DÍA 58 DE CONFINAMIENTO

Una de las cosas más sorprendentes de esta pandemia ha sido la docilidad de la población mundial en encerrarse en sus casas, calladamente. Todos nos lo hemos creído todo, aunque no estamos seguros de qué es o qué nos hemos creído ni de qué es lo que nos han explicado. Esa obediencia y uniformidad en seguir los consejos: lavarse las manos (¿nadie se las lavaba antes?), no acudir a los hospitales ni a las clínicas para nada que no fuera el virus (¿cuántos han muerto de otras enfermedades en estos más de dos meses?), aplaudir a los sanitarios a las ocho de la tarde (luego la cosa fue decayendo por aburrimiento, y por incluir a la policía, fuerzas armadas, etc., en unas ovaciones de agradecimiento y apoyo que ya no eran unánimes). Todos los países han dado ruedas de prensa explicando lo inexplicable, con prestigiosos médicos como voceros y portavoces oficiales… Que poco a poco han conseguido el odio y el desprecio que solo consiguen los mensajeros.

En esta segunda etapa de la pandemia, la famosa “desescalada”, después de la célebre “curva”, una vez superado el maligno “pico”, suceden nuevas cosas: rebeldes que quieren volver a la normalidad, como si eso existiera o hubiera existido alguna vez. Políticos que hacen el ridículo, algo por otra parte bastante habitual, queriendo acelerar los procesos a costa de las vidas de los otros. 

Creo que la normalidad es esto. La normalidad es la forma de adaptarnos a todo, a una dictadura, a unos gobernantes imbéciles, a una miseria que nos come, a todo se adaptan estas sociedades que no parecen formadas por ciudadanos sino por zombis. La obediencia hasta el final. Excelentes soldados todos, como bien han dejado claro todos los gobiernos del mundo hablando de “la guerra contra el virus”, muertes en primera fila la de los sanitarios (que por cierto siguen cobrando muy por debajo de lo que un presentador de televisión, también en cualquier país), de héroes, y poniendo al mando a militares y policías, que se vean bien. Que todo quede claro, que esta guerra la ganamos todos juntos. Quédate en casa para estar seguro. Ese es tu deber como buen ciudadano, quedarte en casa, callarte y entretenerte con la tele y el ordenador. La normalidad va a ser el control, ahora igual que antes. La normalidad es que se mueran los viejos. 

Si en vez de ser un virus hubiera sido una invasión alienígena no hubiera habido muchas diferencias. Todos escondidos en casa, en Estados Unidos, eso sí, armados hasta los dientes. Al cabo de unos meses ya nos habríamos acostumbrado, tal vez hasta los alienígenas se hubieran acostumbrado. O tal vez los hubiéramos matado (los chinos incluso se los habrían comido) a todos o a casi todos. Esa guerra también la ganaríamos desde nuestra casa y todos unidos.

Alex Dorfsman

DÍA 54 DE CONFINAMIENTO

Seguimos en casa. Estos días nos están dando, poco a poco, unas migajas de libertad. Cosas sencillas como pasear con alguien. Poder sacar a los niños a dar una vuelta. Los deportistas pueden volver a entrenar y han florecido los runner, gente que deja en evidente que nunca antes han corrido ni delante de la policía. Cosas de un encierro global. Estamos tan entretenidos con nuestras tonterías que nos olvidamos de los miles de muertos, ya son una costumbre. 

Nos acostumbramos a todo. No nos hemos impresionado lo suficiente por algo increíble: nuestra vulnerabilidad. Pero, desgraciadamente, este reconocimiento de nuestra fragilidad no va a servir para mucho: el dinero, la codicia, seguirá guiándonos. Todo el gasto mundial en armamento solo deja muertos y miles de millones de dólares que cambian de manos. Pero ahora, un virus insignificante y desconocido nos tiene a todos encerrados, nos mata, nos asusta y no podemos usar una metralleta, ni un dron para localizarlo, ni misiles ni pistolas ni rifles ni lanzallamas. Los tanques ya están obsoletos, igual que los portaaviones y cazas de última generación. La bomba atómica ya hemos visto que no sirve para nada. Millones y millones de dólares que hubieran podido eliminar el hambre mundial, ayudar a tener una mejor salud, algo más de educación, todo eso herramientas que nos hubieran servido ahora en este confinamiento, ante este virus mortal. Todo eso tirado a la basura. 

¿Y ahora qué? ¿Vamos a cambiar las balas por libros y pan? De momento las guerras habituales siguen abiertas (aunque ya no hay ni información de ellas, a nadie le importan) y seguimos matándonos entre nosotros con las armas de algún país rico que vive tan tranquilo, pero que ahora también muere por un virus de mala muerte. Tal vez sea la justicia imparable del tiempo. Pero cuando esto de estar confinados, de no poder cogerse de la mano, de taparse las caras, sea ya otra costumbre seguiremos gastando en armas como en juguetes que no usaremos, tal vez. Para protegernos de algún otro desgraciado frágil y vulnerable como nosotros mismos. No aprendemos ni con sangre ni con dolor. 

Alex Dorfsman

DÍA 47 DE CONFINAMIENTO

Del virus que ha originado todo este cambio de vida y alteración mundial se ha escrito miles de páginas, lo han hecho los expertos y los ignorantes. Se ha convertido en la fuente de fake news más universal de la historia. El que venga de China sin duda ayuda, pues sigue siendo un país opaco, lejos de cualquier transparencia, con costumbres atávicas e inexplicables para el resto del mundo, como sus mercados de animales salvajes vivos, para comer, la venta de cachorros de perros vivos para comer, el incumplimiento o inexistencia de cualquier control sanitario e higiénico en estos mercados y en general en restaurantes y calles. Un país hasta hace muy poco cerrado herméticamente al exterior.

Se empezó diciendo que el virus procedía de una sopa de murciélago vivo que estaba infectado.  Después que de la carne de un pangolín (un animal extraño y prehistórico difícil de encontrar). Inmediatamente surgió la noticia, nunca probada (prácticamente como casi todo lo referente al COVID-19) de que era un accidente en un laboratorio que estaba investigando cómo ese virus, extraído de un animal, podía afectar al hombre para fines bélicos. Y que su expansión había sido inmediata. Aunque se desmintió con rapidez, nunca se desmintió realmente que esas investigaciones existieran. También se dijo que era un arma química lanzada por China para eliminar definitivamente la competencia económica con USA. Todo puede ser verdad y todo puede ser mentira, porque todo se afirma con detalles y todo se desmiente rápidamente. El hecho es que su origen todavía no se sabe a ciencia cierta. Y China mira para otro lado después de mentir en sus datos oficiales y de estafar al mundo con material deficiente a precios de oro y de infectar a todo el mundo, pues que viene de China es lo único cierto, pero su gobierno sigue adelante sin pena ni castigo.

