OPINIÓN

Hace unos días un amigo tuvo su segunda hija, Julieta. Dos hijas, dos niñas, dos mujeres. Julieta todavía no es consciente de que viene a formar parte de ese más de 50% de la población mundial, pero sus padres y todos nosotros sí somos conscientes de ello, o al menos deberíamos de serlo. Nacer mujer es nacer con un estigma, con una maldición en la gran parte de los pueblos de la tierra. Porque no solo es que ganemos menos por el mismo trabajo que ese menor porcentaje de hombres que nacen cada día. Es que valemos menos. Todavía es fácil oír, incluso en esas sociedades llamadas desarrolladas, frases de consuelo por ser padre de una niña, “bueno, sois jóvenes, la próxima será un chico”. Un hombre, dentro de las familias, también vale más que una mujer, no sólo pasa en el mundo laboral. Tener una hija está bien porque te garantizas que en la vejez alguien te cuidara. Yo también tengo dos hijas, dos mujeres, y he tenido que aguantar todo tipo de opiniones, desde “qué pena, ya no tendrás ningún hijo importante”, hasta “está bien que tengas niñas, ya que tu hermano ha tenido niños”. Las mujeres seguimos siendo hijas de segunda calidad, también. Y eso si tienes suerte de no nacer en países como China que solo permiten un hijo, y donde muchas niñas mueren al nacer, a la espera del varón que tal vez llegue la próxima vez. O en la India, donde las mujeres, las niñas, apenas valen más que para satisfacer a los hombres.

Seguimos siendo invisibles, y aunque ahora se hacen películas, se escriben libros y exposiciones sobre esas mujeres que en su día fueron invisibles, parece que nadie se da cuenta de que seguimos siéndolo, y no es sólo por cobrar menos por hacer lo mismo, es por el desprecio generalizado de una sociedad que entiende que si hay un trabajo ese debe de ser para el hombre. En una sociedad que sigue pensando que la mujer está mejor dotada para la enseñanza que para la investigación, para las letras que para las ciencias. Que la mujer debe de ser guapa y atractiva, sumisa y callada, mientras el hombre valiente, atrevido, fuerte. Hay que recordar que hay hoy en día más universitarias que universitarios, que las mujeres están mejor preparadas que los hombres… aunque no lo puedan demostrar. Pero el gran éxito social de una mujer sigue siendo casarse bien y tener hijos, al menos un varón.

Me gustaría decirle a Julieta, tan pequeña y tan tranquila en su cuna, que no tiene por qué ser enfermera, que puede ser médico, neurocirujana, la mejor de su país, que puede ser juez, o la primera presidenta de su país. Que puede escribir, hacer cine… Que puede ser lo que quiera, que debe ser lo que quiera porque puede serlo sin tener que pedir perdón ni permiso. Pero creo que mejor se lo voy a decir a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos, a todos en su entorno. Son todos ellos los que pueden hacerla sentirse inútil, débil, menos que un chico, invisible. Y todos ellos serán los responsables de su frustración y también de su rebeldía. Porque lo importante no es recuperar a Mary Shelley, la joven que escribió Frankenstein en una reunión de hombres, destacando entre todos ellos aún sin quererlo, lo importante es intentar adivinar lo que pudo haber escrito esta mujer si la sociedad de su época, incluyendo a su alcohólico marido y a los diletantes de sus amigos la hubieran simplemente visto. Ahora se estrena una película sobre Mary Shelley dirigida por otra mujer, la árabe saudí Haifaa al-Mansour. Hoy parece que casi todo sea posible, sin darnos cuenta de que vivimos en un mundo lleno de excepciones, pues mientras la película se estrena en Europa en su país, Arabia Saudí, las jóvenes son detenidas por bailar en sus casas y grabarse para YouTube. Lo importante es saber que si apenas hay mujeres premio Nobel de ciencias es por culpa de sus maridos y de sus padres, de una sociedad entera que no las veía y es que cuando no te ven no existes. Es importante nombrarlas a todas, aunque imposible. Es importante saber que fue una mujer la que hizo el guion de El sueño eterno de William Faulkner: Leigh Brackett, de la que nunca se ha hablado. Que son suyos los guiones de Rio Bravo, y El Largo Adiós, la primera mujer en ganar el Premio Hugo, una pionera de la ciencia ficción. Pero si no las vemos, si no hablamos de ellas, no existen. Mujeres que no sólo son madres, sino lectoras, escritoras, editoras, científicas, médicos, investigadoras, ingenieras, jueces, abogadas, astronautas… pero hasta a las astronautas se las ha relegado a pesar de ser seleccionadas por delante de sus compañeros: a la hora de salir al espacio iban quedándose atrás, porque eran mujeres. Nunca hubo una explicación porque ellas asumen que se las aparte de la gloria, se las ningunee con paciencia infinita. Paciencia de madres.

Lo que quiero que sepa Julieta y todas esas niñas que como ella están recién llegadas, es que en toda la historia de la humanidad las mujeres han sido siempre grandes a pesar de las circunstancias. A pesar de toda esa gente a su alrededor que las quieren tanto, tanto que no las dejan triunfar, ni desarrollarse. Que tener hijos es una decisión de ellas, pero una alegría de todos, un trabajo para todos. Que su auténtico valor está en ellas, igual que en los hombres, pero a ellos se les ayuda, se les ve, se les aúpa. A ellas no, a ellas se les calla, se les rechaza, no solo se les paga menos, se les despide antes, se les hace invisibles y eso le quita la energía al más fuerte.

Estamos acostumbrados a los elogios a la mujer, a su belleza, a su resplandor, en canciones y poemas escritos por hombres. Gracias, sí, gracias pero no es eso, no se trata de eso. Se trata de ser libres y de que nuestros trabajos se valoren por existir, que nosotras tengamos las mismas posibilidades que nuestros hermanos, el mismo respeto, que crezcamos con las mismas expectativas. Porque también estamos hartas de leer asesinatos de mujeres por sus parejas, violaciones por desconocidos, desapariciones de niñas y jóvenes, de saber que la violación es un arma de guerra desde los romanos… La sociedad tiene que cambiar para que ella, Julieta, y su hermana y todas nuestras hijas, y las hijas de todos los que o conocemos puedan en primer lugar sobrevivir a la niñez, tener educación y respeto, y luego oportunidades para ser quienes quieran ser. Para brillar de verdad y no en unas pocas estrofas de una canción bonita. Y los responsables de que eso pueda ser una realidad es la sociedad, toda la sociedad, pero los encargados de que realmente pueda ser sea así son los padres, los hermanos, los amigos y, sobre todo nosotras, ellas. Las mujeres.