OPINIÓN

¡Ay, el amor! Todo lo podríamos hacer por amor. Locuras, lo más increíble, lo que nunca podríamos imaginar. Por amor daríamos la vida… ¿de verdad daríamos la vida? Paremos un momento y enfriemos los sentimientos, hay muchos tipos de amor (a los padres, a los hijos, a los amantes, parejas…) pero todos parecen confluir en un lugar donde no existe nada más que ese sentimiento caníbal que todo lo devora. Por amor mentimos, traicionamos nuestros principios… y lo peor es que como el amor es ciego no somos conscientes, no vemos lo que hacemos. Porque en ese estado de levitación amoroso no hacemos casi nada de la forma correcta. “Y es que te quiero tanto…” debió pensar Françoise Fillon cuando puso a su mujer Penélope y a sus hijos en puestos con sueldos públicos, puestos en los que realmente nunca trabajaron. Donald Trump nombra asesora a su hija Ivanka, poniéndole despacho en la Casa Blanca, para que le asesore en cómo gobernar el mundo, a ella que no tiene experiencia ni conocimientos de ningún tipo… pero es por amor. Son todos puestos de confianza, que pagan los Estados, pero ¿en quién confiar mejor que en tu mujer y en tus hijos? ¡Les queremos tanto…!

En política ya está claro que es el amor el que guía a los políticos a la hora de nombrar asesores, pero parece que en arte también. Y nos enteramos, no sin cierto rubor, que en los dos eventos principales del arte contemporáneo en este año, sus comisarios principales también están ciegamente enamorados. Christine Macel, comisaria de la Bienal de Venecia, y Adam Szymczyk, comisario de la Documenta 14, están enamorados, hasta el punto de que les parece lógico, natural y bueno en esencia que los objetos de su amor estén presentes en sus selecciones curatoriales. A Christine Macel le gustó una de las piezas de su novio, el italiano Michele Ciacciofera, para su exposición veneciana Viva Arte Viva. Adam Szymczyk incluye también a su pareja, la coreógrafa Alexandra Bachzetsis, en el programa de performance de Documenta. No dudamos de que sean unos artistas interesantes, el hecho es que no conocemos a ninguno de los dos, pero la pregunta es: ¿eran imprescindibles sus presencias en estos eventos? ¿Son tan indiscutibles que sus enamorados no han podido prescindir de ellos ni por un momento? Nos alegramos desde aquí de su felicidad y les deseamos que su amor dure infinitamente y que tengan muchos hijos (los necesarios para que alguno de los dos se quede en casa), pero les agradeceríamos que separasen sus afectos privados de sus trabajos públicos, sobre todo para tomárnoslos en serio aunque sólo fuese por un rato.

Es curioso que estos efluvios amorosos suelan darse en puestos de carácter público, en decisiones cuyos costes los paga alguna institución. Ya los hemos vivido mucho más cerca en directores de museos y sus parejas, en críticos y sus hijos (todos se quieren muchísimo, por cierto). Otra cosa es que una iniciativa privada se monte como les parezca a los que la paguen puntualmente. Pero parece que los dineros privados son más meticulosos y fríos que los públicos, en la empresa privada casi que no queremos a nadie, no nos enamoramos tan ciegamente. Somos gente infeliz.

Pero en una sociedad en la que la ética no importa demasiado esto es sólo una curiosidad. Una excepción que se hace norma en el mundo de la política y queda al desnudo en tiempos electorales, demostrando que las viejas monarquías han dado paso a nuevos nepotismos, sagas de padres, esposas, hijos, hermanos, nietos que mantienen, con unos apellidos cada vez más lejanos, los mismos privilegios, porque ¿dónde hay más amor que en una familia bien avenida? Hemos olvidado aquel consejo a la mujer del César (debe ser honesta pero debe, también, parecerlo) y hoy la honestidad es algo que ni se tiene ni se presume, un valor invisible y escaso. Donde reina el amor todo lo demás sobra.

El amor siempre aparece representado como un angelito con pañales y un arco con el que tira flechas, las flechas del amor, a diestro y siniestro, con los ojos vendados… así es evidente que no puede acertar, es evidente que el amor es un albur, una incongruencia que te toca en un juego de azar en el que realmente no participas. Convendría que alguien le quitara a ese estúpido angelito la venda de los ojos, el arco y las flechas y le mandara al colegio. A ver si así alguno ve el ridículo que está haciendo.