Sobre su propagación tan rápida por todo el mundo se ha contado que ha sido culpa del turismo, ya que, si China siempre ha vivido entre brotes víricos e infecciosos debido a su estilo de vida rural y anacrónico para una gran potencia, hasta muy recientemente ha estado cerrado al turismo tanto de entrada como de salida, ahora se ha abierto en la entrada de turismo extranjero, y al interior. Pero… la ruta financiera que une a China con Frankfurt, Nueva York, Milán y Londres también ha sido señalada y probado su efectividad en el contagio. Naturalmente un ataque alienígena también ha servido para explicar algo inexplicable: la velocidad y dispersión global en muy poco tiempo. Claro que entre alienígenas y aviones llenos de turistas (300 por aparato) apretados como sardinas en lata cruzando de Sao Paulo a Madrid, de Dusseldorf a Nueva York, de Shanghái a Londres… la nave alienígena nos parece más segura y limpia sin duda alguna.

Desde el principio se dijo que “esto sería como un constipado un poco más fuerte, vamos, como una gripe”. Lo que no se dijo fue que el número de muertos en todo el mundo, oficiales o reales alcanzaría cifras de cientos de miles afectando a todas las clases sociales, edades y profesiones. Pero en su curación se ha invertido una gran imaginación: desde volver a fumar (se ha dicho en Francia porque al parecer a los fumadores no les afecta tanto, algo por supuesto no probado) al gran consejo de Trump de inyectarse líquidos limpiadores y tomar rayos ultravioletas, o en España fumigar las playas con lejía… todas ellas medidas más peligrosas que curativas o preventivas.

En definitiva, a estas alturas lo único que todos los gobiernos del mundo recomiendan es no tocarse, cubrirse la boca con mascarillas, las manos con guantes (ambos desechables con lo que supone un alto gasto y un desabastecimiento seguro en media población, mientras que la otra media nunca las va a encontrar). Y lavarse. Es decir: miedo e ignorancia. Naturalmente si cada uno se aísla solo en su casa, no vuelve a salir nunca y no toca a nadie más en su vida, seguramente nunca se infectará y moriría de otra cosa, tal vez de tristeza.

A estas alturas (desde noviembre hasta mayo) de la pandemia seguimos sin saber mucho sobre el origen del virus, poco sobre cómo enfrentarse a él y nada sobre cómo vencerle. Los que ahora no hemos muerto tal vez lo hagamos en otoño, cuando se prevé un segundo gran brote, aunque no se sabe si será un virus estacional, o si la lejía que por litros, el desinfectante y los litros de agua y jabón que se han usado para lavarlo todo han cumplido su función. O tal vez no. Tal vez gran parte de la población ya se haya infectado e inmunizado, pero no se sabe porque al parecer no hay test suficientes para saberlo. Además, es un virus mutante, en México ya hay 16 cepas diferentes… solo para empezar.

No sabemos nada, no sabemos que hacer con el sexo… ¿y si conocemos a alguien nuevo podremos tener sexo? ¿con guantes y mascarilla? Por qué los niños lo transmiten pero, en principio, no enferman es otro misterio. Cuándo podremos volver a viajar y ocuparnos de nuestros negocios en otros países, un misterio. Familias separadas por océanos no saben cuándo podrán reunirse, pero otras separadas por unas decenas de kilómetros tampoco.

A ver si, de una vez, llega algún alienígena y nos lo aclara todo, o al menos algo.

Luis González Palma

DÍA 46 DE CONFINAMIENTO

Yo no quiero “viajar sin salir de mi salón”, no quiero hablar contigo por videoconferencia, no quiero guardar ninguna distancia sana con nadie, porque la distancia nunca es sana. Contigo quiero hablar en persona, viéndote la cara, oliendo tu perfume, sorprendiéndome de cómo te ha crecido el pelo, de cómo te pareces a ella, quiero abrazarte y besarte. Y que me vuelvas a coger de la mano para pasear. Y quiero echarme a la carretera y viajar al norte, a ver el mar y comer en los bares de esas carreteras pequeñas entre el verde de un prado infinito. Con los amigos que ríen y te cuentan historias y ríen otra vez, sin darse cuenta de lo inteligentes que son, sin citar a ningún filosofo descafeinado. Y quiero viajar en tren hasta Barcelona y desayunar en Escrivá pan con tomate y jamón. Y ver a los amigos. Quiero saltar sobre todos los océanos en avión y llegar lejos, donde tengo una casa y un montón de libros todavía sin leer. Y una terraza llena de plantas que me echan de menos.

No quiero horarios para salir y para entrar, con dos metros entre tú y yo. No quiero que nadie con un uniforme, con cualquier uniforme, me diga que está prohibido hablar porque se suelta saliva. No es saliva, estúpido, son palabras, y las palabras, ya lo sabemos, también son peligrosas como un virus, y como un virus contagian la curiosidad y la rebeldía. No quiero aguantarme las ganas de ir al campo con mis perros y tumbarme en la yerba. No quiero ver más películas en una televisión en todo el año. Y quiero ver y hablar con mis hermanos, con mi madre, sin distancias. Quero tirar el celular por la ventana y darle un martillazo al ordenador, y cuando alguien me diga que el teletrabajo es estupendo le agarraré por el cuello y le estrangularé. Y saldré corriendo, y no guardaré nunca más una cola en una gran superficie donde toda la comida está envuelta en plásticos y la fruta no sabe a nada. Yo solo quiero vivir el tiempo que me quede, con el sol y el mar, la velocidad y la amistad, los amigos y los cuerpos cerca, entremezclados, sudorosos, libres y pecadores. Terriblemente bellos. Y sin distancias, sin miedos y sin vigilantes. Y sin internet.

