OPINIÓN

En Estados Unidos hay una máxima (lo que en España viene a ser los refranes) que dice que hay tres cosas que un hombre no puede dejar a nadie, que nadie puede usar más que él. Esas tres cosas son la pluma estilográfica, la mujer y el coche. Creo que la más importante de las tres resulta ser finalmente el coche. La llegada del automóvil, esa capacidad de individualizar tus desplazamientos, significó desde el inicio un signo de poder económico y social. Efectivamente, si hasta ese momento prácticamente robar un caballo se castigaba con el ahorcamiento inmediato, pues suponía dejar al propietario del caballo expuesto a todos los peligros y sin capacidad de seguir adelante, y muy posiblemente en peligro de muerte, el coche no significaba tanto ese peligro, pero sí se convirtió de inmediato en una especie de representación de la masculinidad. Rápidos, fuertes, independientes. Un objeto de lujo primero, una necesidad y herramienta imprescindible después, y posiblemente en breve tiempo, unas máquinas antipáticas sobre las que no tengamos dominio, mas allá de su propiedad. También, y en ocasiones, sobre todo, el automóvil tiene unas connotaciones sexuales que la sociedad de los sesenta implantó de forma impecable en la música popular y por supuesto en el cine. El coche de James Bond era una representación paralela de la masculinidad, la sexualidad, el valor y la habilidad del propio agente del MI6 inglés, con permiso para matar, por cierto…

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