OPINIÓN

Parece que ese es el gran problema de muchas personas, la duda de que todo sea mentira. De que el amor de su vida no sea verdad, de que Dios no exista, de que sus padres no sean de verdad sus padres. Me gustaría tranquilizarles a todos ustedes diciéndoles que no se preocupen, que realmente da igual, que sólo les importa a ustedes, es decir: no le importa a nadie. Es más, me gustaría decirles que para sobrevivir a esas dudas el hombre inventó el arte, desde el cine a la danza, desde la pintura a la fotografía, pasando por los cuentos y los dibujos y la música y los chistes, y el maquillaje y la poesía. Que, como escribió alguno, “así es si así os parece” (farsa filosófica del italiano Luigi Pirandello escrita en 1917), que no hay nada más parecido a la verdad que la mentira, y que gracias a la imaginación, gracias al arte, todo puede ser verdad y mentira, todo puede ser mentira y sin embargo haber sucedido, haber existido y ser solamente un sueño. Vamos, que no hay que rasgarse las vestiduras porque un fotógrafo supuestamente fotoperiodista, haya retocado con Photoshop sus imágenes. Que no pasa nada porque Steve McCurry borre una bolsa de plástico, o un niño muerto de hambre de sus fotos, como da igual que a un soldado ruso en Berlín le borrasen de la muñeca los dos relojes mientras colocaba una bandera rusa sobre las ruinas durante la ocupación del Reichstag, seguramente robados a algún muerto o a algún vivo, (da igual porque hoy todos están muertos). Que no pasa nada porque Weegee (Arthur Fellig) colocara los muertos antes de fotografiarlos (¿como cuántos fotoperiodistas de guerras o sucesos?). Que no pasa nada si la foto del partisano español muerto en la guerra civil que fotografió Capa fue una puesta en escena, como tantas otras imágenes que han marcado con su simbolismo, con su verdad irrefutable, nuestra historia personal, tan llena de mentiras. Que el beso espontáneo en las calles de París capturado al vuelo por Doisneau fue posible gracias a dos actores que ensayaron las veces necesarias para que pareciese casual y furtivo. Es lo que tienen las buenas interpretaciones, que nos hacen ver la verdad desde la más pura mentira. Como la vida misma. La importancia del arte es la creación de símbolos, de mensajes icónicos que explican y dan sentido a la vida, a las ideas, a los sentimientos. Historias falsas que siguen vivas para siempre porque en su centro vive la auténtica verdad, esté escrita por Cervantes o por alguien que no quiso dejar su nombre al final, en un gran libro o en un pequeño verso suelto, tal vez en un rap, una historia, un momento, que nos alcanza y nos hiere ya para siempre, para toda nuestra vida e incluso para toda nuestra muerte. Porque el arte es la más bella forma de mentir, de contar la verdad a través de tantas mentiras como días han existido. ¿Qué es la historia oficial sino esa gran mentira que sólo algunos se creen? Preferimos la mentira a la verdad porque suele ser más real, más auténtica. Sobre todo si está bien contada. Y, además, la historia del arte está llena de mentiras, o al menos de verdades que no se han probado. Esas esculturas de Rodin que parece ser que no las hizo él sino su amante Camille Claudel (la hermana de Paul Claudel) encerrada por su “locura” y borrada de la historia. Ese urinario o “Fuente” de Duchamp que él no necesariamente creó pero que está a su nombre ya para siempre; esos cientos de pinturas atribuidas o directamente certificadas a nombre de artistas que nunca las pintaron, que fueron hechas por discípulos, alumnos, ayudantes, que nunca conoceremos, y no todas de fechas antiguas, algunas aún están calientes en los talleres de los artistas sin nombre. ¡Qué bella eres mentira cuando te llamas verdad! Hay historias increíbles que, al parecer son verdad. Como la de una niñera cualquiera en una gran ciudad que aunque nunca vendiese ni publicase si expusiera una sola foto en vida, a los dos años de su muerte ya ha expuesto en todo el mundo, y se han publicado libros y realizado documentales sobre ella y su obra. Si alguien les cuenta que un coleccionista que ni usted ni yo conocemos compró unas fotos suyas en un mercadillo (o se las encontró casualmente) en París o Amsterdam o Nueva York y la encumbró como una de las figuras de la Street Photography norteamericana, pueden pensar que es una versión moderna de la Cenicienta, o tal vez un cuento chino, pero ¿y si es verdad? Entonces estamos ante el descubrimiento de Vivian Maier. Una verdad tan increíble como una mala mentira. Y qué decir de toda esa gente que se encuentra un Goya, un Picasso e incluso un Morandi entre los trastos viejos del abuelo, que estaban en el desván de la casa del pueblo olvidadas y abandonadas y que un buen día aparecen para enriquecer al pobre e inocente heredero. “Cosas veredes amigo Sancho”, que diría Don Quijote. Pero hoy en día en vez de dudar entre molinos o gigantes, se duda entre Photoshop y la edición, el retoque; entre la verdad y la mentira, entre galgos o podencos, sin saber que si no son lo mismo poco se llevan, tan poco que no se les distingue. Tan poco que a nadie importa. Cuando a Picasso le presentaron una obra falsa, saco una pluma y la firmó, “es tan buena que merece ser mía”, dijo, convirtiendo a la pobre fregona en princesa, a un lienzo cualquiera en un Picasso, a la mentira en verdad, a la fea en la reina de la belleza. Sin duda Picasso siempre fue un gran artista.