OPINIÓN

Estos textos siempre van acompañados de una canción. Posiblemente casi ninguno de mis imprevisibles lectores las escuche. Son canciones de cualquier lugar, sonidos de aquí y de allá, sin orden y, por supuesto, sin concierto. Porque no son solo canciones, con un autor y unos cantantes, un estribillo pegadizo o una música que nos raja el corazón o la médula. No. Son pedazos de miles de vidas. Fragmentos de nuestros sentimientos. Míos y tuyos, y de usted, señora, y también de aquel caballero que está pensando en dejar de leer porque él ha llegado hasta aquí a leer algo sobre arte, sobre pintura tal vez, sobre estética quizás. Algo serio, y no estos desvaríos. Le diré caballero, o tal vez joven intelectual extremadamente serio, en primer lugar, que la música es algo muy serio. En segundo lugar, que la música es la sangre de la vida, y eso es más que serio. Y también le voy a susurrar al oído -mojándole un poquito el lóbulo de la oreja con mi aliento- que la música es lo más importante, y que este breve texto, esta ínfima opinión, este hueco en un espacio virtual que solo existe si usted viene, es mío. Y no quiero hablarles de mí, que es de lo que escribimos todos y cada uno de los que escribimos, siempre, mejor o peor, con más o menos interés. Quiero hablarle de usted, y de él y de ella, del arte: de todos nosotros.

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