OPINIÓN

Se ha recuperado en Londres, con el inicio del año, un lienzo de Henri Matisse (El Jardín) robado hace 25 años en el Museo de Arte Moderno de Estocolmo. La obra desapareció del museo el 11 de mayo de 1987 y está valorada en un millón de dólares. Esta es la noticia, y lo que bien pudiera ser el núcleo central del guión de una película más de robos, especialistas, coleccionistas y recuperaciones por un detective británico inmune al paso del tiempo, como el propio cuadro. Sin embargo hay varias cosas que me llaman la atención en esta noticia, la primera de ellas la paciencia, no del detective que lo ha encontrado, sino del ladrón que lo ha tenido oculto tantos años sin mayor beneficio económico. En esa paciencia está incluida la fe, una fe inmensa en el valor del arte, en el valor de este cuadro no excesivamente caro; una paciencia que le ha hecho tenerlo guardado, escondido y que ahora, cuando 25 años después lo ha sacado a un mercado oculto de coleccionistas que pueden comprar más allá de la ley y del mercado oficial, lo ha pillado ese detective del registro de Pérdidas de Arte.


Naturalmente se ha descubierto por la entrada en el catálogo online del registro de piezas robadas y desaparecidas del posible comprador para verificar si realmente la pieza estaba “libre”. La paciencia y la tecnología se juntan contra el crimen. En fin, un final demasiado obvio para lo que en su día fue un gran golpe y acaba con un arreglo oculto para la devolución de la pieza. Siempre es igual en el más alto nivel de la delincuencia: todo queda oculto, tapado, sin culpables que paguen por el delito. Posiblemente el cuadro volverá a su Museo en Estocolmo, será autentificado y se hará una exposición entorno a Matisse y su obrita robada hace tanto tiempo… tanto que ya ni nos acordábamos.


Es una garantía saber que el arte con mayúsculas siempre vuelve a casa, que hay quien cuida de esas obras perdidas, robadas, que hay quien todavía tiene fe y paciencia y como filósofos estoicos ven el tiempo como el paso lento del destino, sabiendo que no sólo no beberemos nunca agua dos veces del mismo río sino que el arte perdura más allá del tiempo de las noticias de actualidad, más allá del éxito de una película más de robos y detectives, más allá de lo que nuestra memoria es capaz de guardar. Estos 25 años que el Matisse ha estado en no sabemos dónde, oculto a los espectadores y estudiosos, ha sucedido tanto en el mundo del arte: cinco Documentas, cientos, miles de bienales y ferias, millones de exposiciones… y ni nos acordamos de casi nada. Pero los ladrones y sus perseguidores seguían pendientes del Matisse mientras nosotros viajábamos como locos de Venecia a Nueva York, de Basilea a Miami, de Madrid a Londres, de México a Estambul, detrás de obras menores, de obras que si fuesen robadas nadie esperaría 25 años por ellas.


Los ladrones de este arte sin memoria y sin nadie que le espere en casa son ladrones de hierro, que venden los Chillidas a los gitanos, al peso, que abandonan las obras de los premios nacionales en basureros…es un arte éste que no interesa ni a los ladrones sofisticados ni a interesantes inspectores londinenses. No podemos esperar 25 años por estas piezas. Porque el tiempo está en contra de esta masificación del arte. No es una cuestión solamente de tiempo, pero hay algo oculto en esta capacidad para superar las décadas sin perder ni un dólar en la cotización, para atravesar fronteras y años, muchos años, y que a la menor indiscreción (una entrada en un catálogo online) sea descubierto y recuperado. Tal vez vamos tan deprisa que olvidamos donde está el arte y el dinero: allá donde el tiempo no les afecta. En las bodegas de los bancos internacionales.


Imagen: Henri Matisse. El jardín, 1920.