OPINIÓN

Las cosas casi nunca suceden como nosotros queremos. La verdad es que el mundo no funciona como nos gustaría, o tal vez sí, pero nosotros tenemos un papel equivocado en esta historia. Es decir, vivimos (me refiero a “nosotros”, todos los que podamos leer este texto) en un mundo donde el mercado es el amo, donde el mundo del trabajo, la educación, la sanidad, todo, y por supuesto también la cultura y dentro de la cultura el arte, está sujeto a los intereses de mercado. No me refiero, por supuesto, a la creación. La imaginación, el ingenio y la capacidad creativa del hombre es prácticamente lo único que realmente es libre. Pero el mercado marca la producción, el precio (que no el valor), y define aquellos que pueden comprar, incluso a los que pueden vender. Nos guste o no esto es así. También es cierto que alcanzar una sofisticada educación de primera, dominar idiomas… sólo está al alcance de unos pocos entre nosotros. Es el mercado, señores. Un gran MERCADO en el que todos somos productos, la mayoría productos desechables. Entonces, si esto es así y el mercado define y marca nuestros rumbos desde las Bolsas de todo el mundo, hasta las lonjas de pescado, las esquinas donde los yonquis venden, mercadean, con su producto y nuestras vidas, entonces ¿por qué nos escandalizamos de que el arte se venda y se compre en una feria de arte? Nunca he entendido esa furia contra unas ferias que, en el peor de los casos, pueden ser simplemente prescindibles. A mí, por ejemplo, no me interesa en absoluto el mercado de embarcaciones náuticas, pero no me desespero ni irrito cada vez que se celebra alguna feria con las últimas novedades en yates. Simplemente no voy, no leo nada sobre ellas. Paso olímpicamente. El único mercado por el que protestaría, lucharía y saldría a la calle a darlo todo es el mercado humano, ese que vende mujeres, niños, hombres, en todo el mundo sin que parece que levante tantas ampollas en gran parte de la sociedad que piensa que eso es historia. O ese cruel y oculto mercado de animales exóticos o domésticos en todo el mundo. Los mercados de cuadros, coches, turismo, bodas, moda, etc., si me interesan los sigo, si no simplemente los ignoro. Porque sé que no puedo acabar con el mercado de la moda ni con el de prácticamente nada. Y porque en una sociedad como la nuestra lo primero es aprender las reglas para poder sobrevivir y después, si nos queda tiempo y fuerzas, intentar cambiarlas.
Este mes de febrero es el mes de las ferias en español: MACO en México DF y ARCO en Madrid. Las dos ferias más importantes en las que se habla español, asentadas y con subidas y bajadas en función de la fuerza de sus mercados y de su capacidad para atraer compradores de otros lugares, han generado en su entorno otras ferias: en el DF se celebra por primera vez Material Art Fair, y en Madrid Arte Madrid y JustMadrid ya se vienen celebrando desde hace algunos años con desigual fortuna. Como todos sabemos Art Basel y Miami Art Basel han generado decenas de ferias a su alrededor, unas se han asentado y otras han desaparecido, se han transformado, han hecho lo que han podido. La competencia es la base esencial de cualquier mercado. Es bueno que haya opciones y competencia. El monopolio lo único que indica es la ausencia de mercado real. No entiendo entonces porque nadie se enfada, arremete contra las ferias “establecidas” acusándolas de burguesas, caducas, etc., y alegando que las más jóvenes son emergentes, marginales y calificativos que ningún mercado serio querría para él. Las nuevas ferias (ferias al fin) nacen porque ya existen las otras más asentadas, y surgen arropadas en su fru fru de luz y ruido. Todas las ferias buscan vender, por lo tanto intentan que, ya se celebren en un centro de convenciones o en hotel, en un garaje público o en palacio privado, acuda la mayor parte de…. ricos, no de público, no nos engañemos, no de gente que compra una entrada y mira. Todo lo que quieren es a ese VIP coleccionista que viene sin pagar ni el hotel ni por supuesto la entrada a la feria; que es invitado, llevado y traído gratis, todo para que se sienta feliz y compre. Para ese público, para ese selecto grupo de gente rica es para la que se hacen las ferias. El resto, amigos, somos figurantes. Da igual si nos gustan o no las ferias, mientras vendan cumplirán su función y seguirán existiendo, nos gusten o no. Y si no nos gustan y no vamos a nadie le importa, si no compramos no somos nadie en el mercado y esto es un mercado, de arte, sí, pero mercado. Un mercado del que viven galerías, artistas, asistentes, montadores, iluminadores, editores, imprentas y un sinfín de personas. Porque el mercado, si funciona, genera riqueza en una sociedad de libre mercado como en la que vivimos. No lo olvidemos. Y además no es obligatorio ir a ninguna feria, ni exponer, ni comprar ni nada. No es una exposición, no es una bienal, no es un evento cultural en esencia aunque se venda arte (o a veces artesanías), bueno y malo. Es un mercado. Y hay mercados de barrio y mercados de gourmet, cada uno compra en el que quiere y en el que puede.
Decía que el mundo no funciona como nos gustaría, pero es que ese “nos” incluye cientos, miles, millones de opciones, de modos que difícilmente todos quedaríamos contentos. Y tal vez, sólo tal vez, no es que no nos guste un mundo mercantilizado como en el que vivimos, tal vez lo que no nos gusta es que no seamos nosotros los amos de ese mercado. Lo que nos gustaría, tal vez, es que nosotros pudiéramos comprar o vender e incluso poner las reglas del juego.