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Para conocer realmente a Vincent Van Gogh hay que echar un vistazo a las cartas que se intercambió con su hermano Theo (casi 650 cartas). De hecho, la carta que estaba escribiendo en el momento de su muerte, estaba dirigida a él. Inacabada. “Yo arriesgué mi vida por mi obra, y mi razón destruida a medias…”. De esta última misiva y el recado de entregársela a Theo es la trama que recoge la película Loving Vincent (2017), de Dorota Kobiela y Hugh Welchman. El viaje emprendido por Armand Roulin (Douglas Booth) se convierte en una especie de investigación sobre las misteriosas circunstancias que envuelven la muerte del artista en la pequeña ciudad de Auvers durante julio de 1890. Roulin nos lleva así por los distintos escenarios -que son las propias pinturas que esbozó el holandés- a través de sus personajes, interpretados aquí también por Helen McCrory, Chris O’Dowd, Saoirse Ronan, Jeromy Flynn o Aidan Turner.

Este film es el primero compuesto por pinturas animadas, el primer largometraje al óleo se podría decir. Durante 80 minutos el espectador puede disfrutar de 56.800 fotogramas pintados en 680 lienzos por 150 pintores. Se han ido realizando durante seis años hasta conseguir la obra deseada. En palabras de Hugh Welchman: “Van Gogh pintó todo lo que se encontraba a su alrededor: personas, habitaciones, plantas y hasta sus zapatos. Fue alguien especial que pintó su propia personalidad, una personalidad con una historia dramática que mi esposa y yo encontramos perfecta para contarla a través de sus propios lienzos y cartas”. Para desarrollar la película como tal se necesitaron 14 días en los que el guion se grabó en exteriores y frente a cromas. Tras ello, el material se entregó al grupo de pintores mencionado. Posteriormente, se crearon las secuencias con actores que interpretaban a los personajes de Van Gogh y desde ahí se pasaba a ordenador para posicionarlos en las escenas sobre las pinturas creadas. Toda una delicia visual que merece la pena ver en pantalla grande.