OPINIÓN

Hay cosas que ya no se llevan, pero que es una pena que no se lleven. Que no se conviertan en tendencia. Es una pena, no es nostalgia. Porque hay valores que son, realmente, eternos. La dignidad, la coherencia, la fidelidad, la amistad. El valor. Porque hay que tener mucho valor para ser coherente, para ser fiel, para intentar seguir de pie, con dignidad, aunque las cosas no te vayan tan bien. Contra todo, aunque te miren, te señalen y muchos de los que fueron tus amigos te abandonen. Seguir de pie cuando te quieren de rodillas. No ganar, tal vez, pero eso no significa necesariamente perder. Todo esto, y mucho más, son simplemente fragmentos, chispazos de textos oídos, de experiencias vividas en el mundo de las reuniones y conversaciones de arte de algunos de los años de mi vida. Mezclados, tal vez incluso agitados, como la propia vida. Hace tiempo, no demasiado por cierto, un colega en la crítica y en el arte, se reía de mí porque yo defendía a un artista que nunca me interesó porque era coherente consigo mismo, con su idea de creación, con las historias que contaba, “¡coherencia! ¡Vaya sandez!”. Sigo pensando que la coherencia es un valor, él seguramente sigue pensando que es una sandez. No sé si tengo razón, pero voy a ser coherente con mis pensamientos, incluso con mis deseos.

Durante las reuniones que dieron origen en IFEMA al que hoy es el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), cuando entre bromas y sentencias, argumentos y peroratas, todos discutíamos en si eran galgos o podencos, sobre quién le pondría el cascabel al gato y otros asuntos de gran trascendencia como los males del sector en España, se oyó una voz serena, tranquila, con acento catalán. Tan digna, tan coherente, tan inteligente como siempre: era Rosa Queralt, que simplemente decía que lo que hacía falta era responsabilidad al hacer las cosas, cualquier cosa, asumir la responsabilidad y hacerlo todo, todo y cualquier cosa, lo mejor posible. Todos callamos, y yo recordé lo que una vez dijo Golda Meier (y quien no sepa quién fue, que por lo menos se moleste en abrir la Wikipedia): “sólo hay una manera de hacer las cosas: bien”.

Una vez tuve un amigo, era escultor y de mi misma generación. Amigos recurrentes nos reencontrábamos como en un mantra cíclico. Él no conseguía que valorasen su trabajo, no podía comprenderlo ni él ni podía comprenderlo yo. Era un gran escultor sistemáticamente humillado, me dijo a lo largo de los años varias frases clarividentes, una fue la que escribí más arriba “Que no seamos los ganadores no significa que hayamos perdido”. La otra me ha dado que pensar durante tanto tiempo como la anterior: “mis amigos no han triunfado nunca, porque cuando triunfan dejan de ser mis amigos”. Hace tiempo que no somos amigos, él ya triunfó y ahora no es tan buen escultor. La vida, eso también lo aprendí de él aunque él nunca me lo enseñó porque seguramente aún no lo sabe, no consiste en ganar o perder sino en disfrutar de todo lo que te encuentras por el camino, aunque lo pierdas, sobre todo si lo pierdes. Por eso yo hoy sigo disfrutando de su amistad perdida. Consiste en sentirte feliz al ver los pasos que has dado, los ríos que has cruzado, en haberte sentido bañado en agua de luna, rozado por los ojos adecuados. Todo eso pasa, por supuesto, lo único que queda es la satisfacción de haberlo vivido, de haberlo sentido. De seguir siendo tú mismo, tú misma, después y de seguir de pie, andando un camino que nadie más puede andar.

Es esa pequeña satisfacción cuando decimos algo inadecuado pero que sabemos no sólo que es verdad sino necesario que se diga, aunque muchos nos miren mal, aunque todos esos que nos mirarán mal sepan que es cierto lo que decimos y ellos quieren callar. Esa pequeña satisfacción de ayudar, de apoyar al que es valiente y sincero, o solo coherente (aunque nunca sepa ni se imagine que una vez le defendimos) al que intenta seguir estando de pie con dignidad, aunque no sea tendencia ni trending topic. Seguramente es lo que sintió Rosa Queralt, tan querida como olvidada, recordando la responsabilidad a un puñado de irresponsables más o menos conscientes, diciendo que lo único importante es hacer las cosas lo mejor posible a una gente que sólo quería tener visibilidad, esos 15 minutos efímeros por los que algunas matarían a su propia madre, si supieran quién es. Es, simplemente, una cuestión de dignidad.