OPINIÓN

Siempre se habla de los triunfadores, dudoso calificativo para algo que casi siempre es efímero. El triunfo no es, como muchos parecen pensar hoy, ganar mucho dinero, ser muy famoso. El triunfo no es ruido sino silencio. Es el tiempo que gana al espacio. Hoy parece que triunfar es tener mucho dinero, no importa cómo se haya conseguido. También se considera triunfadores a esa gente popular, aunque sean populares por haberse casado con un torero mediocre o por cantar más bien mal en un programa de mucha audiencia. La audiencia es el problema, la televisión es otro, pero sobre todo el problema es la ansiedad y la ambición unida a una falta total de ética y la ignorancia más profunda de lo que significa la estética. Hasta hace poco, y todavía es así en algunas partes del mundo, el esfuerzo, el estudio, el trabajo, la constancia, eran la base para conseguir algún tipo de triunfo; eran los tiempos en los que estudiar era un logro, una meta, cuando el esfuerzo se consideraba, igual que la coherencia, un valor. Ahora lo importante es tener acceso a un programa de televisión, cástings de miles de jóvenes incultos y con pocas o nulas facultades y sin ninguna intención de esforzarse están en la base y en el “triunfo” de programas de televisión para encontrar cantantes, magos o cocineros. Miles de personas con este perfil de inconstancias y ganas de triunfar rápido y con el mínimo esfuerzo llenan las aulas de las escuelas de artes de todo el mundo. Porque a partir de un momento, datado posiblemente en los tempranos 80 del siglo pasado, ser artista plástico se convirtió en una opción para ser rico y famoso, para ser un triunfador. Así, la edad de los artistas que llegaban a un museo importante con exposiciones individuales empezó a bajar rápidamente, la influencia de las galerías en las programaciones de las instituciones subirían a la misma velocidad. El mercado aprieta, a quien no sabe ni quiere evitarlo.

Ganar mucho dinero y lo más rápido posible, convertirse en el boom, en ese artista que en una feria lo vende todo, que aparece en las listas de los más buscados, más deseados… ese es el objetivo. Ninguno mira a su alrededor para ver a esos “perdedores” que llevan años, muchos años, trabajando en sus estudios, vendiendo poco o muy poco, sin poder tener un stand para ellos solos en ninguna feria del mundo. Realmente no entienden porque siguen intentándolo, si eso, -según estas nuevas hornadas de hipotéticos artistas- o se consigue ya o no merece la pena. Es la ley de la máxima rentabilidad. No entienden que el arte no vive en las ferias, a veces ni siquiera en los museos, sino en la propia vida.

Pero triunfar, queridos niños que obviamente no perderéis vuestro tiempo leyendo estas líneas, no es eso. En absoluto es eso. Repito: el triunfo no es ruido sino silencio. Hoy el triunfo en España tiene un nombre: Atín Aya ( Sevilla 1955-2007), un fotógrafo del que la mayoría no sabe nada, nunca habrán visto una obra suya. Pero él, su nombre, su obra, es hoy la de alguien que ha triunfado. Absolutamente. Un desconocido fallecido a los 52 años, sin premios, sin galería, sin ferias, sin museos…. Pero que ha conseguido de forma silenciosa que su espíritu, que sus intenciones traspasen el tiempo y lleguen a generaciones posteriores, ya para siempre anclado en una película, en miles de historias, en la admiración, en el tiempo eterno del triunfo. La Isla mínima, premiada no solamente con todos los Goyas y con el reconocimiento de la crítica y sin duda alguna con el aplauso admirado del público, es también una obra de Atín Aya, porque surge de su mirada y de su trabajo. Trascender en el tiempo, ser absorbido por otras miradas, por otros lenguajes, otras narrativas, ganarle al olvido final, renacer en la obra de otros… eso es el triunfo. Ir más allá de su propia obra y convertirse en sensación, en idea. Eso es el triunfo.


Imagen: Atín Aya. José Pineda en su casa junto a la Punta de los Carabineros, 1991.