OPINIÓN

Vivimos bajo la enorme sombra del pasado. No solamente porque todo lo vivido se repite constantemente con otras caras y otros nombres. Sino porque parece que el pasado no acaba nunca y se alarga y se prolonga y se multiplica y nos rodea con las consecuencias de sus guerras, de sus crisis, de sus olvidos. En arte nos la pasamos “recuperando” todo lo que pasó y no alcanzó en su momento el éxito o el reconocimiento o la visibilidad que era de esperar… ¿Qué era de esperar? ¿Por quién? Pero lo cierto es que entre una vaga idea de justicia, una soterrada vergüenza y la incapacidad de reconocer nuestra ignorancia (además de la turbia idea de que alguien se beneficia de todo esto y no sabemos bien quién será) nos pasamos la vida recuperando la obra de ancianos sabios que asisten sorprendidos y sonrientes a nuestra estupidez mientras nosotros vamos almacenando para nuestros descendientes decenas, cientos de artistas, obras, carreras que tendrán ellos que recuperar cuando ya nosotros hayamos fracasado con nuestro tiempo. Somos como los hámsteres dándole vueltas a una rueda que no se mueve, pero eso sí, cada vez más rápido.

Además, el pasado se burla de nosotros cíclicamente celebrando aniversarios, centenarios, excusas para que nunca olvidemos aquellas glorias, porque el pasado sólo nos echa a la cara sus triunfos, sus grandes éxitos, pero esconde sigilosamente todo lo malo, que fue mucho, casi todo, de su trascurrir. Celebramos a Cervantes, pero nadie quiere acordarse de todos los bardos, poetas, escritores mediocres, copistas, vulgares que medio triunfaron en su tiempo o que directamente pasaron sin pena ni gloria por los 40 principales del momento. Hoy toca El Bosco, como ayer fue el turno de Velázquez y mañana será el de otra gloria del ayer que vendrá a tapar la escasez de glorias de hoy. Pero es que, además, el ayer es inagotable y largo larguísimo: abarca desde Atapuerca y las Cuevas de Altamira hasta hace unos días. Y así en ese pasado glorioso encajan a la perfección Wifredo Lam en el Reina Sofía y Joaquín Torres García en la Fundación Telefónica, y también la fotografía española de los 50 y 60 otra vez en el Reina… y casi todo porque el ayer llega hasta el hoy y si el hoy corre huyendo hacia el futuro queriendo ser un imposible mañana, el ayer llega tranquilamente sabiendo que todo lo que tus ojos ven hoy, será suyo algún día.

Venimos del pasado porque es lo único que realmente tenemos, aunque queramos ser muy modernos y todo lo que hoy es descubrimiento fue antes idea, proyecto, deseo, tal vez lo que mejor hagamos hoy sea cambiar nombres, actualizar archivos y herramientas. Hablando con fotógrafos te das cuenta que lo que hoy hace tan fácilmente el Photoshop, lo hacían en los laboratorios retocando a pincel, quitando arrugas y patas de gallo a las fotos de carnet. Las redes sociales de hoy son los amiguetes y conocidos de toda la vida, el Facebook el patio de vecinas, Instagram el álbum familiar…, pero eso sí, a lo grande, a lo inmenso, a lo exagerado, hasta tal extremo que todos acabamos regresando a nuestro núcleo central, borrando “amigos” y followers que no conocemos, huyendo de hackers escondidos bajo la piel de cordero de la admiración o amistad y nos damos cuenta de que si la hija de Johnny Deep tiene a los 17 años más de dos millones de seguidores en Instagram, nada de lo que hagamos para aumentar la circulación en nuestra páginas web tiene mucho sentido. Y que nos sigan una serie de desconocidos asiáticos tiene el mismo sentido que fotografiarse los pies al borde de una piscina al llegar el verano: ninguno. Y entonces pensamos que el mañana no llega nunca y que el futuro nos da vértigo por lo de estúpido que sin duda tiene el ser humano y que, curiosamente es la faceta que más venimos desarrollando últimamente, y decidimos que mejor que comprar el palo de selfie nos vamos a comprar el catálogo de El Bosco. Y es que tal vez si profundizamos en nuestro pasado podamos ser realmente habitantes de un futuro incierto. Acabamos de aceptar que sí, que efectivamente nuestro origen es el pasado, que somos viajeros en el tiempo fugaz y nuestro destino no deja de estar ligado a nuestro pasado, que somos esa mancha de luz que se mueve entre un punto y otro y que, llegando al punto final todo en nuestra vida es pasado: El Bosco, Velázquez y hasta Warhol, Torres García y Jeff Koons. Así que mejor nos relajamos y nos tomamos la cosas con calma, porque no sólo venimos del pasado sino que en el pasado habitamos y no hay más futuro que construir un pasado mejor.