Día 20 de confinamiento

Solo llevamos 20 días encerrados con nosotros mismos. A algunos les parece una eternidad. Otros, poco a poco, se van acostumbrando a esa soledad, a la calma, al tiempo propio, a organizarse el día como un náufrago en una isla desierta.

Si fueran unas vacaciones nos parecerían cortas, una pena que se acaben. Sin embargo, así, en plan castigo, pueden parecer insuperables. Solo 20 días. Mi consejo de náufrago profesional es que se calmen, piensen en todo eso que nunca pueden hacer, se cuiden, coman bien, pero en pequeñas cantidades, ayuden a alguien si pueden, hablen con su familia y amigos. Observen su entorno, la naturaleza crece en cualquier rincón, del campo y también de la ciudad. Procuren ser un poco felices, están sanos. De momento. Enhorabuena.

Vivíamos en un bucle de velocidad insostenible. Ahora hemos tenido que parar. De un día a otro. Se acabo la prisa, el ritmo de repente se ralentiza. ¿Cómo vivir así si llevamos toda la vida llegando tarde, corriendo para no ir a ningún sitio? Hay que rehacerse, redefinirse, cambiar las prioridades. Porque ahora, en todo el mundo, el único que va rápido es el virus. La velocidad de contagio es impresionante: de Wuhan a Nueva York pasando por tu casa y la mía. Nosotros no podemos seguirle el ritmo, nos ha pillado con el paso cambiado, como a los novatos en el ejercito que no saben desfilar todavía.  Nos ha cambiado la vida un pinche bicho que no llega ni a bacteria, a nosotros que sabemos dividir el átomo y nos creíamos, nos creemos aún, los reyes de la creación. Pues de momento, a mí (con todos mis estudios, experiencias y demás equipaje) me va ganando por varias cabezas un abejorro que tengo instalado en un balcón. Y eso que él (o ella, no sé aún, pero creo que en ese tema de género también me va ganando ampliamente) ni se da cuenta de que estoy compitiendo con él/ella. Ya de mis dos perros ni hablo, ellos son los dueños de mi casa, los que marcan mi día y mi noche, los amos de este pequeño mundo. Y también mis pequeños y peludos salvadores.

Hablaba de la velocidad, creíamos haberla dominado, con nuestros motores, cohetes, aviones y barcos que retan a la ley de la gravedad, entre otras cosas. Pues eso se ha terminado. Tendremos que ver cómo podemos seguir adelante sin abusar de nuestro poder, controlarnos y marcarnos unos ritmos más cerca de la lógica de la naturaleza. Y sí, descubriremos no una sino varias vacunas, en unos meses tendremos una en España, tal vez antes en China (bueno, esa que la prueben primero ellos) o en Alemania. Y nos protegeremos, porque si podemos matar a distancia a millones de personas, desde una pantalla en otro continente, si podemos matar a un solo hombre a miles de kilómetros, entrando en su casa con un misil individual por la ventana del baño… tendremos que demostrar que podemos hacer algo bueno con las mismas herramientas. Y será un europeo, que tal vez trabaje en un laboratorio en USA, pero será un europeo quien encuentre la forma, quien piense por la vida y no por la muerte. Y mientras ese europeo piense en todos, aquí en la vieja Europa estamos a punto de despedazar un sueño por la avaricia y el egoísmo de unos pocos. Cuando los que se creen los mejores miran por encima de los que sufren, cuando los más altos y los más rubios quieren ver por encima de las cabezas de los que están heridos, lo único que van a ver es un futuro fraccionado, la debilidad es otra plaga mucho más mortífera. Si Europa no muestra su fuerza y su capacidad de proteger a los europeos, no tendrá sentido la existencia de la Comunidad Europea. Y todavía el mundo entero necesita el ejemplo de civilización, de sociedad de bienestar, de cuidar de todos que muestran los países europeos. Europa no es un continente solamente, es una idea, es un proyecto, es el sueño de muchos y la envidia de todos los que no son europeos. Ser europeo es un orgullo, un privilegio, y ahora tiene que demostrarse.

Nos volvemos a encontrar el próximo lunes, hasta entonces cuídense, quédense en casa, hagan todo eso que según las derechas no sirve para nada: lean, escuchen música, vean cine, hablen con los que quieren, cuiden a sus perros y mascotas en general, miren por la ventana, hagan ejercicio, escuchen a los pájaros que invaden nuestras ciudades. Procuren ser felices.

Alex Dorfsman

Día 19 de confinamiento

Llevamos décadas hablando de globalización. Bueno, pues aquí tenemos el mejor de los ejemplos: un virus global que igual mata en Barcelona a tus vecinos del primero, que en Ecuador a un señor totalmente desconocido. Con los mismos síntomas, el mismo dolor, la misma desesperación de sus familias, y prácticamente con la misma falta de medios para luchar contra la enfermedad. En los países pobres y ricos devorados por el neoliberalismo, las dictaduras o el fascismo, faltan mascarillas y respiradores. En Nueva York los hospitales no tienen material esencial nada más que para esta semana, en otros lugares ya se acabaron. Claro que siempre hay algunos, como Alemania, que almacenan de sobra porque ellos primero. Esa globalización es uno de los grandes hándicaps de esta pandemia, y una de las heridas que se abren en todos nosotros: la distancia, la incapacidad de estar, de ayudar a tus amigos, familiares, gente querida, que está lejos. 

Dos buenos amigos están infectados. Solo hablo con ellos por redes y mails. Son dos artistas, dos hombres jóvenes y brillantes. A Rafael Lozano-Hemmer ni recuerdo desde cuándo nos conocemos, sé que éramos muy jóvenes los dos. Desde entonces nos encontramos en cualquier lugar, me encuentro a él o a su obra que sigue siendo él. La última vez hace unos meses en el Museo de Monterrey, una excelente exposición que venía desde Montreal, donde vive y donde ahora está aislado, infectado por el coronavirus. 

Un amigo es esa persona que cada vez que la encuentras te alegra. Esa persona que te saca una sonrisa, un buen pensamiento. Con la que te gusta hablar, estar. Con la que te gustaría estar más tiempo, ver con más frecuencia. Pero que casi siempre, y según eres mayor cada vez más y más, está lejos. Al final estás en contacto por Facebook, por mail, FaceTime… A Pablo Helguera, amigo y artista que vive en Nueva York, le conocí en México, me lo presentó otra amiga que hoy también está muy lejos. Comimos y fue una delicia la conversación, las risas. De la comida no me acuerdo, el lugar cerró años después. Pero nuestra amistad sigue viva. Hace un par de años que no nos vemos, pero estamos preparando un libro juntos que tiene que salir cuando pase esta situación y podamos volver a movernos nuevamente por este mundo que es el nuestro. Fue en Colombia, pero podría haber sido en cualquier sitio, en todas partes su inteligencia y su humor, su talante y su exquisitez se conocen y se valoran. Me escribe para decirme que está infectado, en Nueva York. 

