Se ha ido uno de los imprescindibles. Luis Pérez-Mínguez fallecía en Madrid, ciudad que le vio nacer en 1950. Su nombre viene ligado a una familia de artistas tan célebres como Pablo Pérez-Mínguez y el pintor Rafael Pérez-Mínguez, siendo tres destacados en los 70 en una vuelta a la figuración, ligados a la Movida Madrileña. Sin embargo, la fotografía de Luis, muy marcada por su propia experiencia personal, se centró en retratar personas en distintos ámbitos, especialmente en el medio natural y en su relación con él. En 1992 el Museo Reina Sofía incorporó a su colección obras de Mínguez, reconociendo así su trabajo.
El medio fotográfico era para él un espacio de libertad, de creatividad a reivindicar, algo que llevaba a la práctica en sus piezas. Interesado en la imagen como lugar para relatar, defendiendo siempre la capacidad de la fotografía de hablar por sí misma, rechazaba los procesos mecánicos e incluso experimentaba en la delgada línea entre fotografía y pintura. Para Luis, “las fotografías tenían alma”, y esto es algo que se va con él. Un alma creativa, defensora de lo humano que hay en la foto, fiel creyente en la capacidad de hablar con imágenes. Unas fotografías que nos dejan lo más importante que él siempre quiso marcar, que estar vivo es una suerte y contarlo una forma de permanecer para siempre.