Alex Dorfsman

DÍA 45 DE CONFINAMIENTO

Aunque en cada país empezó el confinamiento en distinto momento, y unos llevamos ya 45 días y otros ya lo han pasado (más o menos, como en China), pareciera que todos estamos en la misma gran nave, en la panza del Arca de Noé, en una gran nave espacial que nos protege de una contaminación alienígena. Y todos vamos viviendo las mismas experiencias unos detrás de otros. Ahora ya nos acercamos a ese delicado momento en el que podremos salir de esta nave y volver a poner los pies en la tierra. Decir adiós a nuestras casas, al teletrabajo, a nuestra propia desorganización personal no va a ser nada fácil. Da un poco de miedo pensar en que hay que volver a coger el coche, bajar al metro, esperar al autobús. Volver al despacho, a la tienda, todavía no al bar. El bar, el café, la charla con colegas; el cigarro con el café todavía no, eso vendrá después, como justa recompensa a nuestra obediencia y haber superado esta horrible prueba.

Tal vez el suelo se hunda bajo nuestros pies al pisarlo de nuevo. Tal vez todo esté igual, todo sea lo mismo otra vez, como si esto solo hubiera sido un mal sueño de 53 días de duración. Eso puede ser lo peor. Darnos cuenta de que todo esto no ha servido para nada. Que todo sigue siendo un prototipo de ensayo neoliberal fallido pero que sigue adelante con sus miserables, su abuso de fuerza, sus pobres de necesidad, los ricos obscenamente ricos. Si todo sigue igual será la prueba de que ya no podemos tener ni sueños. Entonces habrá que volver a la nave, encerrarse de nuevo y no volver a salir.

Alex Dorfsman

DÍA 44 DE CONFINAMIENTO

La muerte es simplemente la desaparición física de alguien. No solamente es el fin de la vida, es el final de su presencia en nuestra vida. No se trata solo de la degradación de la materia, de la desaparición de la identidad. Es la soledad que deja detrás de su salida de escena.

Por eso sentimos las muertes que se vinculan con nosotros más que todas las de miles de personas lejanas, de las que no tenemos ningún recuerdo ni surco en nuestra piel. Por eso la pérdida del amante, del amigo, de la madre, del hijo, que sigue vivo, pero lejos, que sigue con su vida, pero una vida en la que nosotros no tenemos lugar es también una muerte. Una muerte larga y triste. Y aquella o aquel al que veíamos todos los días ya nunca más lo vemos, ni por equivocación, ni por sorpresa. De forma increíble su muerte metafórica se convierte en algo incuestionable, real. Esa ausencia es la sombra que conocemos como duelo, la pena de la pérdida, de esa nueva soledad que se suma a otras, que aumenta esa carga que arrastramos cada vez más pesada hasta que nosotros también seamos simplemente la sombra en la memoria de otros. 

Pensar que después de la muerte hay otra vida es un recurso de optimistas, de cobardes y de inconscientes. Nadie podría aguantar todo el dolor de una vida que se repita una y otra vez. Con una vida puede, debe de ser suficiente. Incluso excesivo. Tampoco debemos sentir pena por todos aquellos que nunca más veremos, se han liberado del peso, del dolor, ahora sin duda están más ligeros y también se olvidarán de nosotros, los que quedamos detrás ya para siempre. Los vivos que sin darnos cuenta también estamos, ya, muertos.

Alex Dorfsman

DÍA 41 DE CONFINAMIENTO

«Soy una isla. Soy una roca», cantaban en los 80 Simon & Garfunkel. Una isla no llora y una roca no siente. La situación que llevamos viviendo cada uno de nosotros como protagonistas de una película de ciencia ficción sin duda nos está endureciendo a todos. Muchos se empiezan a dar cuenta de lo duro que puede ser simplemente vivir. Otros lo sabían desde siempre. Es cierto que en estos momentos somos islas, aisladas y sin una conexión verdadera entre unas y otras. Deberíamos ser rocas, no llorar, no sentir, endurecernos para poder seguir adelante, dejando atrás a tantos muertos. Una vez más los más fuertes, los más preparados, los más hábiles, los más resistentes sobrevivirán. Eso es lo que parece. 

Es muy fácil caer en esa actitud casi de guerra, pero la verdad es que no es esa la solución. Tal vez seamos pequeñas barcas a la deriva, cada una con una exigua tripulación, buscando la playa. Ya la buscamos hace tiempo debajo de los adoquines que pavimentaban el suelo. Entonces no encontramos ni la playa ni el mar. Después tampoco conquistamos los cielos. Tal vez ahora sea el momento de, al menos, ver el cielo entre las nubes, porque el cielo después de cualquier tormenta siempre se abre y brilla el sol, lucen los arcos iris. Tal vez ahora, que venimos desde el mar, mareados y desorientados, náufragos de la vida, lleguemos a la playa, a la arena. Volvamos a la tierra.

Bon vent i barca nova. 

Alex Dorfsman

DÍA 40 DE CONFINAMIENTO

En el más largo de los casos solo llevamos confinados en casa poco más de un mes. Nunca nadie había protestado por unas vacaciones pagadas de un mes de duración. Sí, ya sé que la mayoría estamos trabajando desde casa, pero reconozcámoslo todos de una vez: es lo más parecido a unas vacaciones. Nos organizamos el día nosotros mismos, ahorramos un montón de tiempo no teniendo que desplazarnos a los puntos de trabajo, ahorramos una barbaridad de dinero en transportes o gasolina. Hemos ganado tiempo. Tiempo que compartimos con los que se supone que son nuestros seres queridos: familia, hijos, padres, parejas… Ya está bien de quejarse. Sé que hay muchos que no tienen casa, o que su hogar es realmente un infierno.

Una reciente encuesta sobre el teletrabajo en España nos dice que el 73% de los españoles quieren volver a trabajar en sus empresas y puestos de trabajo, pero les parecería bien teletrabajar al menos un día a la semana. Aunque todos sabemos que detrás de la palabra “teletrabajo” hay mucho de relax, absentismo, vacaciones encubiertas, baja productividad, etc., la opción no deja de tener su interés.

Pero creo que no me equivoco si digo que la mayor parte de quienes me lean, y la gran mayoría de los que usan las redes para quejarse de gobiernos, políticos y parte del mundo exterior, lo hacen porque tienen tiempo suficiente para aburrirse y vomitar su odio sobre todo lo que se mueva. Ese es su problema. Solo les diré una cosa: vigilen su karma.