Detrás de esos miles de infectados, de muertos, de recuperados, números de personas que están en las UCIS de todo el mundo, luchando por poder respirar, cada uno de esos números son personas como Pablo o como Rafael. Ellos dos son mis amigos, amigos de mis amigos, gente cercana a los que pongo cara y que, si cierro los ojos, puedo escuchar sus voces, sus risas. A los demás no los conozco (tal vez a alguno sí y aún no lo sé) pero ustedes conocen a algunos, seguro que sí. Todos ellos tienen amigos, hijos y padres, hermanos, y sobre todo tienen una vida, unos sueños. Por eso nuestro esfuerzo y paciencia, el trabajo de los médicos y enfermeros, el gasto mundial, el despliegue de medios, todo lo que se pueda hacer es lo mínimo que podemos hacer por salvarles. Para que vuelvan. Nadie sobra, y si alguien lo piensa, si alguien tiene esas palabras cerca de la boca mejor es que se calle y lo piense otra vez. Esa frase de los militares en batalla “no dejaremos a nadie atrás”, esa idea de que somos un todo y que se lucha por todos y cada uno, tiene que estar viva. Todas las vidas son la vida. 

A los enfermos, a los infectados, a los muertos, a aquellos a los que les cuesta mucho respirar, les dedico esta bitácora de hoy. A sus esfuerzos y sus ganas de vivir. Y muy especialmente a vosotros, Pablo y Rafael. 

Luis González Palma

Día 18 de confinamiento

Entrada 18 en el Cuaderno de Bitácora. Ayer, a causa de la situación climatológica no pude realizar mi habitual entrada en este cuaderno. La sensación es, aparentemente la que los marineros llaman “calma chicha”, silencio y quietud absoluta. Pero solamente dentro de los espacios de confinamiento. Fuera la nieve bloqueaba unos accesos que ya nadie utiliza, la lluvia ponía en peligro algunas estructuras. Estamos en primavera, pero la temperatura es de varios grados bajo cero. Algunos afirman que es la revancha de la naturaleza, otros simplemente creen que se está recuperando la normalidad en la atmósfera.

Personalmente creo que a la naturaleza no le importamos lo suficiente como para castigarnos. Somos simples insectos, unas bacterias más, para ella. Ella sigue su ritmo, y con ella todos sus integrantes: flora (*) y fauna (**), esas dos hermanas míticas que tienen su origen en el culto a la naturaleza desde el inicio del mundo continúan su baile y sus burlas a los humanos.

Entre la nieve y la lluvia en la persiana de un balcón de mi casa han construido su madriguera una familia de abejorros, a los que veo venir y salir, abrir y cerrar sus nidos, asomarse y tratar con otros abejorros vecinos o amigos, he estudiado sus costumbres y aprendido mucho sobre ellos. Son admirables en sus maniobras, en cómo construyen, abren y cierran sus casas. Pero ellos me ignoran, no les produzco ninguna curiosidad, una vez que parece que ya no soy ningún peligro para ellos han optado por no hacerme ni caso. Inmunes al virus que tiene encerrados a miles de millones en el mundo ellos siguen sus rutinas primaverales….

Por su parte, algunas de las plantas de la terraza están brotando, y otras han dado ya varias tandas de flores, porque entre nevada y lluvia surge el sol y la naturaleza crece, vive, florece, ajena a nuestro sufrimiento y angustia, ajena a nuestros miedos. Ellos no tienen cuotas ni impuestos, ni alquileres, ni sueldos que pagar. Y pienso en las reatas de jabalíes que llenan los bosques de la zona, que ahora estarán mas tranquilos sin esos molestos humanos que atraviesan sus campos en bicicleta, con sus perros o corriendo.

Si comparamos la ocupación de los cielos de Europa el 31 de marzo de 2019 y de 2020, a las 11,26.03 minutos del día podemos entender que el CO2 ha bajado como nunca en la historia. El 2019 a esa hora había 2.928 vuelos en el aire al mismo tiempo en Europa, este año solamente 341. Los vuelos han bajado por media un 73% en Europa (en España un 90%), y la gran mayoría de los vuelos que aún se realizan son de mercancías, sin pasajeros. El aeropuerto de Londres es el que menos ha reducido sus vuelos. Pero ellos, ya lo sabemos, son así. Recomiendo entrar en el link y que vean los mapas de Europa esos dos días para comprenderlo mejor.

Tal vez este parón sea un respiro para la naturaleza que nos ofrece, así, una segunda oportunidad. Ahora no hay incendios. Las calles de las ciudades están mas limpias, hasta los puntos donde se coloca la basura están limpios. Deberíamos entender el mensaje. Tomar nota. Y deberíamos, también, renovar nuestros armarios por si esto se repite alguna vez en el futuro. No podemos seguir con ese chándal viejo, con esas mallas de no sabemos cuándo, todo ese montón de ropa “para estar en casa” hay que renovarlo ya con urgencia. Pensar que los pijamas pueden ser las prendas más vistas por nuestros amigos y vecinos en meses. Yo, como paso medio año en México, donde los sismos te sacan de la cama a cualquier hora de la noche para socializar con vecinos que nunca habías visto, sé de la importancia de tener algo que te favorezca cerca de la cama, incluso puesto, por si hay que salir corriendo. Porque se puede perder todo menos la dignidad, y en algunos videos online, en algunos balcones, (y en algunas emergencias mexicanas) vemos que mucho estilo en la calle pero a la hora de la verdad en pelotas, batas que no se pueden cerrar, sin zapatillas… que casi es mejor no sobrevivir a que nos vean de esta manera. El abandono de nuestros cuerpos está llegando a extremos asombrosos, y si no cuidamos nuestros cuerpos no quiero ni pensar cómo estamos atendiendo a nuestros espíritus. Yo, de momento, voy a ver a mis inquilinos abejorros, que ha salido el sol y quiero saber si aumenta la familia.

(*) Flora, en la mitología romana, era la diosa de las flores, los jardines y la primavera. Aunque era una figura relativamente poco importante en la mitología romana, estando entre varias diosas de la fertilidad, su asociación con la primavera le otorgaba particular importancia al llegar dicha época del año. Su festividad, la Floralia, se celebraba en abril o a principios de mayo y simbolizaba la renovación del ciclo de la vida, marcada con bailes, bebidas y flores.

