MICROENSAYO

  • Carles Congost, Sin título, ARCO 2001

Instalarse en la beca y el concurso como modo de vida es un riesgo que corremos todos los que trabajamos en el mundo del arte, en especial los artistas, sobre todo cuando se encuentran en la fase en la que se les considera “emergentes”, pero también comisarios de exposiciones e incluso quienes se dedican a la crítica y necesitan apoyo económico para los periodos de investigación o residencias, pues pasamos gran parte de nuestro tiempo ideando proyectos cuya financiación a menudo solo es viable si disponemos de una beca. Sin embargo esas becas en España, donde no contamos con una Ley de Mecenazgo como otros países, provienen de instituciones y empresas que ofrecen el dinero por algo a cambio, quizás no de una manera clara en principio, exigen unos márgenes de beneficio, bien sea adquiriendo obra muchas veces a precio casi de coste ya que se ha facilitado el dinero para la estancia y materiales del artista ejecutor de la misma, o bien marcando unos estándares del perfil del perfecto becario que van variando según la época y en la actualidad vienen a ser el corresponderse con nacionalidad española, tener menos de 35 años y cuantos más estudios superiores, mejor.

Se entiende, hasta cierto punto, que el espontáneo “mecenas” trace sus parámetros, marque su baremo, pero quienes entran al ruedo están atrapados en un sistema que permite vivir de él una buena temporada si, con suerte, juegan bien sus cartas, o que te expulsa al no-lugar de los que superan el límite de edad sin haber pasado por ganador de este o aquel certamen, provocando una terrible sensación de fracaso. No es una obligación ni presentarse ni organizarlos, los concursos, las becas, deberían ser tan solo una opción más. ¿Por qué tienen tanto peso hoy en día? ¿Se puede forjar una exitosa carrera de artista sin certámenes de por medio? ¿Es contraproducente presentarse a algunos de ellos?

Acumulamos másters y mientras lo hacíamos no éramos conscientes de que las becas se habían convertido en un modo de vivir para muchos, lo cual ha hecho que se vayan restringiendo y ahora mismo el sentido de algunas de esas becas, y de los concursos en cuyas dinámicas nos vemos absortos, se pone en duda. Hay concursos en los que las bases están redactadas de manera tal que compiten profesionales que juegan en ligas diferentes y no tiene sentido porque abarcan demasiados perfiles. Concursos públicos sin límite de edad, por ejemplo, cosa que en principio parece deseable y democrática, enfrentan a artistas o investigadores emergentes con profesionales de largo currículum e incluso profesores de universidad, con mucha más experiencia y recorrido vital en general. De manera que solo establecer el baremo para juzgar a quién dar la beca ya es difícil y, de hecho, los hay que si saben que se van a presentar personas de renombre ese año renuncia a hacer el esfuerzo de participar. Porque participar implica currarse un proyecto, un dossier, adecuar la propuesta a unas normas, cotejar documentos, horas y horas con un papeleo que, si no ganamos, nadie nos va a pagar por esas horas al fin y al cabo trabajadas, voluntariamente, sí, pero trabajadas. Y no contemos ya con aquellos concursos en los que se paga por participar, un género aparte.

Por lo tanto, acotar en edad responde a cierta lógica en la mayoría de las ocasiones pero también marca metas a corto plazo, desanima, pega la etiqueta de emergente o de consagrado en función de cuántas y cuáles becas se hayan conseguido. Tratando de ver todas las caras, o el máximo de caras posible, de esta poliédrica cuestión, observamos que no es lo mismo la motivación de una beca de una fundación privada que la de un ayuntamiento, patronato, universidad, galería de arte u otro tipo de centro. De las ayudas públicas cabe esperar homogeneidad en criterio y coherencia formal. De las que provienen de la empresa privada, frecuentemente asociadas de algún modo (como patrocinio, por ejemplo) a un espacio público, aguantamos mejor las sorpresas, se les suele tolerar el comportamiento abusivo si de un año para otro recortan la cuantía del premio, exigen demasiado al artista en cuanto a otorgarles su imagen si gana y todo queda en que ya es bastante que estén invirtiendo un mínimo en cultura.

