La década de los 80 en España fue una fiesta. El nacimiento de museos, ferias, bienales, avisaban de que España se subía al tren del arte actual internacional. El fluir de exposiciones nunca antes imaginadas, de artistas famosos, dinero que volaba hacia estudios de arquitectos, directores de museos surgían de las instituciones, las facultades y hasta de debajo de las piedras. Pero al final con el tiempo hemos visto que todo era una forma más de algo tan español como el pelotazo, la corrupción, los fraudes. Las corrupciones económicas, políticas y morales han ido aflorando poco a poco hasta hoy, también en el mundo de la cultura donde puede parecer que no hay dinero, pero lo que realmente no hay es dinero para todos. El mundo del arte contemporáneo no tiene grandes públicos, ni una prensa respetada, parece ser desde su base un timo, algo que casi nadie entiende y que aparentemente a nadie le importa. Un terreno abonado para el abuso de poder, para la corrupción, para un sistema de poder al estilo de los reinos de taifas: muchos, pequeños e independientes, en los que cada uno roba lo que puede.

El símbolo de todo esto ha sido durante mucho tiempo la zona del Levante, y de forma sobresaliente se ha centrado en Valencia, en el Institut Valencià d’Art Modern (IVAM). En la persona de Consuelo Ciscar. Pero vayamos por partes, para definir a los personajes y el contexto, porque, aunque ahora asistimos al juicio de Consuelo Ciscar y su jefe económico cuando dirigía el IVAM, Juan Carlos Lledó —el segundo juicio—, hay muchos más implicados que no han sido ni siquiera investigados.

Todo empezó bien. Empezó de forma extraordinaria. Se crea el IVAM, el emblema de una nueva etapa, de una nueva época de nuevos museos y centros de arte, que ya ni siquiera se llaman museos ni centros de arte. Un buen edificio, en una periferia rica, como Valencia, un equipo nuevo al frente, Tomás Llorens (1986- 1988), que dejará el cargo a una directora nunca imaginada: Carmen Alborch. A la inauguración asistimos todos fascinados, las comidas, las cenas, los encuentros hacían sentirte que habías entrado en un libro de historia del arte contemporáneo a tamaño natural. Todos los artistas extranjeros, los teóricos extranjeros, y muchos de los inocentes críticos, artistas, profesores y demás novatos españoles éramos testigos de lo que empezaba a suceder. Luego el foco se trasladaría a Canarias con el nacimiento del CAAM (Centro de Arte Atlántico Moderno), a Madrid con el Reina Sofía, a Galicia con el CGAC, a Barcelona con el MACBA, a Castilla y León con el MUSAC… y así iríamos recorriendo el mapa autonómico del Estado en la creación de una superpoblación de museos de arte actual que se han quedado no solamente sin presupuestos, sino sin programas y ya casi sin directores que cubran sus jefaturas, algo que realmente cada vez tiene menos importancia, porque siempre habrá un político dispuesto a asumir lo que haya que asumir, aunque nunca haya entrado a un museo si no ha sido para inaugurar algo.

Hoy 40 años después de la ilusión ya estamos asentados en la decepción, pues en casi todos estos museos y en otros muchos que no hay tiempo ni para nombrar, ha habido algún escándalo, algún chanchullito, algún abuso de algún político, algún despido irregular, algún concurso extraño, algún gasto excesivo sin explicar. No pasa nada, esto es España y mientras las noticias de cada día empiezan con escándalos y corrupciones políticas de diputados, ministros, gobiernos enteros y de monarquías intocables, a nadie le importa si un museo de arte actual compra por unos miles de euros más o menos, o si algún alcalde iluminado quiere ser el director del museo antes de cerrarlo. Pero Valencia es demasiado fallera y espectacular y el tiempo pasa y Carmen Alborch llega en 1994 a Madrid como la ultima ministra de cultura que podemos recordar con respeto y admiración. Hasta con cariño. Deja en Valencia el IVAM y por él pasarán diferentes directores (José Francisco Yvars,1993-1995; Juan Manuel Bonet, 1995-2000; Kosme de Barañano 2000-2004) con unos resultados diversos y todos muy criticados y discutibles por variadas razones, pero todos quedarán superados y olvidados en 2004 con la llegada de Consuelo Ciscar. Ella, Consuelo, estaría al frente del IVAM hasta 2014. Y viéndolo desde hoy es una época que prácticamente coincide con la etapa más valenciana del PP, la de Francisco Camps, la de la Gürtel, la de los cientos, miles de políticos imputados, pendientes de juicio o en las cárceles de toda España, aunque ya se nos ha informado convenientemente de que son solamente “casos aislados”. Diez años son muchos años al frente de un museo. Aunque Manuel Borja ya haya cumplido más de quince al frente del Reina Sofía, pero esa es otra historia.

