Hace doce años que el artista Wim Delvoye provocaba a la audiencia belga con Cloaca, una pieza que expuso en el 2000 en el MuHKA de Amberes. Una máquina que simulaba un aparato digestivo y que descomponía alimentos, mediante jugos gástricos, convirtiéndolos en heces. Una obra que causó gran revuelo entre un público que, en palabras del artista, “esperaba ver arte y se encontró mierda”. En 1992 otra de sus propuestas también había levantado ampollas, cuando exhibió la piel de unos cerdos muertos completamente tatuados. Ahora, este artista exhibe en el Louvre, un museo al que considera que sólo se va a ver la Mona Lisa y comer maccarons y para el cual ha creado una muestra que, paradójicamente y en contraste con sus obras anteriores, pasa por completo desapercibida en la ubicación elegida: el ala de artes decorativas y los apartamentos de Napoleón. Una exposición para la que el artista ha ideado objetos que se añaden y se confunden con las decoraciones barrocas y extravagantes de esta parte del museo. Un desafío que lanza al arte clásico, demostrando que todo lo pasado, idealizado por la historia del arte y los museos, puede hacerse exactamente igual, o mejor, ahora. Una idea que se suma al objetivo de que el público ni siquiera intuya las obras, una broma conceptual de Delvoye en la que reside la ironía del proyecto ya que la muestra se enmarca dentro de una estrategia mercantil reciente por parte de los grandes museos de aproximarse a lo contemporáneo y atraer así a nuevos públicos tal y como ha sucedido con Versalles, el Grand Palais o el Prado. Wim Delvoye ha insistido en que a pesar de que no hay piezas escandalosas, incluso cuando bajo la gran pirámide ha instalado una escultura titulada Supositorio, esta es su muestra más provocadora, aunque finalmente puede que sea el Louvre el que ha decidido provocar a Delvoye. Hasta el 17 de septiembre.

Imagen: Vista de una de las piezas de Wim Delvoye en la exposición Au Louvre, Museo del Louvre, París, 2012. Foto: Guillaume Ziccarelli.