Sobre las bases abusivas, en concreto si vienen de una entidad privada con proyección mediática, nadie quiere quejarse porque “solo presentarse ya da prestigio y así te van conociendo los jurados”, dirían muchos. Las personalidades del mundo del arte que forman parte, comúnmente junto a empresarios, de los jurados de tales premios apoyan con su imagen la estrategia de cada concurso, de eso tampoco se habla. Habiendo sido invitada a formar parte del jurado de más de una decena de certámenes y siendo actualmente miembro del jurado de varios en proceso puedo afirmar con rotundidad que el ser jurado es algo así como un “subgénero de becados”. O sea, que te llamen para estar en un jurado junto a otros profesionales del arte contemporáneo es unas veces un honor y otras un espanto del que librarse, pero marca una diferencia porque llaman a unos y no a otros. En cualquier caso, los que aceptan formar parte del jurado de un certamen bien sea por el prestigio que sienten que eso les da, bien porque perciban unos honorarios –que no todos los jurados se remuneran– está legitimando al concurso en la medida en que forma parte de él, una parte muy importante, y es su responsabilidad atender a si las bases tienen aspectos abusivos, en cuyo caso es crucial negarse a colaborar si lo consideras injusto, tanto como aportar ideas para mejorar el enfoque del premio de cara al futuro.

Como vemos, es una tiranía sibilina la del concurso en el mundo del arte, ¿qué pasa cuando superamos los 35 y no hemos conseguido ciertas becas que se supone que te aseguran el pasar a recibir otras tantas o a consagrarte? ¿Cuándo dejamos de ser emergentes, cuando lo dictan las bases de los premios mayoritarios? Hay una cuestión de prestigio más allá del plano económico pero en el económico reside la capacidad latente de materializar proyectos que sin ninguna ayuda institucional privada o pública podemos costear ni llevar a cabo, entonces ¿qué sucede con las ideas que no ganan? ¿Se reciclan? ¿Adónde va todo ese esfuerzo de comisarios y artistas en planificar una programación que pende de un hilo y que está normalmente pensada como instalación específica para una sala sometida a las exigencias de una convocatoria?

El principal problema es que hemos ido dándoles demasiada importancia a los concursos dentro del arte, todos, todos los agentes culturales, por uno u otro motivo hemos contribuido a darles un estatus que no deberían tener, muchísimos artistas magníficos han cursado una trayectoria talentosa sin ganar premios de ningún tipo. Es cierto que quienes han vivido sin becas quizás es porque no necesitaban el dinero tanto como los que se han esmerado en buscar como locos becas y residencias para poder seguir produciendo, creando, moviendo su obra, que necesitaban medios que los que pasaban de las becas tenían cubiertos. Los premios son un apoyo extra a la creación, cuando son privados de alguna manera tienen que amortizar los gastos, no todo el mundo puede ser un mecenas por amor al arte y sobre todo sin una repercusión que incentive como el hecho de que a la empresa Hacienda le desgravase un porcentaje de lo invertido, etcétera.

Respecto a los artistas, comisarios y críticos que nunca se presentan a un premio ni a una beca, no es que en su totalidad se pudiesen permitir los gastos de sus respectivas producciones si no que las han ido cubriendo por otras vías como trabajos en ámbitos laborales que no son el artístico, opción nada desdeñable y que sin embargo inhabilita, paradójicamente, para presentarse a algunas becas. Es decir, que si tienes una nómina como trabajador por cuenta ajena te encontrarás con becas que te cierran la puerta porque deberías de estar desempleado o ser autónomo para poder cursar una solicitud. Las becas surgieron como una ayuda para los que no podían pagarse los estudios. Hoy es casi una forma de vivir. El mercado del arte, cuando se rige por las leyes del capital como en la actualidad, aprieta bien fuerte y avanzamos hacia un modelo híbrido de financiación porque mantener la carrera en marcha a base de obtener ayudas públicas es materialmente imposible, insostenible e injusto para con otras profesiones. Pero toca estar muy alerta con la letra pequeña del aporte privado ya que una marca que te patrocine puede llegar a pedirte concesiones inauditas o denigrantes.

Está demostrado que ser beneficiario de becas y haber ganado prestigiosos premios en este terreno no asegura el éxito o realizar una obra mejor, ni promete que fuera del redil de las becas se vaya a poder vivir del arte, a seguir viviendo del arte si es que se ha empezado ya saltando de certamen en certamen para dejar de “emerger”, pasar de emergente a consagrado en un mar de dudas. Vale la pena pararse a pensar en ello, frustrarse menos, encaminar los esfuerzos, tal vez, hacia proyectos propios sin barreras generacionales de ningún tipo ni estándares a los que ceñirse para rellenar una condenada solicitud, ser más libres en ese sentido, porque si el arte contemporáneo no se sostiene en unos márgenes de libertad… Se hunde.