Para todos los demás, y especialmente a aquellos que se aburren hasta el límite de leerme cada día, una recomendación: disfruten de este tiempo. Piensen, lean, amen, miren a sus hijos, quieran a sus mascotas. Descansen. Lo peor vendrá luego, cuando salgamos y tengamos que recuperar al mundo del desastre que hemos ocasionado una vez más. Aprovechen esta pausa, porque vamos a necesitar todas nuestras energías. Y este relajo no va a durar siempre.

Alex Dorfsman

DÍA 39 DE CONFINAMIENTO

Tal vez todos estos días encerrados en casa haga que pensemos un poco más en la tierra. La tierra con minúscula, esa tierra que ponemos en las plantas. Esa tierra que conforma una superficie sobre la que caminamos en el campo, que pensemos más en los caminos y no tanto en las carreteras y en las autopistas. La Tierra es todo lo que tenemos, lo único que tenemos, con sus mares y sus montañas, sus valles, sus ríos, los árboles y los prados, los bosques; con esos árboles que en la distancia nos dicen que bordean un río, esa yerba que bordea nuestros lagos. En todas las plantas, las flores, los matorrales, los millones de especies animales que viven con nosotros en esa gran casa que tenemos tan abandonada.

Hoy es el día de la Tierra, un día que debería celebrarse al menos una vez a la semana durante todas las semanas del año. Hoy quieren resaltar la importancia de la abeja, ese pequeño insecto, llamado científicamente “antophilo”, que quiere decir que ama a las flores. Desciende de la avispa, al igual que las hormigas, y vive en todos los continentes de la Tierra, excepto en la Antártida. La mayor llega a medir 39 mm. Y la más pequeña apenas 2 mm. Se calcula que están aquí desde hace alrededor de 100 años. Este pequeño insecto es el responsable del 85% de las plantas que florecen y de dos tercios de todas las plantaciones del mundo. Sin embargo, nosotros lo matamos de un manotazo, arruinamos sus colmenas por miedo a un picotazo e invadimos sus territorios sin comprender nada, como de costumbre. Ojalá que, en este tiempo de confinamiento, con tanto video chat, internet y acceso libre a casi todo, supiéramos prestar atención a estos seres que nos hacen la vida no solo mejor, sino simplemente posible.

La naturaleza que vemos como en nuestra ausencia florece y vive mejor nos está diciendo que sobre la tierra nuestro papel es más destructivo que el de ninguna otra especie. Pero luego regalamos flores y nos gusta ver a los delfines en algún video. No solo matamos a millones, muchos millones de cerdos, corderos, vacas, pollos, tiburones, y todo tipo de animales para comérnoslos, sino que lo hacemos sin respeto ni dignidad. Sin respeto ni vergüenza explotamos las tierras para sacarle sus riquezas, para multiplicar las cosechas, degustándola y arruinándola. Pero ahora sabemos que hasta los árboles se comunican entre ellos a través de sus raíces, pero seguimos tirando basura al mar y en el campo, por pequeño que sea. Seguimos asesinando especies en peligro de extinción solo por un colmillo, por nada.

Hoy, día de la Tierra deberíamos reflexionar porque desde que estamos casi todos encerrados en nuestras casas, las matas, las plantas y arbustos, las hierbas del campo crecen más rápido, más verdes, más bonitas que nunca. Por qué los árboles tristes han reverdecido. Porque ya no hay basura en los bordes de las ciudades, allí donde empieza el campo. Nunca nuestras ciudades han estado más limpias, ni siquiera en las zonas donde se depositan las basuras esta sucio. Todo florece, los ríos y las playas vuelven a estar limpios y las aguas transparentan los fondos. Hasta en Venecia el agua está limpia, y es que no hay turismo. Los hombres hemos desaparecido y eso, tristemente, es lo mejor para que la tierra se encuentre mejor.

Pensémoslo, y reflexionemos si, cuando volvamos a salir, vamos a seguir siendo sucios e insolidarios con nuestra tierra, si no vamos a limpiar nuestra casa, esa casa enorme, magnifica y bella que es la Tierra.

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DÍA 38 DE CONFINAMIENTO

Estamos en tiempos de mínimos. La cultura está en tiempo de mínimos y en lo que se refiere al arte llevamos en mínimos desde hace demasiado tiempo. Con este confinamiento hemos conseguido ya finalmente cerrar el círculo diabólico de convertir al arte, y en parte también a la cultura, en prácticamente nada. A partir de esta pandemia ya queda claro que en arte y en cultura todo debe ser gratis. Y que, para sobrevivir, aunque sea malamente, la cultura tiene que convertirse en entretenimiento. Ya ni siquiera hace falta que sea un espectáculo, con que entretenga y nos saque de la vida real por un momento nos vale. Siempre que sea, evidentemente gratis. En este confinamiento, cuarentena infinita o “quedarse en casa”, todo lo exterior nos llega digitalmente. Los niños acabarán pensando que sus abuelos son solo un avatar.

Hoy la cultura es lo que podemos ver en Netflix, Movistar o cualquier otra plataforma. La música que antes ponía Spotify e incluso Youtube ahora es casi como la música sacra fue en su tiempo, solo para expertos. Lo que se canta, lo que se oye, de lo que se habla en los informativos es de las composiciones sobre el virus, quedarse en casa, antiguos éxitos de adolescentes setenteros asegurando que resistiremos (no sabemos bien a qué), de que estaremos juntos para vencer (mientras el vecino del al lado denuncia a una vecina por no aplaudir o hace pintadas para que la enfermera del 5º se vaya de la casa para no infectarnos). Moralina de plástico y solidaridad de juguete.

La cultura ya no puede plantearnos dudas existenciales, ni alterar el orden del mundo, ni cuestionarnos el ser, el lugar, la vida o la muerte. Nada de problemas, ni de disgustos, que ya tenemos bastante con lo que tenemos. Solo necesitamos entretenernos. Y, por supuesto, gratis. Eso de que el autor, la producción, los canales de producción y distribución tengan que sobrevivir (es decir, imprentas, editores, diseñadores, traductores, librerías, galerías de arte, talleres, teatros, cines, directores, escritores, bailarines, músicos, artistas, maquilladores, comisarios, teóricos, expertos…) no es nuestro problema. Que sean más divertidos, que salten y nos entretengan mientras les tiramos cacahuetes.

