OPINIÓN

Nuevamente el arte bate récords. Ha hecho falta que llegara, de nuevo, Salvador Dalí, Dalí el incombustible, para ver nuevamente colas de visitantes a las puertas de un entristecido Reina Sofía. Los hechos son muy sencillos, la exposición de Salvador Dalí se inauguraba el 27 de abril y a la fecha de 4 de mayo (con dos días cerrado por fiestas nacionales), la asistencia ha batido un nuevo récord: más de 60.000 visitantes, con un promedio de espera para entrar de una hora y una hora y media. Algo que ya empezábamos a olvidar por estos lares. Un escándalo, la hostelería ha aumentado en un 30% su actividad y hasta se han hecho contratos en los establecimientos cercanos, según informan los periódicos, asombrados porque el arte mueva estas cantidades de gente, gente dicho sea de paso que también come, bebe y fuma. Es decir, gastan. Y comprarán el catálogo, y pasarán por la tienda y por la librería del Reina… es decir beneficios para todos, al margen de lo que significa que esas cantidades de personas se interesen por las vanguardias históricas, por una obra más complicada de lo que parece como es la de Salvador Dalí.


Es cierto que la mayoría pueden ser turistas, extranjeros y turistas nacionales, sí, pero personas a fin de cuentas, y si se consiguiese una exposición de este tirón público un par de veces al año, la economía del Museo y de la zona se vería muy mejorada, con un beneficio que se podría aplicar a otras actividades menos populosas. “La miseria no se administra” -decía mi suegro-, pero la riqueza si se debe y se puede administrar y repartir. Y exposiciones como ésta, actividades que atraigan público, es el primer paso para obtener un beneficio.


De todas formas tampoco nos volvamos locos, 60.000 personas en una semana no es tanta gente si se compara con la taquilla de un estadio de fútbol como el del Real Madrid, con capacidad para 80.000 personas y que cada fin de semana, cada partido de lo que sea, se llena hasta la bandera. Dos veces al mes, sin contar torneos al margen de la liga (que son innumerables), son 160.000 personas que pagan su entrada (bastante más cara que la de un museo), compran refrescos, comida, camisetas y bufandas… Eso sí es un negocio y no mejora en absoluto a las personas, excepto a los jugadores y entrenadores que cobran más de lo que Dalí haya cobrado nunca por un cuadro ni por cualquier otra cosa que a su ingenio se la pudiera ocurrir. Y qué decir de los festivales de música que proliferan a partir de ya y que reúnen a miles y miles de jóvenes dispuestos a todo, desde deshidratarse a no dormir, por alejarse de la realidad rutinaria durante un par de días o un par de horas, festivales que empiezan con todas las entradas ya vendidas, con unos aforos que oscilan entre 40.000 y mas de 100.000 asistentes. Por cierto, también son más caras las entradas que las de los museos y estos cantantes también cobran más que los artistas visuales actuales.


Vamos, que éxito si, pero tampoco es para tanto. Lo que pasa realmente es que nos hemos acostumbrado a que no haya nadie ni en museos ni en galerías de arte, a que esto sea como un desierto. La tristeza que da constatar que el arte actual no interesa a casi nadie, que no hay espectadores para tanta inteligencia, mientras que la estupidez y la brutalidad, el ruido y la baja calidad (no siempre, evidentemente) arrastran masas, ver que cualquier evento deportivo arrasa en taquilla mientras la cultura se desvanece sin participantes, es algo lastimoso. Tal vez no haya detrás ni tanta inteligencia como suponemos ni tanta originalidad. Ha tenido que volver Dalí, don Salvador, para que nos demos cuenta de que se puede llenar el museo, de que se pueden llenar todos los museos y todas las galerías, de que el arte, la cultura, es, ha sido y puede volver a ser un auténtico motor de inteligencia, de bienestar y de riqueza. Pero hay que planteárselo y no esperar una respuesta donde no hay ni pregunta.


Imagen: Vista de uno de los conciertos en el Primavera Sound de Barcelona 2011. Foto: Inma Vara.