OPINIÓN

Vivamos rápido, muramos jóvenes, dejando detrás un cadáver aún bello. ¿Por qué agotar todo el tiempo, incluso la prórroga? Para muchos la vida está sobrevalorada, es simplemente tiempo y, a veces, no lo necesitamos todo. Como esas competiciones en las que si acabamos primeros, si gastamos menos tiempo en conseguir el objetivo, ganamos.


Son tiempos de suicidios. No son sólo los de tantas personas desesperadas, acorraladas por una realidad dolorosa: ruina, enfermedad, soledad… no hablo de los suicidios producidos por coyunturas que nos acucian a una salida por pies, al “no puedo más”. Quiero hablar de todos aquellos que se van cuando aparentemente lo tienen todo, cuando son jóvenes y la vida les sonríe, o por lo menos les guiña un ojo. Esos que una sociedad tan estúpida como la nuestra llama “triunfadores”. ¿Qué empuja a un genio de 26 años, reconocido internacionalmente, un informático brillante capaz de alterar el curso del conocimiento como pocos otros? Aaron Swartz es un símbolo de la idea del suicidio como una opción más (famoso en la red desde los catorce años, entre otras cosas diseñó el código RSS, una herramienta que permite la suscripción a contenidos online por la que, cada vez que una web añade información, el usuario la recibe).


El cansancio, tal vez también “el ya no aguanto más”, se unen en una muerte inexplicable para todos aquellos que sólo entienden el suicidio como una escapada de depresivos, aquellos que piensan en el suicida como un cobarde y nunca creen que su decisión es simplemente una decisión irrevocable.


Ángel Ganivet (ya nadie sabe quién fue Ángel Ganivet, porque la ignorancia, la incultura y la falta de curiosidad serían realmente las causas lógicas de un suicidio masivo) se suicidó en alta mar, en unas aguas heladas; siendo rescatado en su primer intento, ante un descuido de sus salvadores volvió a tirarse al agua consiguiendo finalmente su deseo de morir. Las causa suelen ser despecho amoroso, soledad infinita, crisis económica, enfermedad… pero la realidad es que la causa de todos los suicidios es simple y llanamente la propia vida. Es la vida la que nos mata a todos, sólo que a algunos lo hace más rápidamente.


Los suicidas jóvenes son siempre un misterio. Swartz, se enfrentaba a juicios y demandas por sus últimas acciones a favor de un acceso libre a la información. Pero su vida discurría por un sendero no más agreste que el de millones de personas que deciden seguir viviendo. Su familia explica las razones de esta decisión diciendo que “miraba el mundo con cierta lógica en su cerebro, pero el mundo no encajaba necesariamente con esa lógica, lo que a veces dificultaba las cosas”. Es decir, era diferente. Veía y pensaba las cosas de forma diferente. Es esa diferencia la que define y determina nuestras vidas y la capacidad para aguantar la fractura que esa diferencia genera con la aparente realidad de las cosas en su fricción permanente. A veces, simplemente, esa herida es mortal.


Han sido muchos artistas, muchos escritores, muchos conocidos y otros muchos desconocidos, los que no han podido resistir el desgaste que esa “diferencia” producía en sus vidas. Recientemente, muy cerca de nosotros, otro joven brillante tomaba la misma decisión que Aaron Swartz. Deciden irse tal vez no los mejores, pero si aquellos que no resisten la estupidez de una sociedad, de una vida, de un mundo que no encaja con sus mentes, con sus sensibilidades, con sus necesidades. Hay que respetar esas decisiones, aunque el detonante sea una última incomprensión, una nimiedad que para otros es simplemente un revés. Respeto y admiración por aquellos que deciden cuándo morir ya que no pueden decidir cuándo nacer.


Naturalmente otras muchas voces, con Manuel Machado a la cabeza, opinan que “hay que dejar que la vida nos mate ya que nosotros nos tomamos el esfuerzo de vivirla”. Sólo que, a veces, ese esfuerzo no merece la pena.

Imagen: Cristina Lucas. The last will of Walter Benjamin, detalle, serie Suicidios de escritores famosos, 2005. Cortesía de la galería Juana de Aizpuru, Madrid.