OPINIÓN

Cada año, después de las vacaciones de verano, con el regreso de la cotidianeidad y la obligación (para la mayoría) del regreso al trabajo, el mundo del arte se lava la cara, se cambia el peinado, estrena algo como si fuéramos todos de boda e inicia una nueva temporada. Para nosotros, esta población mundial de millones de ilusionados, depresivos, experimentados y novatos, aficionados, profesionales y mediopensionistas, el año empieza en septiembre y acaba en junio. En medio nos quedan tres meses para lamernos las heridas y hacer planes que, con casi toda seguridad, nunca pondremos en marcha. En todo el mundo, en todo este mundo nuestro, desde Berlín a Madrid, desde Ciudad de México a Viena, desde Milán a Valencia, se organiza un evento que convoca a los amigos y a aquellos hambrientos de inauguraciones y de arte a partes iguales: el weekend gallery, la “apertura”, llámese como queramos llamarle, consiste básicamente en que, prácticamente, todas las galerías de una ciudad abren sus puertas para la nueva temporada en el mismo día, en un acto inaugural que se extiende en kilómetros y en el que nadie puede honestamente decir que ha visitado todas las galerías, algo imposible en un solo día por mucho minibús gratuito que se ponga al servicio de los ansiosos visitantes, por más que se alarguen los horarios de cierre. Decenas de exposiciones preparadas con nerviosismo y la mejor de las intenciones, con las ganas y un cierto convencimiento de que sí, de que este año es el año; de que la crisis ya va a pasar, de que por fin ese curador tan importante se va a fijar en mi obra, de que los coleccionistas reacios en venir por estas zonas, reacios de comprar sólo promesas, se van a entusiasmar con nuestra oferta. Desde aquí, de corazón, quiero decirles a todos, alemanes, austriacos, valencianos, madrileños, mexicanos y de cualquier otro lugar del mundo, que les deseo suerte, éxito y que consigan todo eso que, más o menos, inconscientemente desean.

Desde aquí, de corazón, les reconozco mi más profunda admiración por esa intensidad, por esa fuerza inexplicable para mí, por ese afán de año tras año volver a empezar, volver a intentarlo con deseos y ganas renovadas. El esfuerzo de cientos de galeristas, muchos de ellos golpeados seriamente por una crisis interminable que va mucho más allá de una crisis económica y las ganas de miles de artistas que no se desaniman nunca, o casi nunca, pase o no pase lo que tenga que pasar, es admirable. Con esa energía se podría iluminar el mundo entero durante meses. Por desgracia ni los científicos ni los gobiernos valoran ese esfuerzo sobrehumano canalizándolo debidamente y hay que reconocer que prácticamente esa energía se pierde con el primer resplandor de su existencia, apenas un fuego fatuo.

Los más viejos del lugar, de los que ya estoy más cerca que de los más jóvenes e ilusionados participantes, saben por experiencia que este año será prácticamente igual que el anterior. Que sólo un puñado de galerías en el mundo (todas ellas situadas en Estados Unidos, Londres, alguna en Suiza y tal vez otra en Alemania, o tal vez sólo sean sucursales de una sola galería, la GRAN galería del arte actual) ganarán dinero, mucho, otra vez este año. Ellos saben que los que más ganan en las ferias es la propia feria, que como un buen casino, gana siempre aunque los jugadores casi nunca ganen. También saben que los artistas seguirán intentándolo… y no lo conseguirán. Tal vez alguno consiga un reconocimiento local, otros una buena venta (¡enhorabuena!), pero sólo algún producto de mercadotecnia depurada conseguirá convencer al mercado, coleccionismo, crítica y público, todos ellos entre el interés y la inocencia, ya sean prolíficos ai weis weis o sofisticadas ancianas tipo Carmen Herrera. Por todo esto, los más mayores, los que más saben digan lo que digan los recién llegados a la escena, se lo toman con calma. Dejan el paso abierto a los que todavía no saben que realmente somos como el hámster que Bruce Neuman utilizó para su video, que giramos nuestra ruedita para encender el fuego de otros, enfriando nuestro hogar con el esfuerzo baldío.

Volver a empezar, con esfuerzo, afán e ilusión es necesario, imprescindible, aunque cada vez sea más improbable. Las galerías, sobre todo las más vocacionales, esas que nunca podrán estar en Art Basel mas que de visita, se merecen que cada openning sea un homenaje a ellos y a sus artistas. Un acto de fe en su trabajo y en su ilusión, no importa si nos gustan o no, el esfuerzo, a veces agónico y desmesurado, es lo que hay que valorar en este comienzo de temporada y desearles a todos lo mejor, que a veces no es exactamente lo que ellos desean. Volvemos a empezar una vez más. Todo se repetirá con un aire familiar, un dejá vu que diría un intelectual pedante. Habrá que estar atentos, aunque sea desde la barrera, para ver si salta alguna chispa, algún brillo inesperado, alguna actitud realmente rompedora, algún gesto de auténtica inteligencia. Aunque solo se den cuenta los más viejos, los que más saben realmente, aquellos que llevan décadas volviendo a empezar cada año, como si nada.