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El agua en silencio. Los pies bordean la piscina. En la grada se va haciendo de noche y unas enormes nubes grises amenazan con tormenta de verano. Las nadadoras se miran y comienzan a bailar. Dragón, descansa en el lecho marino es la propuesta de Pablo Esbert y Federico Strate para Veranos de la Villa. Una pieza bailada por seis nadadoras de natación sincronizada en el Centro Deportivo Municipal Palomeras.

En grupo a veces se baila por turnos, o encadenados, o a través de cánones que van generando pequeñas réplicas. Las nadadoras van saltando poco a poco como las pequeñas ranas que aparecen cuando nos acercamos a una charca. Una, otra, otra, van tirándose al agua y allí el volumen desalojado no tiene relación con la masa que se ha sumergido. Nada se mueve, de momento, porque todavía no hay cuerpo, sino observación. De manera progresiva el monstruo acuático se va articulando; hay un pie, una mano, una cabeza, muchos brazos. Aparece y desaparece en el agua en secuencias fotográficas como si se tratara de un proyector de diapositivas. La imagen precede a la situación y vuelve a ella. El cuerpo gravita entre el aire y la enorme piscina deportiva. Las gradas, llenas de niños y de gente ansiosa por darse un baño en ese mar improvisado, acompañan la danza de este gigante ficcionado.

Pablo Esbert y Federico Strate comenzaron a colaborar en 2014, desarrollando proyectos que transitan entre las artes visuales, el documental, la música electrónica y la danza. Esbert estudió en RCPD y en P.A.R.T.S., Bruselas y Strate en el Royal College of Arts, Londres. El proceso de investigación que precedió a Dragón, descansa en el lecho marino se desarrolló dentro del programa Research Studios, P.A.R.T.S., Bruselas. De hecho, los patrones rítmicos y el crecimiento en series estructurales recuerdan a la danza minimalista de Anne Teresa De Keersmaeker. Pero en este caso el cuerpo y lo contingente tiene cabida. El dragón aparece y se esconde en toda la primera parte de la pieza. Las nadadoras pueden tocar el fondo de la piscina –no están autorizadas según las normas de competición deportiva–, descansar e incluso sonreír, sin penalización. Julia Echevarría, Andrea Fuertes, Conchi Iruela, Esther Mora, Carolina Pino e Irene Toledano van construyendo un cuerpo polimorfo, que aparece, desaparece, salta como un pez volador y gira sobre sí mismo. Todas ellas pertenecen al Club Retiro, uno de los dos clubes profesionales de natación sincronizada que existen en Madrid. Sus códigos corporales son evidentemente propios del mundo de la alta competición. Sin embargo hay fisuras que apuntan a la investigación de Pablo Esbert y Federico Strate: la duración, los silencios, incluso la laxitud del marco escénico, todo ello aleja a las nadadoras del deporte ortodoxo. También el mundo de la danza y del teatro se acerca a espacios y contextos que no son habituales. Siguiendo con la línea desarrollada por Veranos de la Villa de recuperar espacios no convencionales y romper el excesivo centralismo de las programaciones culturales, la propuesta aquí no es en un teatro o en una sala de conciertos, sino en una piscina municipal periférica.

La ficción se convierte en materia tangible y estado corporal. Jugando con la idea de identidad inventada y con las posibilidades que nos da lo irreal (sí, podemos bailar, descansar y movernos en el agua, ser monstruosas y desafiar los estados de la materia), este dragón no ilustra una determinada musicalidad o rellena huecos coreográficos. Este monstruo ha existido durante cuarenta y cinco minutos aquí, en Vallecas, en Palomeras, en un Madrid vacío, seco, y ahora también marino.