OPINIÓN

Los coqueteos del arte contemporáneo con el cine y viceversa son muchos y variados, pero hoy al entrar en un cine de los de estreno salta a la vista: Manifesto, “contra la mentira del arte”, el próximo estreno de Ai WeiWei como director (sólo le falta jugar al fútbol), siguiendo la estela de muchos otros, desde Julian Schnabel hasta Artemio Narro (con desigual interés y fortuna); y por supuesto The Square, dirigida por Ruben Östlund y que llega a las pantallas con algunos premios (Palma de Oro en Cannes, Premio del Cine Europeo al Mejor Diseñador de Producción) que por lo menos te tranquilizan un poco al entrar en la sala. Lo primero que hay que aclarar es que The Square no es una crítica al arte actual, no trata del arte más que de las relaciones sexuales entre hombres y mujeres. El que el sector del arte se haya sentido no sólo aludido sino protagonista de la película demuestra una vez más ese ego inconmensurable que se tiene por esta zona. Sí, el arte es el escenario, el protagonista es un curador, el arte es el paisaje elegido para hablar de una sociedad débil, decadente, enferma e hipócrita. Personalmente me parece un entorno muy adecuado. De lo que habla la película es de las relaciones en una sociedad “perfecta”, llena de desigualdades, con unas élites inútiles, infantiloides, indecisas, sin principios y, sí, incapaces de enfrentarse a la realidad como adultos. Irresponsables en el trabajo, en la familia, en las relaciones humanas. Como diríamos en Madrid, tan tontos que no saben ni cruzar la calle. Ricos pero incapaces de afrontar la más pequeña adversidad.

Christian Nielsen, curador del museo de arte contemporáneo X-Royal contesta a una pregunta de una periodista al inicio de la película con una parrafada que no tiene nada que ver con la pregunta: “…es como si…, si pongo su bolso aquí (indicando a la sala de exposiciones detrás de él) este bolso se convertirá en una obra de arte, es algo así de lo que se trata en su pregunta”. Por supuesto no es nada así de lo que trata la pregunta, pero él es un curador de arte contemporáneo que tiene “la obligación de traer lo último, lo más nuevo, al museo, y eso es duro y cuesta mucho dinero”. ¿Qué más podemos esperar? Por supuesto su coche es un Tesla y estamos en Noruega, una sociedad casi perfecta, aquí todo es muy caro, los museos reciben millones, 50 millones de coronas para ser exactos, para comprar obra, pero las calles están llenas de mendigos a los que nadie mira. Nadie responde nunca a un grito de auxilio. De eso trata la película, de la frialdad de esas sociedades modélicas donde a nadie le importa nadie, pero el arte sigue siendo una cuestión de millones. La fiesta debe continuar, y un ligero recuerdo a la Gran Belleza se cuela por algunas grietas, claro que una belleza y una decadencia nórdica, nada que ver con Italia, con Roma. El arte, pero sobre todo el lenguaje, las formas con que se envuelve está presente todo el tiempo, es cierto. Pero podrían ser diseñadores, brokers, youtubers, de hecho la peor parte se la llevan los encargados de la mercadotecnia, unos ignorantes imberbes que miden el éxito por los millones de likes y el seguimiento en las redes y su obsesión por conseguirlo a cualquier precio. ¿Eso no le suena a nadie? Esos adolescentes millonarios a los que siguen millones de personas por las redes y que son absolutos ignorantes e irresponsables… salen todos los días en periódicos que mezclan las recetas mas sofisticadas con las noticias de la venta de emigrantes como esclavos en cualquier lejano lugar al margen de la ruta de las ferias y las bienales, ¿no les suena?

En cuanto a los clichés del mundo del arte… ¿se refieren a esas señoras entre 35 y 60 años vestidas de negro que dirigen los museos… o que trabajan, mas o menos, en los museos?, ¿a esos artistas que explican su obra metidos en un pijama y recurriendo al uso de términos como objetos cotidianos, la relación del espacio con las ideas, en cómo respira un paisaje en una sala de museo…?, ¿no les suena? ¿de verdad? Porque yo los he visto, aguantado, entrevistado y saludado miles de veces en estos últimos 40 años. Nuestro curador, Christian, usa un lenguaje que es un cliché cuando lo vemos en una película, pero que alabamos cuando lo leemos en un catálogo firmado por un teórico indiscutible: “las razones de la atracción silenciosamente convincente de un objeto totalmente banal son por supuesto múltiples; sin embargo, se podría encontrar una primera explicación en el hecho de que la presentación de un contenedor vacío, en lugar del propio objeto, traza el mismísimo cambio del valor de uso al valor de exposición que se ha producido en la cultura en su conjunto”. Esta sería la respuesta adecuada a la periodista al inicio de The Square, pero realmente es lo que Benjamin Buchloh escribió sobre la caja de zapatos vacía que Gabriel Orozco colocó en el suelo de la sala de exposiciones de la Bienal de Venecia de 1993, esa fue su obra. Ciertamente el bolso de la periodista si se coloca unos metros más allá se habría convertido en un objeto de arte. Seguro que les suena conocido a muchos de ustedes.

En el mundo del arte faltan espejos, autocrítica y sentido del humor y sobra soberbia y superegos. Lo único que no me encaja en The Square es que el curador sea guapo, elegante y hetero, y que a las ruedas de prensa del museo vayan tantos periodistas. El resto llevo 40 años viviéndolo en primera persona. Salí del cine con una sonrisa y con pena por la sociedad en la que vivimos. Y pensando en unos cuantos amigos y en su reacción cuando la vieran.