(**) Fauno era, en la mitología romana, una de las divinidades más populares y antiguas entre los dioses indígenas), identificado con el griego Pan. Fauno era el dios de los campos y los bosques, protector de los rebaños, a los que hacía más fecundos y los defendía de los ataques de las alimañas. La fauna es el el conjunto de animales de todo tipo que puebla el mundo, en dialogo con la flora.

Luis González Palma

Día 16 de confinamiento

Empieza el día con frío y lluvia. Como para ponernos más tristes aún. Para burlarse de la primavera, también fuera de nuestro alcance. Hay días que hay que hacer un esfuerzo aún mayor para seguir adelante. Hoy es uno de esos días especialmente feos. Y me vienen dos temas a la cabeza que durante toda la semana pasada han estado en el centro de todo: la de que estamos en una guerra y la de que los viejos, nuestros padres y abuelos, sean unas víctimas a las que abandonamos a su suerte. 

No estamos en una guerra. Aunque lo digan esos hombres uniformados, aunque el ejército haya sido llamado a actuar. No estamos en una guerra. El ejercito es, en tiempos de paz, un recurso social de ayuda: en los incendios, en las inundaciones… en las emergencias. Ellos son también, y sobre todo, ciudadanos, y están en el mismo riesgo que los demás, un poco por debajo que los servicios sanitarios. Una guerra es violenta, rodeada de desastres, sin comida, sin casas. En una guerra no se puede estar en casa, teletrabajando. Una guerra es desabastecimiento. Una guerra conlleva un enemigo inteligente, armado y con intención. Estamos inmersos en una pandemia, una infección provocada por la propia naturaleza, en la que todos estamos implicados, pero nunca unos contra otros. No hay llamas, ni niños buscando a sus padres, ni cuerpos en las calles. Decir que esto es una guerra es un insulto a todos aquellos que han vivido una o que están viviéndola ahora. Porque en Siria siguen bombardeando, porque en el mundo siguen abiertos más de 50 frentes bélicos que no han detenido el virus. Esas son guerras. Esto es una infección vírica convertida en pandemia. Los ejércitos hacen simplemente su función, la que tienen adjudicada en tiempos de paz. Nuestros padres y nuestros abuelos vivieron la peor de las guerras: una guerra civil, entre hermanos y vecinos, que se denunciaban, mataban y robaban entre ellos. Hoy los amigos mantenemos teleconferencias que cruzan continentes y fronteras; los vecinos nos prestamos ayuda, nos deseamos lo mejor. Aplaudimos, o no, a los médicos y enfermeras, a todos los que nos salvan, aunque ellos mueran, esos sí son héroes y no los soldados que han matado y matado y por eso les dan medallas llenas de sangre. Nuestros mayores, nuestros viejos se merecen al menos un respeto al sufrimiento de sus vidas.

Pero nuestros mayores se merecen no solo ese respeto inevitable. Se merecen nuestro amor y nuestro cuidado. Están vivos, siguen vivos. Son una lección viva, ellos nos recuerdan las recetas que a nosotros se nos olvidan, son páginas de una historia que nadie cuenta. Son la memoria del futuro. Todos. Ellas además son quienes nos dieron su cuerpo para vivir, nos lavaron la cara y nos enseñaron a leer, a sumar y a restar. A vivir. Sus consejos, sus vidas son nuestro espejo. 

Dice el primer ministro de Holanda que Italia y España atienden en sus hospitales a personas demasiado mayores. Que seguimos intentando salvar a los viejos. Supongo que lo que realmente dice es que en su país a los viejos se les deja morir en soledad, como perros sin dueños. Eso le parece lo lógico. Supongo que este señor no conoció a sus abuelos, que no tiene padre ni madre, ni tuvo profesores que le marcaron en su juventud. Supongo que este señor ni lee y escucha música, supongo que este señor en vez de corazón tiene una piedra. En el sur todos tenemos viejos en nuestra vida, en nuestro entorno. En Grecia, en el origen de Europa, los viejos representaban la sabiduría, el conocimiento y la experiencia. En la Europa actual a los viejos te aconsejan que los abandones, pues ya no valen nada. En el sur los viejos aún nos importan, porque todos queremos llegar a ser viejos y que nuestros jóvenes nos respeten, nos pregunten aquello que no saben aún o se les olvidó ya. 

El otro día un viejo español (curiosamente de la derecha española) hacía un alegato a favor de nuestros viejos en el Congreso Europeo, y argumentaba que esos viejos que hoy queremos dejar morir son los que lucharon en la Segunda Guerra Mundial, los fundadores de la Europa del bienestar, creadores románticos de la Europa Común, aquellos que tiraron el Muro de Berlín. Nuestra historia aún viva. Pero yo añado que también son las viejas de hoy las que quemaron sus sujetadores ayer y dieron paso al amor libre, ellos fueron los jóvenes que buscaron en París el mar y las playas debajo de los adoquines. Los que trajeron la democracia a España, a Portugal o a Grecia. Los que lucharon siempre por los derechos que hoy nos parecen que vinieron sin lucha y que estamos perdiendo sin hacer nada por evitarlo. 

Por suerte en el sur seguimos cuidando de nuestros viejos, que vencen al virus hoy como vencieron a tantos otros enemigos mortales cuando eran jóvenes. Y lo vencen hoy con 80, con 90 años, al borde de la meta final de su vida aún son un ejemplo de lucha y de fuerza. Debe ser lo que tiene el sur, ganas de vivir, ansias de sol. Amor a todo lo vivo. Aunque hoy llueva, pronto vendrá el calor, el verano, el sol, y las flores y los pájaros. Eso lo sabemos todos aquí, en el sur.

Luis González Palma

Día 13 de confinamiento

Viernes. Este fin de semana cumpliremos los primeros 15 días de confinamiento, que se prolongan al menos otros quince días más. En estos 15 días han cambiado más cosas de las que habían cambiado posiblemente en años. En el mundo del arte, un sector en el que el tema de actualización tecnológica no ha sido en absoluto pionero, donde todavía algunas instituciones no tienen una web propiamente dicha, en el que las galerías tienen (o tenían) lo básico y en el que muchos artistas no tienen ni siquiera web, de repente se ha digitalizado y aparece mundialmente una escena virtual inabarcable.

Todas las ferias se han aplazado, algunas sine die, y otras con fechas románticamente concretas. Art Basel, la feria cumbre del arte actual pasa de junio a septiembre (acompañada de su espora Liste en las mismas fechas), pero ya tiene 250.000 visitas en su viewing room online. Mas visitas que todas las ferias tienen en físico en sus celebraciones.

