MICROENSAYO

  • Susan Philipsz, Susan, Barbara, Joan and Sarah: A Song Apart, 1999

“El arte sonoro le hace al oyente no solo oír, sino también tocar la obra, descubrir sus sonidos por sí mismo”.

(Entre el arte sonoro y el arte de la escucha. Arte y políticas de identidad, Vol. 7, 2012)

En las dos últimas décadas el arte sonoro ha conocido un fuerte desarrollo gracias al trabajo de nuevas generaciones de artistas que han visto en el sonido una herramienta fundamental de expresión artística. Este campo –cuya delimitación teórica todavía hoy resulta polémica– incorpora el elemento tecnológico con frecuencia y engloba prácticas híbridas que van de la escultura sonora a las obras intermedias.

Junto con Janet Cardiff y Christian Marclay, Susan Philipsz (Glasgow, Reino Unido, 1965) es una de las grandes representantes del arte sonoro actual, habiendo expuesto, en su extensa trayectoria, en algunos de los museos más importantes del mundo, como la Tate Britain en Londres, el Museo Solomon R. Guggenheim o el MoMa. También ha participado en bienales y otros eventos internacionales que le han abierto las puertas del éxito y la han encumbrado como artista imprescindible dentro del arte contemporáneo.

Su obra, protagonizada en muchos casos por su propia voz, establece continuas relaciones con el espacio que la rodea, y apela a las emociones del espectador a través del poder evocador de la música. Las referencias a la performance y al rock alternativo de grupos como Radiohead, así como su deuda con la escultura, marcan todo su trabajo hasta la actualidad. Philipsz altera, a fin de cuentas, la percepción convencional de lo visual para crear ambientes artificiales que escarban en nuestra alma para llevarnos a la introspección y a la quietud. A la vivencia romántica de la ausencia y de la pérdida.

Susan Philipsz

Con una voz no muy educada y esa pátina melancólica que la envuelve, la artista también se interesa por las interacciones que se dan entre la obra sonora –física o cantada– y el entorno urbano, sacándola del contexto del museo. Estos site-specifics buscan la reacción del viandante que, extrañado, recibe el sonido producido por algo que no es capaz de identificar.

Otros artistas que trabajan con el sonido comparten, junto con Susan, ese interés por la capacidad reveladora de la memoria y la percepción en el momento de enfrentarse con la obra. Tal es el caso de la canadiense Angela Bulloch, que en sus instalaciones reflexiona sobre las relaciones habidas entre las matemáticas y la estética. Mediante la luz y la música, la tecnología y la escultura, Bulloch reclama la participación directa del espectador para exponerlo a sus propias conclusiones, que ayudarán a definir la totalidad de la obra.

Philipsz, que no es una músico de formación, se vale de la música popular para establecer, siempre con un poco de ironía, debates alrededor de las formas de identidad que le son propias a una comunidad, llevando una determinada canción, en la que el espectador se reconoce, a nuevos territorios que le confieren propiedades catárticas y narrativas. Tal vez en un intento por recuperar la cultura perdida, el recuerdo compartido, o por el justo deseo de forzarnos a experimentar la emoción.

Un deseo que deviene en la capacidad de la artista de llevarnos a un estadio más espiritual que el real, a otros mundos imaginados, alterados, de otra época. Al poder transformador del duelo. De esto último habla, precisamente, The Dead (2000), una pieza basada en la novela homónima de James Joyce y en su versión cinematográfica de 1987 (dirigida por John Huston), que habla del recuerdo de un amor de juventud perdido y de su indeleble huella en el presente.

En efecto, Susan Phillipsz rememora en The Dead, durante veintiún minutos, el momento en el que Gretta (Anjelica Huston en la película) recuerda un antiguo pretendiente que había muerto por el vívido amor que sentía por ella, mientras escucha la canción The Lass of Aughrim, cantada ahora por Susan, una y otra vez, de una forma tan cálida como natural.

Enmarcada en la exposición There Is Nothing Left Here –la primera individual de Philipsz en España– en el Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC) en 2007, estaba aquella instalación llamada Follow Me, concebida para ocupar la entrada del antiguo cementerio de Bonaval. Allí, se escuchaba la voz de Philipsz cantando cuatro interpretaciones diferentes del tema Happenings Ten Years Time Ago de The Yardbirds, a través de cuatro canales de sonido independientes. Y otra vez se nos aparecía la idea del duelo, ahora ya en un sentido abiertamente colectivo.

El duelo en la obra de la inglesa también ha de entenderse desde la perspectiva de la conmemoración y el homenaje. Como ocurre en Returning (2004), film sin sonido que recoge la grabación de varios transeúntes detenidos frente al monumento del cofundador del Partido Comunista de Alemania (KPD) Karl Liebknecht, en Berlín. En From the Beginning (2007), la voz de Philipsz entona una melodía acompañada de vibráfono, dirigida a un espectador del que espera su más abnegada atención, a punto de disparar sobre él una infinidad de asociaciones y pensamientos. Pieza, esta última, que ya no existe desde el duelo, sino, sobre todo, como meditación sobre el sueño y la repetición, el renacimiento y la renovación.

One and the same

El elemento sonoro en el trabajo de la artista se vuelve más complejo en sus piezas más tardías. Así ocurre en Let It Breathe (2007), donde varios altavoces emiten diferentes tonos en una misma sala, como en diálogo entre ellos, haciendo al público consciente de la fisicidad del espacio y de lo que dentro de él se genera, al tiempo que le obliga a una reflexión sobre su papel, o situación, en el mismo.

Company (2000), presentada en lugares tan dispares como el Irish Museum of Modern Art (2001) o el CGAC (2007), es una instalación sonora basada en la película Don’t Look Now (1973) de Nicolas Roeg que, como en aquella, remite a la pérdida, la nostalgia y la recuperación. También a experiencias personales de la artista. Susan Philipsz toca el piano para dar con una melodía dolorida.

Desde que Philipsz, aún de niña, cantaba junto a sus hermanas en el coro de una iglesia de Maryhill hasta hoy, han pasado muchos años, que, no en vano, han servido para ver el inicio y consolidación de una carrera trepidante a la que debemos la revelación de una artista intimista cuya obra nos ha hecho tener nostalgia de la nostalgia.