Consuelo Ciscar nace en Picanyá, Valencia en 1945, militante del PP, aunque su hermano Cipriá sea miembro del PSOE, algo que solo los antropólogos podrán explicar algún día. Estudia empresariales y se casa con un soltero de oro, Rafael Blasco, heredero de tierras de naranjos y otras tierras o tal vez las mismas adecuadamente reclasificables si hiciera falta, que darán un fruto inmobiliario de consideración, y que milita alternativamente en el PP y en el PSOE, y llega a ocupar todas las consejerías del gobierno de la Generalitat excepto la presidencia. Imputado, juzgado por prevaricación, malversación… lo habitual en estos casos. Todo esto viene a cuenta para comprender que no estamos ante un error, sean cuales sean las conclusiones de los jueces. Estamos ante un esquema que se repite en el reparto de ayudas a los inmigrantes, de la gestión de las empresas de energía, de los presupuestos culturales, etc. Estamos ante una forma de gestión depredadora, de mucho o de poco, de lo que se pueda en cada caso. E insisto que diez años son muchos años para que todo sea silencio. Es mucho tiempo para que nadie diga nada, y eso sucede porque hay muchos cómplices que, si antes sonreían y cobraban sueldos, colaboraciones, contratos increíbles, hoy callan y miran para otro lado con cara de yo no fui.

Consuelo Ciscar fue antes que directora del IVAM y, copio directamente de la Wikipedia en valenciano, “funcionaria de carrera con plaza en el Museu de Belles Arts de València, del que fue directora general desde 1995 hasta 2001. Posteriormente fue nombrada Directora General de Promoció Cultural i Patrimoni Artístic, y en 2001 Sotssecretària de Promoció cultural de la Generalitat Valenciana nombrada por el gobierno de Eduard Zaplana en 2001, adscrita a la Conselleria de Cultura i Educació” (la traducción es mía). Es decir, era una mujer de partido con poder, y no fue en el IVAM donde tendría más poder sino en los dos puestos anteriores. Ella fue la encargada de promocionar Valencia, el arte, la cerámica y las naranjas por todo el mundo, que en su caso se delimitó al mundo hispanohablante. Ella fue la antecesora de todas las salidas al exterior del arte actual español, algo que ha servido para poco, aunque fue una buena idea, pues era todo pagado desde aquí y se iba a sitios que lo aceptaban porque era gratis. A cambio, el hijo de Consuelo Ciscar y Rafael Blasco (Rablaci) iniciaría una “brillante” carrera que le llevaría desde el desconocimiento en España a la Bienal de la Habana, a plazas públicas en lugares recónditos y de regreso al desconocimiento en casa pasando por algún juzgado como testigo o como investigado. Eso se llama conocer mundo y hacer carrera rápidamente.

