OPINIÓN

Siempre he creído que estar mucho tiempo en una feria es perjudicial para la salud. No se trata solamente de que los labios se resequen y parezcan ajenos a nuestra boca, ni de que tengamos la sensación de que nuestros pies pesan como si fueran plomo, ni de que oigamos voces lejanas o creamos que la gente se hace más pequeña. Esas pequeñas personitas siguen siendo los coleccionistas que todos esperan con ansiedad, los aficionados intrépidos que han conseguido un pase gratis, e incluso una tarjeta VIP, los artistas con cara de yo no fui, o los pequeñitos directores de grandes museos, que intentan parecer serios y muy ocupados, con sus cabecitas llenas de grandes proyectitos ínfimos. Todo un mundo vive en esa cápsula del tiempo que es realmente una feria de arte. Un mundo autónomo, aislado de esa otra realidad que sabemos que existe más allá del aparcamiento, una humanidad chiquitita y posiblemente prescindible que poco tiene que ver con los que están fuera de esa cápsula transparente que te atrapa y te aísla. Con el mundo real, allá donde viven nuestras familias y nuestros amigos.
Si realmente pasar mucho tiempo en una feria es perjudicial para nuestra salud mental, es probable que a estas alturas yo escriba estas líneas desde un hospital psiquiátrico, pues llevo en mi haber más de cien ferias, contadas con una memoria favorable, es decir, olvidadiza. Cien ferias pobladas de un público similar, con muchas coincidencias, con los mismos payasos, con los mismos gestos, y con un arte familiar que decora las paredes de la nave espacial. Y recuerdo que antes las ferias duraban mucho más que ahora, la de Colonia y la FIAC llegaban a tener dos fines de semana, si, ahora no puedo creer que sobreviviéramos, y que sigamos yendo a ferias todos los años, a varias, esa misma gente que estuvimos allí y vivimos para contarlo, en aquellas ferias de más de una semana. No hace tanto que Arco se acababa el lunes. Duraban tanto aquellas ferias que se convertían en campamentos de verano, en ejercicios espirituales, en un laboratorio de cruces de parejas e infidelidades de corta duración. Yo he vivido rupturas de galeristas belgas, romances intergalácticos e incluso el suicidio de un galerista engañado por su mujer. Un galerista nórdico, además. He visto bailar en sórdidos tugurios suizos a parejas imposibles, a tigres con luciérnagas, a pájaros bobos con princesas de hielo. He asistidos al embarazo de mujeres estériles, a la separación, noviazgo, boda y divorcio de parejas interculturales, de países, aficiones, estilos artísticos y hasta sexos diferentes. Bailábamos como desesperados, flirteábamos como aprendices y sobrevivimos como gladiadores romanos. Eran otros tiempos, éramos jóvenes y las ferias eran lugares habitados por una selecta raza de profesionales y amantes de, entre otras cosas, el arte. Eran otros tiempos. Esos, aquellos salvajes feriantes, hoy nos aburrimos. Nos aburrimos dentro y nos aburrimos fuera de unas ferias aburridas y repetitivas. Estas ferias de hoy son realmente siempre la misma feria, al acabar el domingo por la tarde, siempre los domingos por la tarde, se cubren con un paño negro que tapa obras y galeristas, público y camareros, y los preserva en una inmovilidad casi elegante, hasta el año siguiente. Esos días que antes eran de montaje hoy se emplean en desempolvar las esculturas, enderezar las pinturas, afeitar a algunos hombres y retocar el maquillaje de algunas mujeres y de unos pocos travestis. Y llegamos a la inauguración oficial en un bucle que podría ser de la melena de Alicia en el País de las maravillas. Un carrusel infinito con el mismo paisaje pintado, con las misma caras, los mismos saludos, los mismos gestos… una pesadilla que empieza como algo normal hasta que aparece Jack el destripador acompañado de Lady Gaga, el gordo y el flaco, el que fue y el que será, los que nunca podrán ser, todos y ninguno.
Hace muchos años, en una interminable y superpoblada feria de Colonia, entre un galerista alemán, un crítico austriaco, un artista holandés, y una española como yo, escribimos un cuento en los posavasos de las bebidas que tomábamos, un cuento en el que la feria era realmente una gran nave espacial, que pasado el primer fin de semana, y llena de público, artistas, críticos, camareros y todo el personal habitual de una feria, despegaba de la tierra y se trasladaba al espacio sideral, donde quedaba varada sin tripulantes ni nadie que se encargara de su dirección. Teníamos que sobrevivir con lo que generase un sector habituado a no producir nada razonable ni necesario. Primero agotábamos las existencias de los distintos restaurantes, por supuesto salchichas y alcohol en primer lugar, después empezábamos a preocuparnos por la supervivencia, a organizar funciones, jerarquías y escalas de trabajo. El jefe de camareros y un galerista alemán se transformaban en líderes naturales, algunas señoras se desmayaban y todo el mundo se bajaba de los tacones, dejaban las poses superfluas y se reorganizaba la vida de todos en función de las necesidades. Los cuadros y las esculturas, dibujos, fotos (en aquellos años no había mucha fotografía en las ferias) se quemaban como calefacción y combustible… Todavía hoy, años después, siento en cada feria a la que asisto esa sensación de perdidos en el espacio, de ansiedad y claustrofobia, de incertidumbre sobre el futuro inmediato, esa sensación de vacío absurdo que nunca me he podido quitar desde aquella interminable feria de Colonia. Y tal vez se deba a que seguimos todos viviendo en aquella feria que era realmente una nave espacial, una cápsula del tiempo congelado, un deja vu eterno y aburrido. Habría que plantearse empezar a cambiar las obras de sito, a renovar a la tripulación o al menos a mejorar los bocadillos. Y a cerrar las escotillas.

Imagen: Fotograma de Encuentros en la tercera fase, 1977.