Esas galerías a las que habitualmente no va casi nadie, nos ofrecen la posibilidad de sin moverse de casa ver lo que nunca iríamos a ver en persona. Por supuesto Museos, Fundaciones, Centros de Arte de todo el mundo llenan las bandejas de entrada de nuestros ordenadores ofreciéndonos visitas virtuales, conferencias en directo o ya grabadas, talleres a distancia, actividades de todo tipo. Las calles están vacías, pero por el canal central del internet mundial la aglomeración crece, las formas de comunicarse en directo con imagen y voz desde nuestro ordenador ya no se cierra en Skype, ahora hay muchas más opciones.

Ya se habla del arte en la era de la pandemia. Pero hablando de arte no deberíamos olvidar nunca ni las formas ni los conceptos. Estos siguen siendo prácticamente los mismos que hace 15 días. Y las energías que lo mueven también. Desde la realidad, esa que esta encerrada en sus casas y asomadas a las diversas pantallas luminosas que cada uno tenemos ahora siempre activas, nos llegan las quejas, los gemidos y los avisos: esta situación va a barrer el sector como un tsunami. Se han anulado miles de exposiciones en todo el mundo, se han anulado compras por todas partes, institucionales y particulares, se van a cerrar cientos de galerías, la pobreza económica de museos y centros de arte se va a agudizar hasta extremos mortales. Todo ese público que nunca fue a las galerías simplemente seguirá ignorándolas, pero otros muchos que si lo hacían ahora se quedaran colgados de internet, de la comodidad absurda de no moverse de casa. Otros pensaran que el arte, la cultura, se ha demostrado como algo prescindibles en su realidad física, reforzando así la política cultural de eliminar y subvalorar la educación artística, musical y filosófica en los estudios, justo donde es más esencial.

Sin embargo, durante este encierro lo que nos sugieren las autoridades sanitarias y políticas es que hagamos ejercicio, leamos, realicemos actividades culturales, como leer, oír música, tocar música, desarrollar nuestra creatividad, y cuidar y convivir con mascotas parece ser un grado mayor de las expectativas de mejorar nuestra pobre calidad de vida. Es decir, lo que es recomendable en tiempos de pandemia se elimina en tiempos de normalidad. Nos hacen anular y castrar nuestra sensibilidad y nuestra creatividad, nuestra humanidad, pero resulta que esas facetas son las únicas que nos pueden ayudar a sobrevivir, a vivir una vida real y plena.

Hay cosas que debemos tener claras antes de que se acabe nuestro encierro más o menos voluntario: las cosas deben cambiar. No podemos volver a la misma sociedad, como si esto no hubiera pasado. No solo debemos de aprender a respetar a la tierra y a los animales, entre ellos a los humanos, sino que hay que cambiar el valor de las cosas, de los afectos, de las relaciones. Eso que se llama sociedad. Hay que invertir las prioridades. Online o a pelo, en grupo o individualmente, este tiempo de descanso entre dos partes de nuestras vidas tienen que servir para salir con ideas claras. Esto no es una guerra, esto es simplemente la vida, y tenemos que tomar las riendas de esa vida, aceptar que la música es esencial y que el arte no es una feria. Y que el dinero no es la meta sino el medio.

Buen fin de semana a todos los presos del mundo, entreténganse a dibujar la vida que les gustaría encontrar cuando podamos salir al mundo otra vez. Un mundo, por cierto, que parece estar mucho mejor sin nosotros, que se recupera de nuestro efecto devastador, porque finalmente la plaga, el virus, somos nosotros. Y de nosotros, solamente de nosotros, podemos sacar la vacuna.

Alex Dorfsman

Día 12 de confinamiento

“Ante esto que ahora amenaza con tragarse a Europa y tal vez al mundo, nuestra obra está esencialmente diseñada para preservar cosas a lo largo de esta noche que se avecina: una especie de mensaje en una botella” (1930, Max Horkheimer en una carta a un amigo)

El virus infecta a todos en todos por igual. Pero no todos se pueden proteger ni cuidar igual. Esa es la palabra “igualdad”. Esta pandemia es un aviso a que revisemos nuestras prioridades. Si la Segunda Guerra Mundial dejó tras de sí millones de muertos y atrocidades inimaginables, por delante estructuraba un sistema de impuestos y de reparto de servicios para fortalecer y proteger a la sociedad en su conjunto y a los individuos en particular. El bienestar de la sociedad a partir de unos impuestos progresivos: quien más tiene más paga, y ese beneficio es para todos en forma de mejor educación, seguridad, mejor sanidad, todo ello público a través de colegios, hospitales, un paro y unos subsidios, pensiones para los mayores. Se reconstruyeron sociedades y países destruidos, y Europa se convirtió en un ejemplo mundial, a pesar de las desigualdades entre unos y otros países. Pero poco a poco se implantaron en esta nueva sociedad conceptos como la sanidad y la justicia universal (gratuita y completa para todos): gracias a esto se pudo juzgar a dictadores como Videla con una enuncia a través de España en Inglaterra, y los migrantes podían ser atendidos en los hospitales públicos españoles. Poco a poco llegaron estas mejoras, pero de un solo golpe fueron desapareciendo. La economía se convirtió en lo primero, los bancos en lo más importantes. La crisis financiera del 2008 arrasó con los beneficios sociales de tantos años, ya no todos éramos iguales. La sanidad y la educación y la justicia solo para los que lo pueden pagar. Las viviendas no son un derecho sino un lujo, los viejos, después de una vida de guerras y trabajo ya no nos sirven ni hay sentido en mantenerlos con vida. De hecho, esta pandemia parece hecha a la medida para que esa población solitaria y vulnerable de nuestros mayores desaparezca de una vez.

La lección, la única posibilidad de que todo este sufrimiento y esfuerzo tenga una razón de ser es que cuando podamos volver a salir a la calle, al campo, podamos volver a trabajar, sea con la idea clara y permanente que lo primero somos las personas. Nuestras vidas y nuestro bienestar. Y no solo la mía o la tuya, sino la de todos. Que lucrarse con la especulación de bienes indispensables como la vivienda (¡¡¡y ahora nos dicen que nos quedemos en casa los que nos la han quitado durante años!!!) y con la propia salud, con la vida es el peor delito. La igualdad en la salud, reforzar la sanidad, no dejar que políticos voraces se enriquezcan con la privatización de todo lo que necesitamos: hospitales, residencias para mayores, servicios funerarios, son realmente buitres (¿verdad señor Aznar?). Que todas las vidas valen lo mismo y que todas las muertes son una desgracia insuperable.

