OPINIÓN

Se podría realizar una historia de la fotografía solamente a través de las fotos que se han tomado de la pobreza desde todos los ángulos posibles. Pobreza, guerra, miseria, hambruna, injusticias, violencia, muerte. Ese es el retrato de más de la mitad del mundo que realizan los fotógrafos cada día. En la otra parte, una mucho más pequeña y que se reparte en museos, colecciones públicas y privadas, vemos esa otra cara, por lo general más amable, tal vez menos obvia, que es la que realizan los llamados artistas que usan la fotografía como herramienta para su creación personal. Pero realmente hay una zona difusa en la que los nombres pierden su significado y las calificaciones y estereotipos no tienen mucho sentido. En esa zona de niebla es donde están los fotógrafos de raza, esos que han mirado a su alrededor y no sólo han visto esa pequeña realidad que cabe en el objetivo de su cámara, “su realidad”, sino que han visto el mundo entero por un agujerito. Han visto el dolor, y la dignidad, el orgullo y el amor, mezclados con la miseria y el dolor.

Es la forma de mirar la que diferencia al fotógrafo y al artista. Es saber desde dónde miran, cómo editan, qué es lo que quieren mostrarnos. Es, en definitiva, su mirada hacia el otro, su forma de ver al hombre, al otro. Se puede mirar desde la igualdad, desde la distancia, desde un lugar superior, desde la pena, buscando el escándalo, el victimismo. Para Rodrigo Moya (Medellín, Colombia, 1934) la diferencia está en los que fotografían sin sentir, y los que miran y sienten y fotografían. Este fotógrafo mexicano nacido por casualidad en Medellín muestra una selección de su trabajo en el Museo Amparo de Puebla, a sus 85 años sigue sabiendo quién es y qué hace, sabe perfectamente lo que mira y por qué. En esta exposición (curada por Laura González) se ven varios ejemplos de cómo retratar la pobreza. Cómo retratar a esas personas que no tienen nada, ni zapatos, ni futuro. Algunos saben que no tienen derecho ni a tener sueños, pero siguen mostrando su dignidad, porque la pobreza no es una enfermedad, ni un vicio, es una condición social de la que son responsables y culpables los poderes políticos, económicos y sociales, y no los individuos, esos hombres, mujeres y niños que viven al filo de la nada. Rodrigo Moya empieza a fotografiar a finales de la década de los 50 y es en los 60 cuando empieza a realizar el cuerpo de obra más destacada en su trabajo como documentalista. Pertenece a la generación de fotógrafos a los que la prensa del momento les encargó dar cuenta del desarrollo económico de México, su despertar industrial, ese cambio que le convertiría en un país moderno, un cambio que todavía no se ha completado. Cuando hablamos de desarrollo lo que hay que pensar es en la pobreza, porque todo desarrollo económico deja detrás, fuera, al margen de ese desarrollo a una gran cantidad de personas que no pueden entrar en el cambio, que se quedan aislados en bolsas de pobreza sin solución. Pero sólo se muestra lo que interesa, para eso también los fotógrafos de prensa son especialistas, como los periodistas y los políticos. Cuando se habla de los récords de venta de vivienda nueva nadie menciona a los que comparten un pisito entre cuatro, a familias hacinadas en infraviviendas; cuando se habla del desarrollo de la industria energética y de la inteligencia artificial, de los avances de la tecnología… olvidamos a los que no pueden pagar la calefacción en pleno invierno, a los que no tienen celular ni ordenador. Pero Moya sí sabía de lo que se trataba, su trabajo era fotografiar ese cambio económico, al igual que el de sus compañeros, pero algunos supieron ver más allá de las apariencias, fueron los que sentían más allá de la propia imagen, del encuadre, más allá de llegar, mirar, fotografiar y recoger. No recuerdo ahora quién decía aquello de que para ser un buen artista hay que ser una buena persona. Tal vez para los artistas no sea necesario, pero sí parece que lo sea para la fotografía documental y la de prensa.

En las fotos de Moya vemos dignidad y tristeza en la mirada de las víctimas de una pobreza que no se arreglaba con el desarrollo inmobiliario ni económico del país. Toda una población que vivía en un mundo paralelo al de las noticias de las inauguraciones, ajena a los discursos de los políticos: eran los pobres. Fotografiar la pobreza es algo muy serio, no se consigue con un par de instantáneas, porque la pobreza tiene muchas caras, y porque no solo son pobres los que no tienen bienes, a veces también los que pierden su libertad, su dignidad, su propia vida por tener algo. Hay que saber mirar, hay que sentir, hay que saber tener respeto, tener humanidad, ser, simplemente una persona con una cámara en la mano. No es tan fácil. Hace poco hablaba de otro fotógrafo, también colombiano, Jesús Abad, y de cómo cambian las imágenes de guerra, de violencia militar, dependiendo desde dónde mire el fotógrafo, dependiendo de si está detrás del militar o policía que tira abajo la puerta, que apunta con su fusil al niño desarmado, que aplasta la población, o si mira desde el lado del niño, de la mujer violada, del pueblo humillado y destrizado. Sus imágenes serán imágenes diametralmente opuestas, unas más perfectas, más construidas, más llamativas, las otras simplemente más humanas, cargadas de sentimiento, de miedo, de dolor y también de orgullo, de dignidad.

La mirada de Moya nos ha dejado hermosas imágenes de la gente, inteligentes reflexiones sobre un desarrollo imperfecto e incompleto, la historia cotidiana de muchas personas, algunas condenadas para siempre al pozo de la pobreza, pero todas viviendo, sintiendo y relacionándose con el mundo de otra manera, no son despojos, no son personas simplemente vencidas, son personas viviendo cada día. Luego llegaría la violencia, las cargas policiales, las víctimas, los muertos, los estudiantes, Tlatelolco… pero la vida sigue, siempre sigue.

Una imagen de esa pobreza que a veces no lo parece es Hipotecados, 1966. La foto recoge los nuevos edificios unifamiliares de los 60,  un grupo de edificios que aún hoy siguen en pie; otros han ido cayendo en los diferentes sismos que se han vivido en México, especialmente el de 1985 y el de 2017.  En primera fila se ve el cartel del Banco Hipotecario Nacional, como si viéramos un nido de buitres al acecho de todos los que habitan detrás de esas miles de ventanitas que simbolizan el desarrollo económico. Un desarrollo económico que también ha sufrido impactos de otros muchos sismos sociales. La imagen no celebra el desarrollo inmobiliario, tampoco lo niega, cumple la función necesaria para la prensa, genera una fotografía perfecta, sorprendente, con varias aproximaciones posibles, impecable. Nos muestra la otra cara, mucho menos humana, de otra forma de pobreza.