Todo lo que está llegando por internet llega gratis. Los artistas enseñan sus estudios, las galerías y las ferias dan paso a sus selecciones de obra y de artistas. Los músicos ensayan y tocan desde sus casas… en fin. Podemos ver cualquier museo desde nuestro salón de Ikea, gratis. ¿Por qué íbamos a volver a ir a ningún museo pagando? ¿Por qué a ninguna galería? ¿Y los libros? Pero y las revistas… ay qué risa, si online nos lo cuentan todo gratis.

Cuando salgamos no habrá escritores, ni existirá ningún concepto crítico. La familia ya no se reunirá los domingos con una paella o un asado, los mayores habrán muerto y los demás con chatear una vez a la semana ya tendrán suficiente. Sabíamos que las obras de arte no son sus reproducciones, que la reproducción de una escultura, una pintura, nunca es la obra real. Pierde el formato, la definición, los colores, pero ya eso no importa. Un concierto no es nunca un disco; una obra de teatro, un ballet nunca es igual que su retransmisión. Una película en el cine no es igual que en la tablet o el ordenador. Sabíamos que la experiencia estética es única en cada ocasión e individual e irrepetible, aunque se experimente en un concierto multitudinario, en una exposición con público o en un teatro, porque esa experiencia define nuestra relación personal en un momento concreto e irrepetible con una obra de arte, de una forma única y personal. Pero ahora hemos eliminado la simple idea de experiencia estética por la de “todo a 100”, y ya estamos llegando al todo gratis, tan felices.

Y ya no estamos hablando de economía, sino de felicidad. De ser humanos. De esa sutil diferencia, que se acorta cada día un poco más, entre el mono y nosotros. Esa capacidad de sentarnos a leer un buen libro, no necesariamente un best seller; de oír música, de disfrutar un paseo, de vivir en una sala de un museo un momento especial, de mirar el paisaje, el cielo, de ser felices y ser personas. De generar criterio y opinión. De pensar y elegir.

Alex Dorfsman

DÍA 37 DE CONFINAMIENTO

En todo el mundo está pasando algo parecido. Todo el mundo se queda en sus casas, las medidas de seguridad son las mismas, el virus lleva una curva parecida… Pero esto son solo palabras. La igualdad en la sociedad es algo prácticamente inexistente, es algo que va por estratos sociales, lo que se suele llamar «clases sociales». Normalmente cada uno se trata con «sus iguales», miembros de una misma clase social, por lo general trabajan en cosas similares y viven en lugares de un nivel parecido. Y por supuesto tienen una edad similar y hacen cosas simplemente repetidas. Los niños tienen hasta nombres equivalentes. De hecho, si les cambiaran las casas, los hijos o las parejas… nada cambiaría, algunos ni se darían cuenta. Pero no todos somos iguales ni siquiera parecidos. Cambiemos una familia media de cualquier país, heterosexual, con una economía estable (puede que trabajen los dos adultos), con uno o dos hijos con una diferencia de entre 1 y 3 años; casa propia que están pagando con una hipoteca… lo normal. Ahora piensen en un barrio obrero, donde un matrimonio con cuatro o más hijos de muy diferentes edades vive en un piso que apenas pueden pagar, la madre no trabaja, el padre trabaja en oficios no cualificados; él bebe y maltrata a la mujer, a la que suele golpear habitualmente. Ella no tiene forma de vivir ni de irse de la casa con un par de niños pequeños y otros adolescentes. ¿Creen que son iguales y que afrontan la situación de igual forma? Piensen en los emigrantes y desplazados, cientos de millones en todo el mundo, en los que no pueden salir de los países que están en guerra… ¿creen que todos afrontamos la pandemia de igual forma, ni siquiera de forma parecida?

Durante estos 37 días de confinamiento todos los delitos han bajado de forma muy considerable, excepto los de violencia de género. Encierren a un maltratador con su víctima en una casa pequeña, sin nada que hacer, ya que no creo que se pongan a leer ni a estudiar online, durante más de 30 días y díganme qué es lo que creen que sucede dentro de esa casa. Y las guerras, por si lo han olvidado, siguen matando cada día a más personas (entre ellas niños y mujeres, y esos ancianos que tanto preocupan de repente) sin que nadie se preocupe.

No somos iguales, ni siquiera parecidos. Entre las listas de fallecidos, jóvenes y viejos, no veo nombres de políticos ni de ricos empresarios, ni de famosos de ningún tipo. Ellos no acuden como pueden a las urgencias, ni tienen que esperar a que un respirador quede libre con suerte y le llegue a él o ella. No, ellos no tienen esos problemas. Claro que ellos, esa gente estupenda que no es igual en nada al resto del mundo, sale a hacer deporte con sus guardaespaldas, o solos a correr por las calles vacías de una ciudad que creen que es para ellos solos. Esa gente no usa mascarillas ni están preocupados por el efecto devastador que esta pandemia va a tener en la economía, que ya está teniendo. Ellos siguen moviéndose a sus diferentes casas sin que la policía les multe, sin miedo, y sin tener que justificar nada. Nadie les llama la atención cuando pasean al perro.

No hablemos de ninguna normalidad, porque entre Europa y América, Asia o África hay demasiadas anormalidades, demasiadas diferencias. Dentro de cada país de esos continentes todo es desigualdad. Lo raro, si lo pensamos unos minutos, es que haya gente parecida, pero rápidamente advertimos que no son parecidas, que son uniformes. Que son modelos repetidos, de diferentes generaciones de imitaciones que de golpe se van a quedar obsoletas. 

Alex Dorfsman

DÍA 34 DE CONFINAMIENTO

No sé por qué nadie se preocupa por estar solo. Solo se está mucho mejor que mal acompañado, y es muy difícil poder estar bien acompañado. La soledad, la soledad es siempre una situación pasajera. Saber vivir en soledad es algo que solo los sabios saben hacer o tal vez te vuelvas más sabio si aprendes a vivir en soledad. Pero una soledad positiva, no la del odio, la del rencor y la culpa no asumida. A fin de cuentas todos hemos estado siempre solos. No pasa nada. Lo peor que te puede pasar es estar confinada con una persona inadecuada.