Respeto e igualdad. No solo en las situaciones extremas. En todas las situaciones, cada día. Que ser negro, mujer, viejo, enfermo crónico, extranjero no signifique nada, que lo importante seas tú, el, ella, yo. Todos. Los bancos no necesitan comer ni ir al médico, ni una casa, tienen todas las casas. Las personas necesitamos todo eso y mucho más: comer, educar a nuestros hijos sin humillaciones ni desigualdades. Porque la inteligencia no se supone, se potencia.

Lo que más y mejor se paga es lo que menos necesitamos, pero a la hora de la verdad la sanidad, la medicina, la investigación… se ha quedado sin partida en los presupuestos públicos. Y ahora no hay respiradores para que podamos seguir respirando un día más. Nuestros padres y abuelos mueren porque no hay respiradores, ni camas en los hospitales. El dinero necesario se entregó a los bancos por miles de millones, a las empresas financieras, se diluyen en los impuestos que no pagan las empresas que pagan solo de beneficios a sus directivos cientos de millones anuales. Ahora esos ricos también mueren, aunque menos.

Y un triste recuerdo para todos esos países, esos millones de personas que en India, Latinoamérica, Asia y África especialmente nunca tuvieron ni la idea de igualdad y justicia en sus vocabularios cotidianos. Ellos no tendrán ni respiradores ni mascarillas ni médicos ni hospitales.

Cuando salgamos de esta, los que se salven, están obligados, por la memoria de los que hayan quedado atrás y por el futuro de los que vengan, a hablar de igualdad, de renta básica, sanidad, justicia universal. De repartir lo que el planeta tiene con los habitantes de este planeta, con todos y no solo con el 1% que tiene la riqueza que genera el 99% restante.

Alex Dorfsman

Día 11 de confinamiento

Las noticias hoy han venido cargadas de muertos, y desgraciadamente de malas perspectivas para muchos conocidos, y no quiero ni calcular para cuántos desconocidos. A última hora de la tarde de ayer llegaba la noticia de que en Italia se prolongará el confinamiento de toda la población hasta el 31 de julio. Poco antes conocíamos que India, un país de más de mil millones de habitantes, gran parte de ellos sin condiciones de higiene mínimas, quedaba en cuarentena completa, todo el país. 

Día de cifras y números, de datos y de miedo al vacío, de vértigo. 

417.257(24 de marzo) personas infectadas en 185 países del mundo, de las que solo en China han sido 81.500. Muertos en China 3.281. Los muertos en todo el mundo llegan hoy (a fecha 23 de marzo 2020) a superar los 18.700 y los que se han recuperado en todo el mundo son 105.000. Si quieren datos por países y ver un espeluznante gráfico que muestra el progreso de contaminación en vivo pueden ir a este enlace: https://www.rtve.es/noticias/20200324/mapa-mundial-del-coronavirus/1998143.shtml

El ten top de los países con más infectados oficiales queda así:

  1. China 71.588 
  2. Italia 69.176
  3. Estados Unidos 51.542
  4. España 42.058
  5. Alemania 32.781
  6. Irán 24.811
  7. Francia 22.300
  8. Suiza 9.117
  9. Corea del Sur 9.037
  10. Reino Unido 8.169

En Italia los muertos hasta anoche eran cerca de 5.000, en España 2.311, y en Estados Unidos 593.

Naturalmente estos datos son los oficiales. Todos los que han muerto sin hacerles una autopsia (muchos ancianos entre ellos en todo el mundo) no cuentan, todos a los que nunca se les hizo un test viral, no cuentan. Los que nadie sabe que han muerto, todos aquellos que no computan (vagabundos, sin techo, migrantes…), no cuentan. Todos los que no se dicen en Rusia, ni en Latinoamérica ni en Asia ni en África, no cuentan. “Se calcula que en Italia puede haber el doble de contagiados”, informa un periódico español, es decir en torno a los 140.000, y si eso es en Italia en los países sin un control ni una sanidad eficaz, y teniendo en cuenta el mínimo número de test realizados en prácticamente todo el mudo en relación con la población, las cifras serian realmente muy superiores a estas. Me temo que los muertos que no cuentan pueden ser muchos más de 105.000 casos. Al margen de que el contador, como pueden ver en el gráfico que les recomiendo que vean, sigue sumando sin parar noche y día. 

Pero estas cifras, todas y cada una de ellas, tienen nombre y familia, no son un número, no son simplemente partes de una estadística ni de una gráfica. En Italia los periódicos publican cada día los nombres de los muertos, como en un cataclismo, o una guerra. Son gente como ustedes, como sus familias, como mi familia, como yo. Muertos cercanos, cada vez más cercanos.

Alex Dorfsman

Día 10 de confinamiento

Ayer estuvo lloviendo todo el día. Granizó a primera hora de la tarde, y el ambiente quedó húmedo y frio, como una tarde de otoño más que de primavera. Parecía un buen día para morir. Los muertos se van acumulando, primero en China y ahora en Europa, primero en Italia y ahora en España. Pero ya empieza a ser Estados Unidos el gran cementerio que, sin duda, será por la pésima gestión de un presidente incapaz y sin ninguna empatía. Pero pienso cuántos muertos esconden otros países que siendo absolutas tiranías no están facilitando todos los datos. Posiblemente ni ellos mismos lo sepan, ni quieran saberlo. Fue un día de muertos ayer, incluso con nombres propios, de algunos famosos, de personajes de la jet set, celebrities, de esos que parecen que han vivido siempre, que es imposible que mueran. Pero mueren. Y enferman políticos, y jóvenes, porque parece que el virus mata a los más viejos antes, que con los jóvenes tarda un poco más. Y recuerdo la falta de solidaridad de países como Alemania que almacena y sigue comprando material de primera necesidad que no necesita y que se niega a compartir con países que lo necesitan con urgencia y no consiguen encontrar en los mercados. Es lo que tienen los ricos, que se creen que ellos no se van a morir.

En un día como de final del mundo mi casa es un barco varado en medio de un campo empapado, en ningún lugar; hay que echar mano de la brújula para saber dónde está el Este y el Sur. Pero no tenemos brújula que indique para donde está la salida de este túnel por el que estamos pasando todos. Hoy oigo en las noticias que ya son 100 millones de personas las que están confinadas en Estados Unidos. Y pienso en África, con sus miles de pobres, con sus millones de personas sin acceso al agua ni a las medicinas. La OMS ha dicho que tal vez África resista mejor, pues están acostumbrados a luchar contra todo tipo de virus e infecciones continuamente y porque es un continente con una población joven. Lo dice un señor perfectamente vestido y calzado, con gafas y seguramente una buena casa con calefacción y aire acondicionado para su familia. Curiosamente es negro.

