Hay artistas que ya son míticos antes de morir, hasta tal punto que llegamos a olvidarnos de que siguen vivos. Uno de ellos ha sido sin duda Robert Frank (1924, Zúrich, Suiza – 2019, Nueva Escocia, Canadá). Una vida de casi un siglo y un trabajo permanente de búsqueda que se centró en saber mirar, en observar el mundo y la gente como solo un viajero que viene de otro lugar puede hacerlo. En 1958 publicó The Americans y tal vez con decir solo esto deberíamos acabar esta necrológica, que realmente no lo es del todo, porque tal vez Frank ya estaba muerto para muchos, y porque Robert Frank siempre estará vivo para la gran mayoría del mundo de la fotografía y del arte.

Pero es este, la necrológica, un género que tiene sus reglas y hay que seguirlas. Y no son tan fáciles como pudiera parecer, aunque estamos todos aprendiendo rápido lo que se debe y no se debe hacer en un mes de despedidas importantes que se tapan unas a otras, dejando poco tiempo para un duelo profundo y breve. Hace unos días fue Francisco Toledo, hoy Robert Frank, dos artistas separados por kilómetros de distancia y toneladas de características que los diferencia y alejan, pero al mismo tiempo unidos en la forma de representar una época que termina inexorablemente con el paso del tiempo. Cuando los muertos tienen 79, 94 años lo lógico es sustituir la pena de la pérdida por el respeto, la admiración, la valoración de sus vidas y de sus logros. Respetar sus diferencias con el resto de los mortales, esas que son precisamente las que les hicieron “raros” en vida y únicos para siempre. Robert Frank siempre se identificó con la frase “soy un peregrino y un viajero”, algo evidente siendo suizo, (un país de difícil definición y aún más difícil sentimiento de pertenencia) y eligiendo un pequeño pueblo en Canadá para asentarse definitivamente. Robert Frank siempre fue un inconformista, una persona que buscaba algo que nunca encontró, un artista, alguien que se sentía incomodo en cualquier sitio. “Llegué adonde quería llegar, pero no resultó ser el lugar que esperaba”. Esta es tal vez una de las más brillantes definiciones del habitante de un siglo de transición desde la nada al vacío: el siglo XX. Una definición del malestar intrínseco del artista de toda una época, de aquel que no se acomoda en un éxito más o menos fugaz, en la comodidad de lo conocido. Se llama insatisfacción, y fueron los Rolling Stones los que pusieron la música, la letra y la sensación la tuvieron muchos, y Robert Frank la fotografió con calma, casi antropológicamente, casi psicológicamente, casi a la perfección, toda la que una fotografía en blanco y negro da a algo que es real e inaprensible a la vez.

Después de publicar The Americans (infinitamente reeditado, inagotable best seller fotográfico) Robert Frank se apartaría de la foto para entrar en el cine, y regresar más tarde nuevamente a la fotografía, sin duda su mejor territorio. Su mirada de extranjero en todas partes, de peregrino buscando algo imposible de encontrar, su actitud de outsider, de francotirador, se mantiene para siempre en sus imágenes, captadas, a veces de forma fría, otras tal vez obscenamente a pesar –o tal vez por eso mismo- de su superficialidad, porque él también demostró, como los mejores poetas y los excelentes fotógrafos, que lo más profundo del hombre es su piel, a veces incluso su pellejo. Deja Robert Frank detrás de él las dudas y una obra definitiva para la fotografía y para su evolución. Cierra un siglo y abre nuevamente una interrogación, en la que la única certeza es su obra, y todo lo demás es duda, tal vez insatisfacción. Buen viaje maestro, y que encuentre en otros lugares lo que aquí nunca llegó a ver. Y gracias por todo.