Viendo las noticias me salta una noticia en la que algo más de mil personas, todos ellos americanos, blancos y gordos, armados hasta los dientes con rifles, pistolas y otras armas irreconocibles para mí, protestan frente al edificio de la gobernadora del lugar, que no es ni Nueva York, ni Boston, Chicago, San Francisco, Washington ni Los Ángeles. Quieren volver a ser libres, en sus pancartas piden «Libertad», y recuerdan que EEUU es el país de las libertades, quieren que acabe el confinamiento ya y volver al trabajo. Cuando un periodista les pregunta qué es lo que les mueve a esta protesta, las respuestas son frases hechas, tópicos como «queremos volver a ser libres», etc. Las razones principales son que «queremos ir a comprar lo que queramos cuando queramos», y poder volver a las peluquerías, dice una mujer mostrando las raíces canosas de su cabeza teñida. No puedo evitar recordar la novela de Cormac McCarthy, The Road. Esos grupos de supervivientes que se encuentran por la carretera, que tienen granjas con humanos y mujeres embarazadas para comerse a los hijos, y así ese «ganado» cumple dos funciones: la sexual y la alimenticia. Siempre me los imaginé así: blancos, grandes, gordos, con el pelo rubio sucio y largo, armados y defensores de sus propios derechos, nunca de los de los demás. Eso sí que da miedo, cuando ves que las armas son los argumentos. Entonces es inevitable pensar que nuestra raza debe desaparecer, si lo que te mueve a salir a manifestarte en una pandemia, armado hasta los dientes, es por recuperar tu derecho a teñirte el pelo, o hacerte la manicura. No hay solución posible.

Alex Dorfsman

DÍA 33 DE CONFINAMIENTO

En estos momentos de vacío existencial a falta de presente pareciera que todo el mundo piensa y habla del futuro. Sin embargo, la realidad es muy diferente y es algo que se puede ver en las redes de forma clara. En Instagram se recupera el pasado con todo tipo de juegos, como reconstruir en tu casa la historia del arte, siempre pasado, representando copias caseras de cuadros de la historia del arte. Hay que recordar que cualquier historia que contemos es una historia del pasado, tanto en cuanto se puede contar completa, ya finalizada. Otros se dedican con un entusiasmo frenético a reproducir las carátulas de los discos de anteayer, de los vinilos especialmente. Títulos, canciones y grupos musicales y cantantes del pasado imperfecto (algunos ya muertos o rotos. Simples sombras en el recuerdo), que ahora nos parece pluscuamperfecto. En Facebook lo que arrasa es colgar fotos de cuando éramos jóvenes, 20/23 años, y, aún más claramente, de cuando éramos niños. Esas fotos en blanco y negro que podrían ser de cualquiera ya que no se parecen a nadie y por lo tanto se parecen a cualquiera, incluso a nosotros. Y sí, somos, fuimos nosotros, y nunca volveremos a ser así. Es el pasado que se fue y lo añoramos. No porque fuera mejor sino porque al recordarlo le quitamos lo amargo, olvidamos el dolor pues ya se pasó, como la herida que sangró y de la que no queda ni cicatriz. Sí, nosotros, cada uno de nosotros, también fue un niño precioso o simpático, aunque feucho, todos fuimos jóvenes y todas nuestras madres, padres, abuelos y abuelas ya muertos fueron maravillosos. Volvamos ya al presente, por favor.

Nunca he sido amiga de los álbumes fotográficos, ni siquiera de rememorar el pasado. El pasado es como los muertos, se les entierra y se les deja atrás. Sobrevives al pasado o mueres con él. Sin embargo, yo también busqué una foto mía de cuando tenía 20 años y colgué un fragmento, mi retrato. En blanco y negro miro desde arriba a cualquiera que la quiera mirar, aunque «desde arriba» solo sea desde un metro y sesenta y cinco centímetros. No quise viajar hasta ese pretérito indefinido que fue mi infancia, cuando era una niña flaca de ojos asustados. Con 20 años, arreglando el primer departamento que tuve en Madrid, con mi pareja de entonces, al que he eliminado caritativamente de la imagen de Facebook. Ya tenía un pasado que recordar, tal vez de ese pasado viene esa mirada altiva y esa media sonrisa a lo mujer fatal que parece estar de vuelta, una vuelta muy corta con 21 años. Pero, sobre todo, esa mirada se asomaba a un futuro rotundo e incierto, la única verdad: lo que viene, lo que no sabemos que será.

Olvidemos el pasado y volvamos al amor decía una canción de mi adolescencia. Quien vive en el pasado ya es historia, una historia contada porque está cerrada. Seamos solo preámbulos, prefacios, un primer capítulo, el quinto capítulo de una novela larga, el segundo volumen de una trilogía, la primera o segunda temporada de una serie infinita. Seamos, somos, seremos. El futuro es mañana, y hoy ya es parte del ayer. No seamos nostálgicos, una debilidad que el virus está fomentando para que nos olvidemos de que tenemos mucho trabajo que hacer: preparar el mañana y el pasado mañana.

Alex Dorfsman

DÍA 32 DE CONFINAMIENTO

A finales del siglo XXI se estudiará que, en el 2020, casi un siglo después de la Gran Depresión de 1929, que afectó y cambió la economía mundial, tuvo lugar el Gran Cierre: una crisis social y económica que cambió el mundo contemporáneo tal y como se conocía hasta ese momento. Llamada el Gran Cierre porque mantuvo al mundo entero, los cinco continentes, cerrado por completo, la industria, el comercio, los transportes, la banca, todo se cerró; la población se encerró en sus casas, quienes tenían, siguiendo las ordenes de unos gobiernos superados por las circunstancias que, cada cual, según sus criterios e ideologías, medios e imaginación, procuró hacer frente a un enemigo totalmente sorprendente. Un virus, ni siquiera una bacteria, un organismo microscópico desconocido, al que no se pudo frenar hasta meses después. La cantidad de muertos superó con mucho a los de guerras y ocupaciones, los sin empleo se multiplicaron en días y la economía colapsó. Por otra parte, la tierra, amenazada por un cambio climático según los expertos imparable e irreversible, empezó a recuperarse en paralelo con la falta de actividad humana. Resurgió la vida, la naturaleza se reforzó, cambió paulatinamente el clima, las lluvias volvieron y reinaron durante semanas, los animales entraron en las ciudades en un intento de recuperar sus territorios naturales de los que habían sido expulsados por los hombres y sus construcciones, sus carreteras y autopistas, ahora vacías.

