OPINIÓN

Cada año cuando llegamos al inicio del verano y la actividad se empieza a relajar, empezamos a sentir un cierto hastío, una sensación de vacío que achacamos al cansancio. Pero en los años impares una nueva edición de la Bienal de Venecia, con sus mil y una atracciones, parece que nos vuelve a levantar el ánimo para cerrar la temporada con energía: primero la Bienal y luego Basilea (como diría Leonard Cohen, “first we take Manhattan, then we’ll take Berlin”), una ruta que antes hacíamos los profesionales (pocos) y que ahora debe entrar ya en las ofertas turísticas de las agencias low cost, por la cantidad de personal que abarrota la entrada a los pabellones de los Giardini los días dedicados a la prensa y los invitados. En fin, ya no somos nadie es la conclusión obvia cuando esas invitaciones que supuestamente suponen una diferenciación entre prensa, especialistas, involucrados en las exposiciones y profesionales, y público general. La verdad es que hay más gente en las inauguraciones que los días siguientes. No seremos nadie, pero somos muchos.


Ese hastío de fin de temporada cada vez se prolonga más y llega antes. Ese vacío que empieza por el estómago y sigue por el resto del cuerpo nos hace ser cada vez más escépticos, y es que pocas veces encontramos algo que nos ilusione, nos active, nos emocione. Y casi nunca es ese arte nuevo que prometía ser algo más que una esperanza y se ha convertido en un producto en las estanterías de un mercado cada vez más amplio y vulgar. Hemos visto con curiosidad y sorpresa algunas ofertas artísticas que nos han dado esperanzas de renovación, cargadas de inteligencia e ironía… pero hace ya muchos años de eso. Ahora todo ese ingente volumen de obra sin cuerpo, de proyectos, performances, guiones, trabajos en proceso, de almas sin cuerpos nos hacen sentirnos como en una película de zombies en la que todo el mundo está muerto, aunque andan y dan miedo. Nunca he sabido muy bien que es lo que buscan los zombies en las películas, y cada vez entiendo menos a muchos artistas que plantean obras que duraran meses, que no se ven, ni se huelen, ni se tocan, que no las hacen ellos (pero si las cobran, supongo), que están pero no se ven, como en un juego e manos, juego de villanos.


Apunta Javier Montes en el número 1000 del ABCD cultural (¡enhorabuena amigos!) un tema que siempre me ha interesado. Ocupa la última página, como para dejarnos con ganas de más, y cita al final a Borges, como maestro no sólo de escritores sino de artistas. Si todo es arte, nada es arte. Si escribir en la arena de una playa una frase que luego se borrará con la llegada de las olas es una obra de arte… entonces todos somos artistas y si todos somos artistas ¿qué sentido tiene el arte en la forma que hoy lo conocemos? Y no en el sentido que Beuys le daba a esa frase, sino en el sentido más mercantilista de todos. Cruzar un semáforo y pararse en el medio puede ser una performance, dice Valcarcel Medina…nos parece bien pero si todos creemos que hacernos una foto en medio de un paso de cebra es hacer una obra de arte, entonces algo esta fallando.


Algo está fallando cuando lo que más gusta siempre a público y críticos en los grandes eventos artísticos, no son las propuestas nuevas, sin obras, vacías de formas y con inmensas pretensiones conceptuales (y aún mas, sociales y políticas); sino las obras de arte con un sentido de la forma, al margen de su valor intelectual, de su propuesta social, de su contenido conceptual. No en vano todos los artistas, o casi todos, que en el mundo son procuran hacer algo físico, objetual, un cuerpo real (sea foto, video, pintura, mesas, instalaciones de cualquier material, archivos de las facturas pagadas…).


Tal vez ese vacío que siento sea, simplemente, que me estoy haciendo artista.


Vista de la muestra ILLUMinazioni de la 54 Bienal de Venecia