Pienso en los Palestinos cercados entre Egipto e Israel, sin respiradores, ni medicinas, sin apenas estructuras médicas. Pienso en todos los muertos que aún andan por las calles de México sin saber que ya están muertos porque su presidente cree que esto no es tan grave, “salgan a comer a restaurantes y fondas, salgan con sus familias, esto no es tan grave, no exageremos”.

Pero como cada día, a las ocho de la tarde, se oye un clamor lejano, aplausos y vivas a los sanitarios, médicos, enfermeros, asistentes de todo tipo en hospitales, servicios básicos, policía, ejercito, que finalmente son valorados en una sociedad que hasta ahora creía que los váteres se limpiaban solos. Ellos y ellas, todos los que nos cuidan e intentan salvarnos, son los que primero y más mueren. En España el 12% de los afectados. Sí, al menos aplaudámosles, agradezcámosles que por unos sueldos de mierda arriesguen sus vidas. Los futbolistas solo se lesionan de vez en cuando, jugando en calzones, y cobran millones aún cuando se quedan en sus casas. No les vuelvan nunca más a aplaudir. No se lo merecen.

El día empezó triste, mojado como queda tu cara después de haber llorado toda la noche, pero llegando la noche parece que todo cambia, vuelve el calor al cuerpo. Mañana mejorará el tiempo, volverá el sol. Empieza la primavera, paciencia. Volveremos a las calles, a las playas. El campo y los ríos, los árboles estarán ahí esperándonos para cuando volvamos. Más se ha perdido en algunos incendios recientes. Y los amigos, esos faros permanentes encendidos que nos indican por dónde va el camino de la vida, siguen ahí. Suena el teléfono y es un viejo y querido amigo “Yo prefiero oír la voz de las personas. ¿Cómo estás?”, me pregunta con su maravillosa voz ronca. Y pienso que realmente estamos en Navidad, con las llamadas de amigos que nunca vemos, con los que casi no hablamos desde hace tanto y que solo llaman una vez al año para dejar claro que siguen pensando en nosotros, que no éramos solo nosotros los que pensábamos en ellos. Para preguntarnos si seguimos bien.

Mañana saldrá el sol y secará los campos, tan verdes y vacíos ahora. Mañana volveremos a estar en primavera.

Luis González Palma

Día 9 de confinamiento

Contamos los días, como todos los que pasan mucho tiempo encerrados, para no perdernos en el tiempo. Para saber dónde estamos. ¿Pero, realmente importa en un encierro que no se sabe cuánto puede durar saber que hoy es lunes? Ya no hay citas previas, nadie nos espera en ningún sitio, y el fin de semana no vas a hacer la compra ni limpiar la casa, o guisar para toda la semana. Ni quedar con los amigos. Tampoco importa cómo te vistas, ya no te acuestas pensando en “qué me pongo mañana”. Nadie te va a ver, nadie te va a mirar. Dentro de muy poco todos estaremos más cerca de comprender la importancia de la libertad. Comprenderemos la ansiedad de aquellos que son secuestrados, encerrados en una habitación. Entenderemos mejor lo que significa una pena de prisión, que un año puede ser una eternidad. Porque no es solo el no poder salir, es todo lo que ese “no poder salir “significa para ti mismo, para tu gusto, tus costumbres. Si, estamos en nuestras casas, que, para muchos, y sobre todo para muchas, pueden ser auténticas prisiones. Lo terrible es que estamos encerrados para poder sobrevivir, para que otros no mueran. Estamos encerrados por nuestro bien, por tu bien, por el bien de aquellos que no conoces. ni conocerás nunca, no solo por tu familia y por tus amigos. También por tus enemigos, por los que te han tratado mal alguna vez. Por toda esa gente que no te gusta. Por todos. Por eso es tan importante. De pequeños el castigo era no salir a la calle, de mayores es un deber quedarse en casa. ¡La calle! Ese paraíso que ya siento tan lejano, un café en un bar de Madrid, sentarse en una terraza ahora que es la primavera, pasar junto a un músico ambulante…

Nunca he sido religiosa, pero si soy creyente. Creo en la tierra, y en la noche, y en el agua y en el verde del bosque. Creo en la Naturaleza, en los animales, en la sabiduría del tiempo y de las piedras, por eso cuando recibo esos mails que buscan el origen de esta plaga casi bíblica en una venganza por todo el mal que hemos hecho, pienso que sería demasiado lógico. Demasiado justo. Pero no, es nuestra mala conciencia nada más la que nos hace pensar eso. Matamos y torturamos a los animales, que no nos han hecho nada, solo por diversión, por pasar un rato, por festejar cualquier mierda de fiesta popular atávica y salvaje. También matamos y torturamos animales en el altar de la ciencia, y en el de la extravagancia: para saber lo que un mono o un perro pueden resistir en el espacio, matamos cien millones (cien millones) de tiburones al año solo para hacer sopa de aleta de tiburón. Y seguimos pensando que el tiburón es un animal asesino. En cada incendio que provocamos mueren miles de animales de todo tipo. Tiramos en las fiestas cabras desde campanarios para ver como mueren reventadas contra el suelo. A las vacas y toros, en otra fiesta, los metemos en el mar y los ahogamos ¡qué risa! A los toros les llevamos del campo en el que pastan a un ruedo sangriento en el que se les tortura hasta la muerte solo por diversión de un grupo de seres salvajes y ciegos a la piedad que nos exige la propia vida. 

La ciencia, la cosmética, la sobreexplotación alimentaria, la caza, simplemente la maldad de tantos niños que les arrancan las alas a las moscas, les corta los rabos a las lagartijas o a los gatos… Tanta crueldad devasta el mar y la tierra, nos encoge el paisaje y la esperanza de una vida plena. Los animales son nuestros iguales, siempre nos hemos comido entre nosotros, nos hemos matado y hemos convivido. Pienso esto mientras miro a mis perros, durmiendo junto a mi mesa mientras escribo. Son perros de escritor, como dirían Fischli & Weiss.

Al parecer todo este tema del virus y de nuestro encierro interminable viene de una sopa de murciélago. De comerse a un animal sin las garantías médicas adecuadas. Y aquí estamos cientos, miles de millones en todo el mundo, desde China hasta Senegal, desde Alemania a Portugal, Estados Unidos y Ecuador, Italia o Inglaterra, ricos y pobres (siempre más pobres, claro) jóvenes y viejos, muriendo a miles inesperadamente, desde hace apenas tres meses. Encerrados, para protegernos y protegeros, protegerles a todos, con tiempo para pensar, aunque nos dé pereza vestirnos o peinarnos, tiempo para cambiar. 

