Veinticinco años del trabajo fotográfico de Bleda y Rosa, Maria Bleda (Castellón, 1969) y José María Rosa (Albacete, 1970), se reúnen en el CGAC hasta el 20 de enero de 2019. Geografía del tiempo, comisariada por Nuria Enguita, se articula en torno a la serie Campos de batalla, proyecto iniciado en 1994 y finalizado recientemente. Bleda y Rosa, que recibieron en 2008 el Premio Nacional de Fotografía otorgado por el Ministerio de Cultura de España, son una de las referencias más destacadas de la fotografía española contemporánea. Su trabajo propone una interrogación crítica sobre las imágenes y la historia, sobre la relación entre el pasado y el presente, y sobre los discursos y visiones que atraviesa esa relación. La muestra se abre con Campos de fútbol (1992-1995), el primer proyecto que obtuvo reconocimiento público, una serie que, estableciendo una dialéctica entre lugar, tiempo y memoria, anuncia los ejes conceptuales en torno a los que posteriormente girará su trabajo. La exposición se completa con obras pertenecientes a las series Origen (2003-) Prontuario. Notas en torno a la guerra y la revolución (2011-).

Como indica el texto que acompaña la exposición de Paola Cortés Rocca, percibir y representar un territorio es convertirlo en un paisaje, es encontrar las palabras para narrarlo o las imágenes que estabilizarán una serie de signos confusos en el espacio ordenado de la placa fotográfica Por eso, la historia del paisaje no es otra cosa que la historia de la mirada y sus tecnologías. Los fotógrafos María Bleda y José María Rosa lo saben y desde hace más de veinte años van en busca de imágenes que exploran ese deslizamiento, desde el territorio al paisaje. La cámara de Bleda y Rosa se inscribe en esa tradición que se inaugura a fines del siglo diecinueve, cuando la representación visual del paisaje se transforma de manera radical con la aparición de la cámara. Si hasta el momento el paisaje valía como metáfora de otra cosa —los sentimientos, el estado de ánimo del sujeto estético—, a partir de la fotografía, todo paisaje es lo que es: el mundo, lo real, la materialidad misma.

La representación hace el paisaje. Algunos artistas eligen montañas majestuosas y sublimes; otros, como Bleda y Rosa, merodean geografías menores, cotidianas y lábiles, como los campos de fútbol. Ante las dieciocho imágenes en blanco y negro que componen uno de los primeros trabajos de los fotógrafos, Campos de fútbol (1992-1995), podemos atender al inicio de un viaje por una geografía sumamente personal que Bleda y Rosa recorrerán durante casi veinticinco años, explorando estos campos que tensan afectividad, memoria y acción. A continuación, un proyecto de Bleda y Rosa cartografía ese vaivén y recorre esos lugares en los que, según las diferentes teorías que se suceden en el tiempo, se vuelve a conjeturar el principio de la especie. Origen (2003-) reúne imágenes del valle de Neander, la sierra de Atapuerca, el lago Turkana, la cueva d’Aragó, el desierto de Yurab, el valle del Rift. En Origen, el territorio es punto de partida de la historia: el origen de la especie, el origen de lo viviente y de los distintos relatos que conjeturan sus modos de habitar y de sobrevivir. Paisaje, violencia, melancolía y visualidad técnica: de eso tratan Prontuario y Campos de batalla. El primero es un trabajo iniciado en 2011 (y aún en proceso) que se centra en las guerras de independencia, en ese momento de ruptura con el antiguo régimen y de fervor iluminista, de pregón de los valores de libertad, igualdad y fraternidad que viajan junto con los idearios republicanos de las revoluciones francesa y norteamericana. El segundo, iniciado en 1994, es un registro de las guerras de todo tipo, nacionales, europeas y de ultramar. Si el paisaje como fragmento moderno supone cierta violencia de la percepción y la representación, aquí se torna también un fragmento de la historia nacional y continental marcado, fundamentalmente, por la violencia.

Durante casi un cuarto de siglo, Bleda y Rosa cartografiaron paisajes que son relativamente cercanos pero para entregarlos al imperio de nuestra mirada, como si se tratara de geografías remotas y ajenas. La obra de los fotógrafos está compuesta por estampas que tienen algo de descripción y de microrrelato: coagulan un flujo temporal que se detiene momentáneamente en cada imagen y que bombea hacia la siguiente. En ellas, se nos ofrece lo visible: lugares y espacios, paisajes de este mundo capturados con gran maestría, impresos y dispuestos en estampas de gran tamaño o colocados en dispositivos de exhibición de alta calidad. La fuerza semiótica, sin embargo, se juega en algo del orden de lo invisible: cada una de las imágenes es un campo en blanco que se recarga de significado cuando el nombre de la serie las recorre, o el topónimo que yace al pie, las fija en una coordenada espacial y temporal específica. Entonces, lo que acabamos de observar deja de ser solo lo que se ve —un poco de césped raleado, una arista de un edificio de piedra, un amontonamiento de vegetación desordenada— para volverse también algo que no habíamos visto hasta el momento: esa tierra baldía sobre la que rodó la bola de la infancia, ese lugar donde quizás se prendió el primer fuego de la especie, el cuerpo de la nación, las tumbas de la especie.

(Geografía del tiempo de Bleda y Rosa en el CGAC, Santiago de Compostela. Hasta el 20 de enero de 2019)