OPINIÓN

Una de las cosas que más me llamaron la atención la primera vez que estuve en una gran ciudad de Estados Unidos fue esa extraña normalización de la publicidad por todas partes, no solo en vallas, postes, pantallas, lonas que cubren edificios en obra, sino en las puertas de los taxis, en carteles en los techos de los taxis, por todas partes, parece como si cualquier lugar fuera bueno para publicitar lo que sea. Y digo lo que sea porque no solo es un servicio de transporte o una hamburguesería lo que se anuncia, ni las grandes marcas de ropa, cosméticos, comidas, bebidas, tabacos. No, ya se suman a esa especie de fiebre del horror vacui las floristerías, panaderías del barrio (the best bagel). En mi humilde opinión de europea, la publicidad debe estar limitada, y desde luego no ser invasiva, pensaba entonces que era algo puramente yanki. Pero no, o tal vez sí y es solamente una prueba de su colonialismo estético y económico. Porque posiblemente, no es que cualquier sitio sea bueno para anunciar cualquier cosa, sino que cualquier superficie de nuestra casa, nuestro coche, nuestro cuerpo, es propicia a generar ingresos como espacio publicitario. Nosotros, que protestamos por los cortes publicitarios en la televisión no nos importa tener el coche con publicidad de lo que sea mientras paguen. Digo nosotros porque esa forma de publicitarse ya está llegando hasta aquí…

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