OPINIÓN

La culpa de todo es que ya no vamos andando a ningún sitio. Se acabó aquel tiempo de salir de paseo, andando, por caminos o calles, andar sin prisa observando el paisaje, aunque el paisaje sea una red de calles, un pavimento de adoquines, una hilera de edificios. No importa, la importancia real de caminar no está en el exterior, sino en nosotros mismos, en el interior del que anda, del que camina. Antes, aún hoy en otras partes del mundo, íbamos andando a cualquier sitio. El viaje duraba días, la distancia se medía por días. Hoy la distancia depende del dinero que puedas gastar en llegar, vuelo directo o con escalas, tren rápido o autobús. Ni siquiera dentro de las ciudades nos desplazamos caminando a ningún sitio, vamos en bici, en metro, o ya, el colmo de los colmos, en patinete en una muestra incuestionable de la infantilización de la sociedad, de ese penoso miedo a envejecer. Está demostrado que cerrar las ciudades a los coches no significa el regreso de la experiencia de caminar.

Una costumbre esquimal ofrece a una persona enrabietada aliviarse caminando en línea recta por el paisaje hasta sacar la emoción de su sistema; el punto en el cual vence a la rabia se marca con un palo, como testimonio de la fuerza o la longitud de su rabia”, Lucy Lippard “Overlay”.

No caminamos y al perder esa actividad hemos dejado junto con ella otros aspectos imprescindibles de la condición humana. El tiempo en el que caminábamos era un tiempo para nosotros, un momento propio, privado, en el que meditábamos sobre mil cosas, trascendentales unas y cotidianas otras, pensábamos, relajábamos cuerpo e ideas. Medíamos el mundo y su extensión con nuestros pies, porque el mundo realmente mide lo que nosotros podamos medir con nuestros pasos: del trabajo a casa, de mi casa a la tuya. Ahora el mundo se nos queda pequeño y no nos importa ni lo trascendental ni lo cotidiano. Tardamos menos en cruzar el mundo que nuestros abuelos tardaban en llegar a la aldea desde el pueblo y nos creemos que somos mejores que ellos por ese dominio de la velocidad, cuando no distinguimos entre las diferentes yerbas del camino, ni sabemos desde donde sopla hoy el viento, ni si ese rumor de nubes avecina lluvia. Sólo los animales saben por el olor del aire cuando se acerca el peligro, pero a ellos les consideramos inferiores, no han evolucionado en el camino correcto, pensamos. Pero la realidad es que ese espacio que antes era un paseo amable hoy no lo recorremos por miedo a no poder aparcar. Lo cierto es que hoy, mi casa y la tuya están más lejos que nunca. Lo que antes fue nuestro modo de transporte, nuestra capacidad de movimiento, hoy es simplemente una actividad de ocio.

Cuando fuimos niños andar fue una victoria. Fue la primera señal de independencia en la vida: ponerse de pie, erguirse sobre las cosas marcando el mundo con nuestra presencia. Poder moverse de un lugar a otro, aunque sea del sillón a la mesa, sin la ayuda de nadie. Poder ir y volver del colegio solos, sin ningún adulto a nuestro lado, era un avance de “ser mayor”, era algo parecido a lo que creíamos que sería la libertad. Evidentemente nos equivocamos. En los pueblos abandonados en medio de la nada la gente pasea por los arcenes de las carreteras en un ir y venir exento de más objetivo que andar, caminar a un paso que sólo marcamos nosotros. Aquellas tardes en los que tus abuelos salían a pasear, hasta el centro de la ciudad y volvían, a veces ni hablaban entre ellos más que unas pocas palabras, absortos en sus pensamientos; otras veces se encontraban con amigos y se tomaban un café en el café Central. Se medía el tiempo con el ritmo de los pasos, como los artistas balancean sus obras según el tamaño de sus cuerpos, la longitud de sus brazos. Era un tiempo en el que mediamos los espacios y nuestras capacidades con nuestro propio cuerpo, especialmente con nuestra capacidad de andar. Las legiones romanas avanzaron sobre el mundo caminando, hasta la segunda gran guerra no aparecería la aviación como el gran enemigo, los soldados iban andando de un país a otro. La guerra de guerrillas se hace a pie, caminando, tocando el territorio con los pies y con las manos. Pero hoy la guerra se libra desde un ordenador en tu horario laboral, a la distancia de tu casa de un paseo en coche. Todo está orientado para que trabajemos desde casa, pidamos la comida por teléfono y hablemos con la familia y los amigos por Skype o videoconferencia. Nos volveremos gordos, apáticos y aún más estúpidos y andar ya no tendrá ningún sentido, olvidaremos nuestro origen y un pasado lleno de ideas y poesía, de amaneceres y tormentas.

Porque caminar es el origen de la meditación, del pensamiento, de la filosofía, la poesía, la psicología, las matemáticas, todo lo que tiene que ver con el pensamiento más creativo se ha desarrollado al caminar. Y también la queja, la lucha contra el poder, esas largas caminatas desde los pozos mineros del norte al centro de país para protestar por temas laborales y sociales, los movimientos indígenas que vienen desde sus lejanas tribus hasta el palacio presidencial andando, a veces descalzos, para exponer sus quejas. Tal vez el mundo se divida entre los que caminan y los que no caminan, como un símbolo de los que piensan y sienten y de aquellos otros que viven al ritmo de la velocidad y los motores, de la prisa, de la ausencia de relación con su entorno y con el mundo, con la realidad.