Siempre nos dicen que solo nos damos cuenta del valor de las cosas cuando las perdemos. Efectivamente, solo nos damos cuenta de cómo echamos de menos a alguien hasta que tenemos la terrible certeza de que ya nunca más nos lo vamos a encontrar. Somos tan egoístas que es en ese triste momento en el que tenemos exacta conciencia de lo que significa la muerte. Es la pérdida de una realidad física, la fragilidad de saber que ya solo esa memoria dudosa que tenemos del pasado es lo que nos queda de personas con las que hemos compartido risas, problemas, buenos y malos momentos. Hace mucho que no veía a Antonio Franco, pero saber que ya nunca más lo volveré a ver, con su figura de licenciado de finales del siglo XIX, su mirada vivaz y su rictus entre triste y sorprendido, me parece incomprensible.

Antonio Franco murió el 26 de enero de 2020, de un enfermedad rápida y voraz. No podía morir de otra manera, sin molestar ni llamar la atención. Hombre frágil y resistente, capaz de montar un Museo de Arte Contemporáneo en Badajoz (MEIAC, 1995) y mantenerlo abierto sin apenas presupuesto en un lugar inhóspito para el arte y para lo contemporáneo, y para casi todo lo demás. Inteligente sin querer demostrarlo, valiente desde la cotidianidad, divertido sin pretenderlo. Un hombre valioso que se va sin llamar la atención y sin que se le reconozcan sus muchos méritos en un país que da premios estúpidos a personas que no se los merecen. Conocí a Antonio Franco hace ya más de 40 años, yo dirigía la revista LÁPIZ y el fue nuestro corresponsal desde Andalucía. Es, sin duda, con el colaborador con quien más he reído y disfrutado en toda mi vida profesional. No era gracioso, ni chistoso, sino melancólico y un punto triste, pero brillante. Rápido en la palabra, agudo en el análisis. Una pena que no pueda volver a verle y decirle todo lo que le agradezco su amistad, todo lo que siempre valoré su trabajo, su valentía y su resistencia. Colaboré con él en la realización del MEIAC, un proyecto por el que nadie apostó nunca, y menos que nadie los agentes culturales más destacados del país, a los que Badajoz se les hacía muy lejos para ir; aislado en Extremadura, sin dinero, pero con un proyecto sólido, con colección, una construcción a contracorriente de tantos museos sin proyecto ni ideas, incluso sin colección, pero que ocupan los medios todo el tiempo. Fuimos un grupo dispar, un equipo tan raro y diverso que solo podía funcionar perfectamente. El ojo de Antonio lo vio con claridad, como un aguilucho. Fue su equipo, fuimos sus fieles seguidores, soldados vencidos pero firmes en una batalla que teníamos inevitablemente que ganar. Todo en el MEIAC es Antonio Franco, un proyecto que ha sido suyo desde siempre.                              

Pero al margen de sus logros profesionales y sus características intelectuales, Antonio Franco es uno de esos hombres inolvidables por su discreción, casi invisible en su delgadez, por su ironía que no hería a nadie, por esa sensación contagiosa de normalidad cuando no era normal nada, nunca. Nunca más te voy a volver encontrar apoyado a la entrada de alguna exposición, pero igual de cierto es que nunca te voy a olvidar, ni yo ni nadie que haya trabajado contigo, que te haya conocido. Nunca, en ese corto espacio de tiempo que es nuestra vida, te vamos a olvidar. Hasta pronto, Antonio.