OPINIÓN

Hablaba hace unos días de libros, novelas, premios literarios y metaliteratura, y la cosa fue desviándose hasta que me dice: “bueno eso es lo que buscan todos los escritores, es en eso en lo que piensan y por lo que escriben: hacer un bestseller y ganar mucho dinero para poder escribir otro bestseller que todo el mundo compre…”. Ante mi sorpresa, culmina la experiencia diciéndome “no me vas a contar que nadie escriba por otra razón, ¿no?”. Aunque inocentemente le hable de la diferencia entre novelistas y escritores, entre Ken Follet y, por ejemplo, Enrique Vilamatas, entre unas y otras y unos y otros, le intenté hablar de esa necesidad abstracta de contar algo, la idea – al parecer ya anticuada- de las ideas, del trabajo sobre la propia lengua, de los contadores de historias en las fronteras de la realidad… de tantos libros increíbles y maravillosos que por supuesto ella no conocía ni al parecer le interesan. Finaliza la charla con un “ no me cuentes cuentos chinos, venga, otro vinito, que todo el mundo quiere lo mismo, coño, ganar dinero. Los escritores solo quieren vender su libro”. Entonces empecé a darme cuenta que tal vez, igual que hay escritores que nunca han pensado en escribir un bestseller y que escriben sobre sus ideas, obsesiones, necesidades, el mundo, la vida de los otros… el lenguaje, la pura vida, y otros que llenan las estanterías de las librerías de las estaciones y aeropuertos, que son lecturas de un día, olvidadas incluso antes de acabar. Igualmente hay lectores que leen solo por pasar el tiempo y olvidarse de todo, solo quieren historias con planteamiento, nudo y desenlace, para los que la metaliteratura es una estupidez (“se creerán listos, eso corta el hilo”). Y otros, pobres, pueden releer el mismo libro toda la vida, enamorarse de un párrafo y encontrar las razones para seguir adelante al leer una simple frase que le reenganche con algún sentimiento olvidado.

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