a la situación inevitable a la que ahora nos enfrentamos, la desaparición del último de los grandes de una época, de una generación que se cierra como una cápsula del tiempo y que dentro de unos años tendremos que volver a recuperar por el bien del arte y la cultura española de unos años oscuros que solo encontró ese aire de libertad, de futuro y de genialidad, en la obra y la presencia de unos pocos, muy pocos artistas. Uno de ellos fue Martín Chirino.