El presidente de España acaba de anunciar que la cuarentena se prolongara hasta el 11 de abril, que también pudiera ser hasta el 8 de mayo como en Italia, o más allá. Pero a mí me gusta pensar que será el 11 de abril, que en España es fiesta, es el último día de la Semana Santa, sábado de resurrección. No soy religiosa, pero todo esto de estar encerrado te hace pensar en las coincidencias y casualidades de otra manera…

Alex Dorfsman

Día 6 de confinamiento

A todos los pesimistas os advierto: vuestros esfuerzos y predicciones, los avisos y ese “ya lo advertí”, son totalmente inútiles. Con la realidad nos basta. La realidad es suficiente. Pero también es múltiple, terrible, y duramente aleatoria, para unos peor que para otros, y para algunos, tal vez no muchos, pero sí los suficientes, es también una esperanza nueva. 

“Bifo” Berardi nos dice en el blog de Cajonera Editora: “¿Y si esta fuera la vía de salida que no conseguíamos encontrar, y que ahora se nos presenta en forma de una epidemia psíquica, de un virus lingüístico generado por un biovirus? (…) Hace tiempo que la economía mundial ha concluido su parábola expansiva pero no conseguíamos aceptar la idea del estancamiento. El virus semiótico nos está ayudando a la transición hacia la inmovilidad”. La sensación, tal vez el presentimiento, de que estamos atravesando un umbral desde lo conocido, ya pasado, y algo nuevo y extraño, diferente, se está expandiendo como el propio virus. Hemos pasado todos desde la hiperactividad al tiempo expandido, ahora, de repente, aunque teletrabajemos, aunque estemos todo el tiempo conectados, aunque leamos, escribamos, veamos series y películas, aunque tengamos hijos pequeños…, ahora todos tenemos todo el tiempo de cada día para nosotros, para organizarnos, en nuestras casas. Son pocos los que salen a trabajar, y en muy poco tiempo no será prácticamente nadie. En todo el mundo estamos hablando de millones de personas que se agolpaban en transportes públicos, que colapsábamos carreteras, que íbamos corriendo de un lado para otro, sin tiempo para comer en casa, apenas un sándwich hasta la noche, y llegar rotos a casa, no ver a los niños, el libro de la mesita de noche cubierto de polvo; esperando al fin de semana como una salvación insuficiente y parcial.  La calle, el exterior, lo ajeno. Ahora, de repente, sin aviso ni prevención, esos millones estamos encerrados en unos pocos metros con nuestros hijos, parejas, con ese libro que llevamos meses sin tocar… pero sobre todo con nosotros mismos. Ahora la organización depende de nosotros mismos, comemos en casa con la familia. Hemos llamado a amigos a los que no vemos nunca, a familiares que ya casi habíamos olvidado. ¿Puede ser que vuelva la humanidad, el afecto, la calma?  

“No es que la mente haya decidido algo: es la caída repentina de la tensión que decide por todos. (…) Lo que no ha podido hacer la voluntad política podría hacerlo la potencia mutágena del virus.” Continúa Bifo. Y, efectivamente esta crisis no está producida por una guerra, otra guerra, ni por una crisis, otra, financiera o económica, sino por nuestros propios cuerpos. Como un síntoma de debilidad y hartazgo, de estrés, de “ya no puedo más y aquí me quedo”. Esta pandemia está creada por el neoliberalismo en la misma medida que por el virus desconocido, por los recortes en servicios públicos, y especialmente por la privatización de esos servicios como la sanidad. Y Europa lo sufre más que nadie porque aquí lo teníamos y lo hemos despreciado y perdido a causa de la avaricia y la insolidaridad. Lo produce la pobreza, la misma que asoma la miseria a nuestras calles llenas de historia y tiendas de lujo. 

No sabemos cómo saldremos, pero sí sabemos cómo hemos llegado hasta aquí. Y en nuestro confinamiento podemos pensar otro mundo, otra sociedad, otra forma de vivir. Vuelvo a Bifo, una lectura que así os ahorro buscar y me apoya en una creencia espontánea que nos une a muchos hoy, cada uno en su soledad: “Podríamos salir de ella (la pandemia) definitivamente solos, agresivos, competitivos. O con un gran deseo de abrazar: solidaridad social, contacto, igualdad”. 

Ya sabíamos que el sueño de la razón produce monstruos, pero la vigilia de millones de personas encerradas en todo el mundo podría producir simplemente personas. Sobrevivientes.  El virus ha producido un salto social, un giro mental, que ningún discurso político hubiera podido ni siquiera prever. Hoy parecemos más iguales y estamos, todos, la gente, nosotros, en el centro del problema y de la solución. Es una situación de igualdad nunca antes vivida. Debemos aprovecharla.

Y cierro hasta el lunes este Cuaderno de Bitácora con Franco Berardi: “Pero esta fuga debe prepararse imaginando lo posible. Ahora que lo impredecible ha desgarrado el lienzo de lo inevitable”. Hasta el próximo lunes, desde nuestras soledades, pero más cerca que nunca.

<b>Alex Dorfsman</b>

Alex Dorfsman

Día 5 de confinamiento

Solo llevamos cinco días aislados, pero ya empiezan a aparecer pequeños brotes de ansiedad. En la oscuridad y la soledad nos desorientamos. Algunos ya no tienen claro el tiempo que llevan aislados. Debemos hacer una llamada a la calma, a la concentración. Cada uno tiene que recordar momentos de calma, tal vez momentos de belleza inusual, experiencias ajenas a la vulgaridad habitual. La desorientación y el miedo son animales salvajes con lo que tendremos que convivir. Los presidiarios y los marinos marcan en las paredes de sus celdas o en las maderas de sus camastros los días que llevan confinados, embarcados en un rumbo impreciso. Para no perderse ni en el tiempo ni en la inmensidad del mar, de la soledad. Para orientarnos tal vez haya que volver a lo mas sencillo, a la marca, a los palotes en un muro, como cuando marcábamos el crecimiento de nuestros hijos en una pared. Volver a lo sencillo, a lo esencial. Saber que la oscuridad, como casi todo, es temporal. Aunque a veces, antes de que termine y vuelva la claridad, ya nos hemos acostumbrado a seguir sorteando los muebles del salón con los ojos cerrados. Como en un juego.

