El pasado lunes 18 de abril moría en una cama de un hospital de Mistelbach, una pequeña ciudad al norte de Viena, el artista austríaco Hermann Nitsch, a los 83 años. Desaparece silenciosamente el que sin duda ha sido el artista maldito más longevo y censurado del arte contemporáneo. Nació en 1938 en Viena, cuando Austria formaba parte de la Alemania nazi. Artista completo: pintor, músico, performer y fotógrafo, reunía todas estas facetas en un trabajo cargado de violencia, sexualidad y rituales sangrientos, incluido en lo que se conoce como Accionismo Vienés. Movimiento radical del arte conceptual fundado por él en la década de los años 50 y que ha sido siempre la faceta más radical del conceptual europeo. Especialmente significativo en este aspecto fue la experiencia del «Teatro de Orgías y Misterios», concebido como una especie de ritual. El punto culminante del espectáculo fue el «Juego de los Seis Días», escenificado en 1998 en el castillo de Prinzendorf (Baja Austria) en el que residía y que se convirtió en lugar mítico en el que se suponía que podía pasar cualquier cosa. El Teatro fue su proyecto más radical en el que sus ideas se fundían para dar lugar a “acciones” colectivas donde se exploraban de manera profunda y fiel las raíces y la fuerza del ritualismo antiguo, lo que ocasionaba que a veces se llevasen a cabo sacrificios a animales. Sesiones realizadas por actores y artistas desnudos que sacrificaban un toro y otros animales y embadurnaban sus cuerpos y las paredes de las salas de sangre, mientras copulaban en una orgía pública. Todas estas acciones fueron sistemáticamente fotografiadas, conformando hoy un inmenso y esencial archivo del arte conceptual.

Ficción y realidad, despertó las críticas y el rechazo de una sociedad conservadora y de instituciones políticas y religiosas. Pero lo que realmente consiguió, es hacer público el miedo de la sociedad, de las personas y las instituciones, acomodados en una zona de comfort prefabricada, ante la realidad de los cuerpos, de la violencia y el sexo; y todo en en una sociedad que había sido parte del horror infinito que supuso el nazismo solo unos pocos años atrás, contra el que esas mismas personas e instituciones nunca se levantaron.  

«Esperaba de mi audiencia una experiencia sensorial directa. Las obras tenían instrucciones concretas para que los espectadores probaran, olieran, miraran, escucharan y tocaran. Entregábamos carne, vísceras y frutas a la audiencia para que tocaran y sintieran. Esparcíamos olores, quemábamos incienso y otros materiales, vertíamos sangre, combustible, vinagre, leche, orina, gasolina, trementina, amoníaco y agua caliente por todo el escenario… En todo esto consistía el Teatro de Orgías y Misterios, en superar el lenguaje», escribe Nitsch en su biografía.

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Al margen de ese rechazo a su pintura y su performance, Nitsch fue un reconocido escenógrafo, especializado en obras de Wagner, trabajando en varias ocasiones en el festival de Bayrouth con gran éxito. Es considerado uno de los mejores performers de la historia, y un hito dentro del body art. Ajeno al mercado y al arte tradicional, ha colaborado con artistas como Gustav Metzger, Otto Muehl, Wolf Vostell y Juan Hidalgo. Y es considerado uno de los grandes nombres del arte del siglo XX. Sus exposiciones, muestra de seriedad y parte fundacional del arte radical han sido sistemáticamente censuradas, tal vez por mostrar una realidad que otros performers han escenificado de forma más light y acomodaticia.

Hermann Nischt ha estado activo hasta el final de su vida, dando siempre miedo a curadores, políticos, directores de museos y patrones del arte. Asustando a los niños buenos y a un mundo del arte pacato, conservador e ignorante. Su obra de alguna manera queda viva en la memoria de los que pudimos verla y conocerle, y en los increíbles archivos fotográficos y documentales que guardan los museos austriacos. Parte de su obra puede verse en un museo en Mistelbach, así como en el Museo Hermann Nitsch de Nápoles (Italia). Como cierre irónico a una vida larga y plena, el presidente de Austria, Alexander van der Bellen, un político ecologista en un país profundamente conservador (para ser suaves) elogia a su muerte al artista que más miedo y rechazo despertó durante su vida en su propio país: “Toda Austria llora la pérdida de un pintor incorruptible y fascinante y de un ser humano impresionante”. Adiós a un artista radical, transgresor, brillante que aguantó inamovible y seguro la intransigencia del mundo.