OPINIÓN

Con el auge de las bienales se bromeaba sobre si había una cada mes, o que algunas se celebraban todos los años. Pero si nos dedicásemos a contar las ferias que se celebran anualmente en todo el mundo, prácticamente no quedaría país, ciudad ni pueblo sin una de ellas. Hasta tal punto que algunas, más que ferias, empiezan a parecer rastrillos.
La razón de esta desmesura es que, sin duda, hay muchos que viven de la feria. Pero lo que no se dice tan rápidamente es quién paga las ferias. Está claro que en un país con un mercado del arte tan precario y superficial (por poco arraigado) como España, los centenares de galerías de arte que existen (de todo tipo y nivel) tienen que ir a las ferias, y hasta al bingo, para poder sobrevivir. Muchos alternan con otras profesiones pero, al final, para vender arte hay que convertirse en vendedor ambulante ¿O no? Tal vez se deberían preocupar más de crear una línea concreta, fomentar la creación de un coleccionismo serio, y menos del turismo de riesgo. Algunas galerías ya llevan veinte, treinta años de existencia, y no parece lógico que sigan diciendo que no hay compradores y tengan que ir a buscarlos a Turín, a Colonia, a Dubái, pero menos claro todavía que los busquen en Toledo, Cáceres, Vigo, Valencia, Salamanca, etc. Los podrían tener en su ciudad, tal vez. O tal vez podrían llevarlos a sus inauguraciones. Saldría más barato.
Pero no sólo son los galeristas los que, con un trabajo desmedido y un riesgo cercano a la ruleta rusa, llegan a vivir de las ferias. Están los directores de las mismas, y no todos se ganan su sueldo precisamente. En las pasadas semanas hemos asistido avergonzados a una pelea de poder entre la nueva dirección de IFEMA y el comité de galerías de ARCO. Un tira y afloja en el que ha ganado la sensatez pero que se podría haber evitado, y tapar la mala imagen de ARCO y la humillación de una crisis interminable. Parece ser que cada vez que el presidente de IFEMA cambia, el nuevo quiere hacer valer un poder que no sólo no debería ejercer, sino que finalmente no parece tener. Hasta ahora el buen hacer de las anteriores directoras de la feria, Juana de Aizpuru y Rosina Gómez Baeza, pusieron sordina al tema, y lo solucionaron de puertas adentro. Pero, ¿dónde estaba Lourdes Fernández en todo este rifirrafe? Su nombre no apareció nunca en esas declaraciones y manifiestos, su foto sonriente no se vio por ningún sitio. Realmente no entendemos por qué sonríe tanto cuando ha conseguido llevar a ARCO al nivel más bajo de su historia. Ya no sólo no es la feria promesa sino que es la feria desastre. Hasta las galerías que fueron sus valedoras al principio, se apartan de ella. Ha conseguido llevarse mal con todos, galerías, medios, artistas, instituciones, ministerio… Si ARCO quiere sobrevivir -no ya triunfar, sino sólo sobrevivir-, urge un relevo, alguien que sepa qué hacer con una feria y cómo.
Tal vez el relevo deba ser David Barro, que queda libre al renunciar a la dirección (artística) de la feria de Vigo justo después de hacer un balance triunfal de una feria en la que todos vendieron, compraron, disfrutaron y fueron felices. Porque conseguir que la Xunta ponga 200.000 euros en una feria privada (más 45.000 para apoyo de las galerías gallegas que llevan artistas gallegos; no sabemos si con obras que expliquen cómo se hace una buena queimada), más el aporte del Ayuntamiento de Vigo y demás, no es ninguna tontería. Además, que fundaciones (que él mismo asesora) compren obras de artistas que llevan galerías de toda España y Portugal (que han trabajado de alguna manera con él y con los artistas que él mueve), parece todo un ejemplo de lo que da de sí una buena agenda y un montón de favores y relaciones entrecruzadas. Como ven, son más los que viven de las ferias que los que viven del cuento.