Volver a lo esencial parece imposible en una sociedad que pide a todos que, dada la situación de contagio inminente, paguemos en los supermercados con el teléfono, con la tarjeta, que no usemos dinero real. Tal vez esa sociedad tan avanzada que excluye a tantos que no tienen teléfonos inteligentes ni fondos en su banco, ni banco tal vez, ni tarjetas cargadas de dinero, ni dinero… debería pagar nuestras cuentas desde su poder absoluto, solo con su aliento fétido. Las cosas sencillas parece que habían dejado de existir hasta que un bicho invisible y con nombre de mascota de juegos olímpicos nos amenaza desde el vacío y nos obliga a millones de seres interconectados a escondernos en nuestras celdas. Quiero desde este cuaderno de náufrago de ciudad avisaros a todos: internet no te va a salvar, internet es solo una herramienta para usarla según tus angustias. No es un tronco de madera maciza que te ayude a flotar. No es ni siquiera un libro de poemas de Cavafis que te ayude cada noche a cerrar los ojos con la última esperanza de un recuerdo.

Al principio de esta cuarentena las ofertas de lecturas, conferencias, visitas a museos y exposiciones se multiplicaron por las redes. Clases de yoga o pilates, archivos libres para todos. Cine, teatro, gratis. Puedes pasear por el Louvre o por el Prado sin salir de casa. El problema es que lo mejor del Louvre es que está en París, y que para visitarlo tienes que ir a París. A nadie le apetece ver el Louvre desde su salón. Ver las pinturas del Prado en tu ordenador nunca será lo mismo que verlas en persona, el olor de las salas, los terciopelos de las paredes, los marcos de los cuadros, la mirada de los vigilantes, saber que ahí fuera están los jardines del Retiro, los bares de Atocha… todo eso llena de contenido cada uno de los cuadros. Incluso las terribles imágenes del Bosco parecen simplemente dibujitos minuciosos en internet. Solo en persona alcanzan ese nivel de horror sublime y terrorífico, superior a cualquier película de miedo y canibalismo.

Nos quedan los sentidos, las verdaderas herramientas. El aire que entra cuando abres una ventana, una música lejana, un perro que ladra no sabes dónde, los pajaritos que ajenos a todo vuelan y juegan en el aire. Nos queda esa voz de un amigo, de una amiga que vive tan lejos, que no vemos desde hace tiempo, con tantos viajes; ella es una gran artista, famosa y solicitada; el fue un compañero de estudios; no sabes cómo ni donde están. Intentas comunicar con ella, el primer teléfono te lleva a un contestador, el segundo, cuando ya casi vas a colgar rindiéndote a la evidencia de la distancia, salta una voz en inglés que te dice que esperes que va a buscarla, y le pasa a ella el teléfono: “No te lo vas a creer, pero llevo pensando en ti estos últimos días, gracias por acordarte de mí… tanto tiempo sin verte, que alegría, dame tu fijo, nosotros el móvil ni lo usamos…”. Lo más sencillo. Como la luz de una vela en la oscuridad cargada de monstruos y dragones de la Edad Media. Lo más sencillo, una voz amiga, un libro maravilloso (hay tantos), un recuerdo. Hagamos palotes y marcas por las paredes, escribamos, leamos, miremos a la calle, al cielo. Caminemos seguros en nuestra propia oscuridad.

Alex Dorfsman

Día 4 de confinamiento

Inicio este Cuaderno de Bitácora como una defensa ante la soledad. Hoy llevamos cuatro días de cuarentena obligatoria en España, pero en otros lugares del mundo, como Wuhan en China, Lombardía en Italia, y alguno más, los aislamientos son mucho más largos. Millones de personas permanecemos aislados entre nosotros y en general del resto del mundo. Alimentados por unas noticias repetitivas y unos memes cada vez más imprevisibles, las dudas crecen, y la sensación de desastre solo se entiende cuando se lee la palabra “pandemia”. Esto que hoy vivimos lo van a vivir millones, otros millones de personas en todo el mundo muy pronto, millones de personas que no conocemos y de los que nunca sabremos su suerte. Ni sus nombres, prácticamente nada. Como ellos no conocen nada sobre nosotros. 

El aislamiento es relativo cuando se tiene internet, redes sociales y teléfono. Aunque por primera vez algunos sienten que esto también puede fallarnos y desaparecer. Se había olvidado esta posibilidad que ahora empieza a ser una amenaza no tan lejana. 

¿Qué hacia usted cuando se decretó el estado de emergencia y la cuarentena obligatoria? Cuando fue consciente de que al día siguiente su vida cambiaria rotundamente para un espacio de tiempo indefinido. Yo leía la historia biográfica de Apsley Cherry-Garland, El peor viaje de mundo, en el que este explorador británico nos cuenta sus vivencias durante la expedición del capitán Scott al Polo Sur que tuvo lugar entre 1910 y 1913. En esa expedición morirían cuatro hombres de la tripulación, entre ellos el capitán Scott. Fueron los únicos muertos, pero pudieron ser muchos más a causa de la desesperación y el miedo de un grupo de hombres aislados en medio de la nada, en un océano desconocido, de hielo, con animales que nunca antes se habían visto. En la carrera por el descubrimiento del Pol Sur, Scott perdería, de hecho, lo perdería todo, frente a Roald Amundsen, que se adelantó por unas semanas nada más. Cherry-Garrand escribe al comienzo de su narración: “La exploración polar es la forma mas radical y al mismo tiempo mas solitaria de pasarlo mal que se ha concebido”.

Hay diferentes aislamientos, sin duda el de los marineros es uno de los más duros. El del naufrago que intenta reconstruir una vida ya casi inexistente en lugar imposible, una soledad de la que pocas veces se regresa. Las cuarentenas crean burbujas invisibles en las que nos movemos entre despistados y desorientados. Perdemos la rutina, perdemos la motivación. Se plantean diferentes etapas, fases de angustia, de tristeza, de miedo. Solos, a veces con una mascota que repentinamente es más valiosa que nunca. Solos porque estamos lejos de lo que éramos hasta ahora. Durante los próximos días todos nos convertiremos en marineros a la deriva, con la comida y el agua racionada, luchando contra los elementos y la soledad. Contra el miedo y contra nosotros mismos. Buceando para conseguir encontrarnos y reconocernos. Viviendo el peor viaje de nuestras vidas.

Hoy en el cuarto día de confinamiento, empiezo este cuaderno de bitácora para que sea una cuerda a la que agarrarnos para poder seguir unidos a tantos otros que, como nosotros, estamos solos, aislados, frente a un ordenador. 

De momento aquí, hoy, el tiempo ha mejorado. Dejó de nevar, y ha salido el sol. Hay esperanza. 

Alex Dorfsman