OPINIÓN

Esta semana se ha celebrado el Día Mundial del Teatro, con la sorpresa de que al parecer la crisis no afecta a la entrada, ni a la taquilla, ni a la afición. Una grata sorpresa cuando tanto se ha hablado de que el cine iba a acabar con el teatro. Al mismo tiempo que esta celebración, se ha puesto a la venta en España la versión 2 del iPad, la tableta de Apple, también con gran éxito de público (ya se sabe, colas en las tiendas, reservas, precios por encima de los 500 euros la más sencillita…) pero no parece que con el mismo éxito de crítica que en su versión primera, pues ahora se empiezan a ver más pegas al asunto: hay que tener un ordenador con iTunes, no tienen puerto USB, etc… Y esto me recuerda lo que tantas veces se ha comentado de que la televisión iba a terminar con el cine, y por supuesto Internet con la televisión y, finalmente los iPad y similares con todo lo anterior. Finalmente, o temporalmente mejor dicho, no parece que nada acabe con nada sino que, como la energía, nada muere si se puede transformar.


El teatro se ha transformado del espectáculo de masas que algún día fue, a ese lugar para aficionados fieles, un lugar minoritario, es cierto, pero con salud, variedad y calidad. El cine pasó de las salas inmensas a pequeños y múltiples minicines, a sesiones nocturnas, a otros formatos; la televisión tiene el futuro en el maridaje con Internet, pudiendo ver en pantalla grande lo que ahora solo vemos en las pequeñas pantallas de nuestros ordenadores… y así una transformación infinita nos lleva desde el pergamino y los códices miniados hasta el libro de bolsillo que se desencuaderna según lo vamos leyendo, como si se borrase y desapareciese el camino que hemos hecho con nuestra imaginación. Hace años el buen cine se diferenciaba del gran espectáculo de Hollywood con el título de “arte y ensayo”, término tan arcaico hoy como si hablásemos de terodáctilos o de tiranosaurios rex, pero la transformación del cine nos empieza a llevar de las salas en versión original hasta las salas de los museos.


El video, un eslabón casi siempre olvidado en esta cadena de la evolución del conocimiento artístico y del entretenimiento, se ha enlazado con el cine en las nuevas iglesias de los muesos de arte contemporáneo y ha dado un aliento creativo impagable al antiguo cine, transformándolo en algo mestizo y tal vez por eso tan atractivo. Y mientras los cines bajan sus taquillas lenta pero inexorablemente, los museos tienen cada vez más visitantes gracias en gran medida a estas sesiones de cine donde se pueden ver historias, películas, aventuras y proyectos que ninguna distribuidora quiere mantener, que ninguna sala comercial puede proyectar. Antes “arte y ensayo”, hoy cine en los museos. Lo importante es que todos vayamos al cine, que todos veamos cine, que lo aceptemos como lo que es (no siempre, pero si muchas veces): el séptimo arte. Y que veamos cine aunque no paguemos a las distribuidoras americanas y nos alejemos de unas salas de cine incapaces de mantener en cartelera esas películas que queremos ver y que no tienen nada que ver con albóndigas americanas o invasiones a la tierra. Lo importante es que el público, nosotros, sepamos lo que queremos y, sobre todo, lo que no queremos, y que con esa necesidad de ver, de saber y de disfrutar (de tantas y tan dispares maneras) sigamos pudiendo ver esas películas que necesitamos, ya sea en el cine, en el multicine, en las salas de arte y ensayo, en los museos, en nuestros ordenadores o en nuestras televisiones.


Ahora que la ópera se vuelve a convertir en espectáculo masivo gracias a las salas de cine, y que el teatro sigue siendo un negocio limitado pero rentable, hagamos que el cine siga transformándose para no morir.

Imagen: Janett Cardiff & George Bures-Miller. The Paradise Institute, detalle, 2001. Cortesía de los artistas