Se dirá en los libros de estudio que el mundo cambió por completo a partir de esa fecha, una fecha que se data en el mes de marzo de 2020, pero que se inicia en los finales del 2019 y se prolongaría casi hasta finales del 2020. A partir del Gran Cierre nada sería igual. Pocos, muy pocos, fueron los gobiernos, los políticos, ni siquiera los filósofos que supieron no ya predecir sino ni siquiera estar a la altura del crack político, social, económico, cultural e incluso geopolítico. La importancia que adquirió la naturaleza no les hizo comprender que se trataba de la vida sobre la muerte, del aviso de una naturaleza rebelde frente a la ignorancia del humano.

Los países, los continentes cambiaron y con ellos la relación de fuerzas. Estados Unidos, donde se produjeron la mayor parte de las muertes, vivió una etapa de rebeliones de sus gobiernos federales contra el gobierno central, contra el presidente Donald Trump, cuestionado por científicos, políticos, médicos, y con una población sumida en un paro nunca antes visto, con la miseria llamando a la puerta de las clases medias. No pudo resistir la crisis y se hundió en sus excesos, ignorancia y vicios. Se partió la Republica y cada Estado empezó a tomar sus propias medidas frente a un gobierno central inexistente y cuestionado por todos. Fue el fin del último Imperio.

China, donde había empezado la epidemia, no supo o no pudo aprovechar ese momento tan largamente esperado y avisado en el que sería reconocido como el líder de la economía mundial, no hubo ningún nuevo Imperio. China, sumida en su tradicional caos entre un comunismo anacrónico y rural y un capitalismo nacido ya viejo y urbano, no pudo superar el malestar ni las rebeliones internas en el campo y contra las ciudades. Se cerró nuevamente en sus fronteras y se escondió del resto del mundo, algo que sin duda ayudó a que la salud mundial se recuperase.

En Europa, a pesar de los intentos de los países más dialogantes, el norte, los llamados países nórdicos, no aceptó apoyar a los países más castigados y se fragmentó. Después del conocido como Brexit (cuyas consecuencias unidas a la nueva situación mundial acabaron con la monarquía inglesa y sumió al país en una situación de fragmentación entre Irlanda, Inglaterra, Gales y Escocia, caótica tanto política como económica, pues dejó de ser el puente entre una América ya inoperante y una Europa fragmentada) Europa se fragmentó en dos bloques antagónicos y enfrentados en forma de vida y líneas políticas. El norte, Alemania, Suecia, Noruega, Dinamarca y todos los países conocidos hoy como la Europa del frio, siguió el clásico modelo impuesto a partir de la Segunda Guerra Mundial, sin mucho sentido si se tiene en cuenta el cambio que el mundo, y sobre todo la economía, había sufrido. La Europa del Sur, encabezada por España y Portugal, con la presencia de Italia y Francia, se había convertido en el núcleo más vital y armónico del siglo XXI. En lugar de intentar volver al modelo económico anterior supieron dar una vuelta mortal sin red y se volvieron hacia las personas. No sin crisis y problemas internos, pues fue un movimiento social sin precedentes que anulo en pocos años a una derecha intransigente y supo equilibrar la economía, si bien a la baja, de una forma gradual en favor de la población: centró su trabajo en la mejora e igualdad de la vida de los ciudadanos, una actitud que la población supo comprender y valorar. Su energía económica y política se centró en los países de Latinoamérica, devastada parcialmente después de la epidemia pero que supo rehacerse con esa fuerza característica de las poblaciones jóvenes y de los países emergentes.

Anecdóticamente se estudiará la práctica desaparición del Estado de ocupación de Israel entre los territorios vecinos musulmanes, una zona que al igual que China se fundió en sí misma y prácticamente dejo de interactuar con el resto del mundo. África se dejó nuevamente de lado y pasada la mitad del siglo se fue acercando a Europa del Sur, aportando una gran riqueza en alimentos y recursos de todo tipo.

No ha vuelto a haber gobiernos ni países hegemónicos mundialmente; el PIB ha bajado, pero ya no le importa a nadie; han desaparecido instituciones como el Fondo Monetario Internacional. La industria está ahora cada vez más vinculada con la investigación que con el consumo de recursos naturales. La política internacional no ha vuelto a ser la misma, y las guerras y revueltas son en este siglo XXI, locales, sin aspiraciones territoriales. La guerra no es ahora un negocio, y la lucha por la supervivencia se acerca a la lucha por el bienestar. El mundo vuelve a tener un ciclo natural respetado. La vida sigue, aunque todo es diferente.

Alex Dorfsman

DÍA 31 DE CONFINAMIENTO

El 13 de marzo, Franco «Bifo» Berardi escribe esto en su particular diario de confinamiento:

«Podríamos salir, como alguno predice, bajo las condiciones de un estado tecno-totalitario perfecto. En el libro Black Earth, Timothy Snyder explica que no hay mejor condición para la formación de regímenes totalitarios que las situaciones de emergencia extrema, donde la supervivencia de todos está en juego. El SIDA creó la condición para un adelgazamiento del contacto físico y para el lanzamiento de plataformas de comunicación sin contacto: Internet fue preparada por la mutación psíquica denominada SIDA. Ahora podríamos muy bien pasar a una condición de aislamiento permanente de los individuos, y la nueva generación podría internalizar el terror del cuerpo de los otros».

El alejamiento permanente es sin duda un miedo inevitable. Después de tanto tiempo cada uno encerrado en su casa, aislados, más o menos aislados físicamente del otro, de los otros. Hay quien duda de que algún día podamos volver a la calle, a la playa. Ayer, Día Mundial del Beso, algún amigo se preguntaba en Facebook si algún día podría volver a besar, si sabría repetir el mecanismo del beso tanto tiempo después del último que dio, que dimos casi todos. La respuesta es muy sencilla: sí. El cuerpo tiene su propia memoria, incluso una memoria que supera el Alzheimer. Se ha comprobado que la música (ese gran tesoro) hace recordar a los enfermos más profundos de Alzheimer. Nos acordamos de montar en bici años después de haberla arrinconado, a veces desde la infancia. Todos te dicen, «es como montar en bici, nunca se olvida». Pues besar es así, como montar en bici, como querer a alguien, como echar de menos a aquel amante que se fue, o a tu lejana infancia, a la felicidad de las tardes de pan y chocolate.

