OPINIÓN

Lo que más destaca cuando se guarda un minuto de silencio es ese instante posterior en el que el ruido, el sonido normal de la vida, se vuelve estruendo. Un minuto de silencio es lo que dedicamos a los muertos, a los desaparecidos, a las víctimas de las catástrofes de todo tipo. Un minuto que nos demuestra la relatividad del tiempo, pues no son sesenta segundos sino una eternidad. Es como si todos los muertos anteriores a nosotros se agarrasen a esa pequeña ventana de silencio intentando que nunca se cierre, intentando que no los olvidemos. Porque todos esos muertos son las voces eternas que hacen que el silencio sea ensordecedor. En un minuto tan largo se piensa en muchas cosas, y cuando se piensa desde el lugar de la cultura es inevitable pensar qué es lo que está sucediendo en este mundo en el que la creación cultural, la cultura como una forma de ser y de vivir se reduce a menos de la mitad de la población. Nosotros, todos nosotros, yo que lo escribo y ustedes que me leen, somos privilegiados en este sentido. Pero somos una minoría en el mundo. Hoy reclamo un minuto de silencio para todas esas personas, millones, que viven en situaciones extremas de miseria, de violencia, de guerra, de persecución. Porque cuando el terror y la necesidad, el hambre, el frío, el dolor, son el ambiente en el que se vive, el arte, la cultura se convierte en uno más de los desaparecidos que no se contabilizan. Es absurdo pensar que nadie se dedique a pintar, a editar vídeos, a escribir ensayos o novelas, cuando la muerte acecha sobre nuestras cabezas. La fuerza del miedo, del dolor, del hambre impiden la libertad, ocultan cualquier posibilidad de justicia. Pienso en Irán, en Irak, en Palestina, en la mayor parte de todo Oriente; en Libia y Líbano, en Egipto, y en gran parte de China, el Tíbet, y en prácticamente toda África: Nigeria, Mali, Somalia, y en Haití, en Filipinas… y en las periferias de los países latinos, como Guatemala, o Ecuador, Nicaragua, México o Brasil… Porque son muchos los que en estos países emergentes, millones, viven en los bordes de la nada, pasto de la violencia y el terror. Carne de cañón. Cuando en cualquier momento pueden desaparecer tus hijos, tú mismo, la poesía no se contempla y la épica es prácticamente impensable. ¿Y qué sucede en los arrabales de Inglaterra, en los barrios pobres de Estados Unidos donde la esperanza de vida de un negro es de 40 años? ¿Y en la cabeza de todos esos jóvenes españoles, griegos, portugueses, italianos… a los que se les ha dicho que nunca tendrán un trabajo fijo? ¿Qué espacio queda en todas estas vidas para la cultura, para considerar eso que nosotros, desde nuestro bienestar del minuto en silencio, defendemos como una razón, una forma de vida, de algo que está en el aire que respiramos? No les podemos decir a todas estas personas, a estos jóvenes, niños, ni a sus padres y abuelos, que la cultura les salvará. Es muy difícil de creer.

Por eso antes de hablar de arte, de música, de literatura, hay que hablar de justicia, de comida, de salud y sobre todas las cosas, de educación. Porque siempre se ponen juntas a la cultura y a la educación, pero no son lo mismo. Sin educación no sólo no hay cultura, sino que puede que no haya nunca ni justicia ni igualdad ni derechos humanos. Primero es la educación. Y la comida. Primero es la vida. Porque igual que sin cultura no se entiende la vida, sin vida no existe nada más. Por eso, hoy como siempre, guardar un minuto de silencio nos hace más fácil abrir los ojos y las orejas a todo lo que normalmente no escuchamos ni vemos.


Imagen: Bigert & Bengström. Momentos de Silencio, 2014.

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