Todos decían que no era el poder ni el dinero (de los dos había más que suficiente en su casa) sino el prestigio lo que “Consuelo” buscaba al conseguir la dirección del IVAM. La primera pregunta es cómo se le nombra directora de uno de los más importantes museos del país con su currículo. Sería lo mismo que nombrar a su hijo director del Museo del Prado. Solo se explica por dos razones que seguramente van de la mano, un premio por algo que no sabemos, o por el desprecio histórico que la derecha de este nuestro querido país ha mostrado siempre por la cultura, y si es actual más aún. En cualquier caso, es un cargo político a un miembro del partido que gobierna Valencia de forma incomprensible y que la va llevando hacia el precipicio del desprestigio social y la bancarrota económica. Creo que no exagero si afirmo que Consuelo Ciscar ha sido la directora más criticada, la más despreciada por la clase artística del país, sin duda la peor directora de un Museo de primera categoría. Pero mientras repartía dinero a manos llenas (“Yo vengo a ARCO, invito a cenar a unos cuantos críticos, les reparto unas migajas, y ya les tengo a sueldo y calladitos todo el año”, ella misma me dijo en una edición de ARCO, cuando aún era la directora del IVAM) nadie decía nada, mientras sus posibles críticos comisariaban exposiciones en el IVAM o en otras plazas de Valencia, nadie decía nada: mientras contrataba con buenos sueldos a los hijos de nombres destacados del mundo del arte —ante la desesperación del staff del museo— nadie, ni sus padres, decían ni pío. Todo era felicidad en el abudabi valenciano.

Ahora, este noviembre de 2021, asistimos al segundo juicio en el que se le acusa a Consuelo Ciscar de malversación, prevaricación y falsedad de documentos, junto a Juan Carlos Lledó, jefe económico del IVAM durante su mandato, y a José Luis Rueda, hijo adoptivo del artista Gerardo Rueda; la acusación es por causa de la compra de unas obras de Rueda, que fueron hechas 10 años después de la muerte del artista, por una cantidad total de 3,4 millones de euros. Sinceramente, migajas. Ella descarga su responsabilidad en los expertos del museo y la comisión de adquisiciones. Lledó dice que él no sabía ni quien era Rueda, que su trabajo era decir si había dinero suficiente para pagar, no ver la obras. Y sí, lo había, siempre había dinero. Pero todos tienen razón en su defensa, ¿por qué los miembros de la comisión de adquisiciones ni siquiera están investigados? ¿por qué todos los que cobraron y callaron siguen callados hoy disfrutando de los beneficios de una corrupción que no es solo de Ciscar? Nadie puede decir que Ciscar sea inocente, solo por su mal gusto y sus peinados, por su lenguaje grosero y su ignorancia artística debería decláresele culpable de todo, pero a todos los cultos, insignes profesores, astutos críticos y sagaces intermediarios, todos con nombres y apellidos, conocidos por todos… todos ellos también deberían tener responsabilidad. Su jefe de prensa, los conservadores del museo, todos los que sabían y callaban. Pero la justicia, como es ciega, va tanteando con las manos extendidas a unos y a otros, y ya te digo que confunden a los artistas con los corruptos y ponen nombres en boca de todos mientras oculta a los que “a la chita y callando”, se lo han llevado crudo. Algunos por el camino han muerto, una excelente manera de blanquear la imagen, pero en la historia los muertos también figuran con sus nombres y apellidos.

¿Para cuándo todos los otros escándalos del mundo del arte actual: comisiones, contratos a dedo, concursos amañados? ¿Cuándo se va a hablar de Fernando Francés y de tantos otros, cuándo se les va a pedir responsabilidades a los políticos por sus injerencias, por sus mangoneos? Claro que la ignorancia no es delito, el mal gusto tampoco, y muchos de todos ellos, Consuelo Ciscar incluida, no entienden por qué se les acusa de nada, si ellos son el poder y hacen lo que siempre ha hecho el poder, porque para eso se tiene el poder, ¿no?

Es esta una vieja historia. Como se dice en teatro: fuese y no hubo nada. En el juicio anterior, Consuelo Ciscar y Juan Carlos Lledó fueron condenados a penas de prisión que permiten no ir a la cárcel y a una multa que nunca se sabe si se paga. Una multa insignificante en cualquier caso para el robo sistemático que se ha realizado en Valencia. Porque ya te digo yo que 10 años son muchos años.