El cuerpo no olvida. Sí, volveremos. Volveremos a besar, y abrazarnos, y nunca dejaremos de querernos. Volveremos a las calles, porque son nuestras y no de ningún gobierno. No sé si venceremos a la enfermedad, que seguramente sí, pero lo que seguro que vencemos es el miedo. Y volveremos a los bares y a las playas. Volveremos a viajar, a volar, a recorrer la tierra y los mares. Siempre lo hemos hecho, es parte de nuestra naturaleza humana: llevamos andando desde que ni siquiera éramos humanos, nunca hemos parado. No importa el régimen político que triunfe, volveremos a besarnos. El cuerpo no olvida cómo se acaricia a un niño, cómo se acaricia el cuerpo que amamos, lo hemos aprendido y lo pasamos en la herencia genética. Lo saben hasta los koalas, los monos, por supuesto, las plantas y los árboles. Es como mojarse cuando llueve. Inevitable. Y desde luego erradicar este conocimiento, extirpar los sentimientos en el Sur va a ser especialmente difícil. (No puedo evitar oír a lo lejos a Raffaella Carrá cantando «Para hacer bien el amor hay que venir al Sur», lo siento).

En el Sur nos abrazamos con cualquier excusa: porque estamos felices y porque estamos tristes. Ganemos o perdamos, se acaba en un abrazo. En una boda, por un nacimiento y por una pérdida, en un funeral. Nos palmeamos la espalda, nos damos la mano, incluso las dos manos. Y nos besamos. Las familias, padres e hijos, hermanos y primos lejanos, amigos y conocidos, todos nos besamos en cualquier momento y por cualquier motivo. Y si eres mujer…bueno, si eres mujer te besas hasta con cualquier desconocido que te acaben de presentar. A los niños se les «come a besos» desde que nacen hasta que tienes que conformarte solo con «un par de besos». En el Sur nos tocamos todo el tiempo. Y sí, volveremos a besarnos y a tocarnos. Y en los países latinos, cruzando un océano, lo han heredado de nosotros los italianos, los portugueses, los españoles, los franceses. Ellos también tienen su parte del Sur en el ADN.

Sin duda, volveremos a besarnos.

Alex Dorfsman

DÍA 30 DE CONFINAMIENTO

Lo que no se nombra no existe. Somos conscientes del peligro, de la gravedad de la situación cuando los muertos empiezan a tener nombres conocidos, cuando podemos recordar sus caras, sus gestos, sus sonrisas. Por desgracia, así en la vida como en la muerte, muchos de los muertos de hoy nunca tuvieron nombre. Todos esos sin techo que entierran en Nueva York en una sola tumba común son solo una muestra de las claras diferencias entre unos y otros. Las imágenes de Los Ángeles en Estados Unidos donde se da «cobijo» a los pobres, vagabundos y sin techo, en un aparcamiento al aire libre (cada espacio según las líneas blancas de demarcación) demuestran la falta de empatía del poder hacia las personas. Cuanto más poderoso el gobierno, más desprecio hacia las personas. De hecho, en una democracia, todas esas personas que no votan realmente no cuentan.

Pensar que en el siglo XXI los países supuestamente más desarrollados siguen pensando que la democracia, que ya se demostró fallida en la antigua Grecia, sigue siendo la mejor de las formas de gobierno es algo que deberíamos repensar cuando salgamos de nuestras celdas. La democracia entonces no era la de ahora (estaban excluidas las mujeres y los esclavos, y un gran etcétera), en la que al parecer todos somos iguales. ¿De verdad todos somos iguales? Todos seremos iguales cuando todos podamos tener el mismo bienestar, los mismos derechos, cuando nadie tenga que estar en un aparcamiento recluido al aire libre en una ciudad con las mansiones más lujosas del mundo… y con casinos que ganan millones diarios. Podemos dar por imposible la igualdad económica, pero deberíamos reclamar la igualdad en dignidad, en los mínimos de humanidad. Una democracia con derechos iguales en mínimos, dejando los máximos libres.

La resistencia de los ricos, del mundo financiero, de los responsables del consumismo global se acabará con esta pandemia. ¿Quién quiere un mundo donde nadie pida comida a domicilio, ni compre semanalmente en Amazon? Si quieren que consumamos todos tendrán que garantizar que todos tengamos algún dinero para hacerlo. Una renta vital básica esta al llegar. Aunque tal vez sea peor el remedio que la enfermedad. Dependerá de todos, de lo que hayamos aprendido de verdad en esta soledad universal.

Después de un mes de confinamiento hay elementos comunes, al margen de la afición compulsiva por la cocina, en especial bizcochos y dulces de todo tipo. Algo curiosamente global, y que sucede en todo un mundo donde FB se llena de recetas que cruzan fronteras, y se pasan desde Barcelona a Madrid, a Buenos Aires o San José de Costa Rica.

Un elemento común es la sensación de que esta pandemia marca un punto y aparte en la narración lineal de la historia contemporánea, la idea de que todo va a cambiar, aunque no sabemos cómo ni hacia dónde. Nosotros hacemos planes de supervivencia, los gobiernos prometen ayudas… tal vez todo eso sea innecesario según hacia donde vaya el cambio, si es que este cambio sucede. También se ve de forma universal la diferencia entre esas derechas fascistas que asolan nuevamente el planeta, con sus opciones de limitación de derechos, de restricción del bienestar para todos, de la consumación de una privatización de todo lo que significa bienestar común, del Estado al servicio de unos pocos y en contra de todos los demás. Algo que deja ver entre sus grietas y rotos sin zurcir la realidad de la necesidad de libertad y de derechos que reclama todo el mundo a la vez. La necesidad de salud, de atención, la necesidad de tener un techo que te proteja, de tener un trabajo, tener acceso a la sanidad, a las medicinas, a la vida. De que el Estado sea para todos, trabaje y piense en todos. Incluso en aquellos que no votan, y que ojalá no voten porque no quieren y no porque no puedan.

Otro elemento común es la observación de cómo la naturaleza es inmune a nuestro malestar y crece y se expande más hermosa y viva tal vez que nunca, gracias a que nosotros estamos recluidos y no podemos destrozarla por unos días, es algo de lo que estamos siendo conscientes desde nuestras ventanas en todo el mundo. Es decir, que el cambio climático si se puede revertir.

También de la imaginación increíble de la gente en confinamiento, algo que demuestra la diferencia de esta prisión que nos protege de aquellas otras que entierran a miles de personas en todo el mundo.

¿Alguien ha dedicado un pensamiento a todos los que viven en cárceles, donde pasan años, toda la vida, sin ver el horizonte, sin esperanzas de volver a ver el mar?

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