OPINIÓN

Recuerdo cuando de niña me encontraba al ojear un libro con ese cuadro, u otros similares, la sensación que me producía. Ya solo el título, la violencia que mostraba, tan teatral pero que a la vez sabías que te estaba contando algo real, la sensualidad de los semidesnudos que no era tan fácil ver habitualmente. Pero era un cuadro de pintura antigua. No podías ver más que arte. Una historia tan antigua como la vida misma. Como entre los romanos no había muchas mujeres, estos organizan unas fiestas y vienen muchas tribus a los festejos, y los sabinos llegan con sus mujeres; en un momento dado, cada romano coge a una mujer y la rapta, mientras el ejército acorrala a los hombres y los expulsa. No hay ningún cuadro que yo recuerde en el que se vea a los sabinos regresar a vengarse y recuperar a sus mujeres (algo que estuvieron a punto de conseguir gracias a la ayuda de Tarpeya, una traidora romana, que acabó fatal, y cuyo nombre se dio a la Roca Tarpeya, desde donde los romanos arrojaban a los traidores al vacío), ni del acuerdo que, como cuenta la historia (aunque no sé si creérmelo, porque nunca he visto ni siquiera un grabado de ello) las mujeres, para no perder a sus padres ni a sus maridos, ni a sus hermanos ni a sus hijos, consiguen que pacten, para mayor gloria de los dos pueblos. Una historia que se ha repetido en toda la historia de eso que no entiendo muy bien que se ha llamado civilización. Ya los dioses nos dijeron que eso de robar mujeres, fueran diosas o humanas, pues eso, que era cosas de dioses y de la necesidad, del deseo o del capricho de los hombres…

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