OPINIÓN

Son muchos los artistas que se han suicidado a lo largo de la Historia del Arte. Incapaces de aguantar la vida con su fealdad y su dolor. Seres frágiles y doloridos que no pudieron aguantar más. La gota que colmaba el vaso de su aguante posiblemente sería lo más inexplicable, desde un amor contrariado a una temporada inacabable de lluvias y frío, la incomprensión de su galerista, en definitiva el rechazo, el dolor, la soledad, la propia y terrible vida. Pero no conocemos casos, al menos no son célebres, de espectadores suicidas. El público al parecer ni siente ni padece, paga o no paga la entrada, va a la exposición o al museo o no va, pero nada sabemos de su sufrimiento. Pintores, poetas, fotógrafos, músicos,  han acabado abriéndose las venas, bebiendo absenta hasta que su hígado se rindió, tirándose de cualquier puente, ahorcándose en algún árbol famélico… Pero nada sabemos de médicos, oficinistas, modistas, secretarias, estudiantes que después de asistir a una feria, a una exposición, a las salas del tercer piso de algún oscuro museo, llegaron a sus casas y en un último esfuerzo decidieron meterse en la bañera de agua caliente con una cuchilla de afeitar, se tomaron todas las pastillas suficientes para no tener que preocuparse nunca más por nada. No sabemos nada de todos esos soldados del arte y la cultura que no pudieron aguantar más, desde las trincheras del arte, la soledad ni la fealdad del mundo, que no encontraron ayuda ni siquiera en la obra de los pintores suicidas, ni en la de los poetas que murieron, antes que ellos, de soledad y melancolía.

Posiblemente ustedes, hipotéticos lectores, nunca han pensado en esto, nunca pensaron que la gente común, es decir todos nosotros, también se suicida porque no aguanta más la fealdad de este mundo. Como los artistas. Y es que Joseph Beuys nos enseñó que todos y cada uno de nosotros lleva un pequeñito artista dentro, tal vez ya éramos en ese preciso momento una liebre muerta más y no llegamos a entender la Historia del Arte. Ha tenido que ser un artista desconocido, es decir cualquiera, en este caso un israelí, quien nos lo ha demostrado hace unos días a la entrada de Jerusalén, donde se está construyendo un puente más de Santiago Calatrava. Es un puente pequeño, modesto incluso, por el que en su momento pasará un tranvía. Este israelí de 44 años del que no se ha facilitado su identidad, después de contemplar detenidamente el proceso de construcción y no pudiendo aguantar su fealdad terrible por más tiempo, se encaramó a una grúa y amenazó con acabar con su vida arrojándose al vacío. La policía tuvo que llamar a su negociador especializado y durante horas estuvieron intentando que no se tirase. Finalmente el suicida se bajó de la grúa y el espectáculo se acabó y el puente siguió su construcción. No sabemos si otro día este suicida judío elegirá este mismo puente ya terminado para arrojarse desde él, no pudiendo resistir la llamada del vacío absoluto, como el de una obra de Anish Kapoor que nos llama, nos reclama, ofreciéndonos el más bello olvido, la ceguera del azul absoluto o del rojo de la sangre. No son conscientes los artistas que nosotros, los espectadores, esos que miramos y callamos día tras día, año tras año, exposición tras exposición, puente de Calatrava tras puente de Calatrava, horror tras horror, feria tras feria… también tenemos nuestra sensibilidad, escondida detrás de una gran paciencia y que un día, inopinadamente, cuando no haya arco iris detrás de la lluvia, no podremos aguantar más y saldremos del museo y subiremos al primer rascacielos que veamos y desde la terraza del piso 23, silenciosamente, sin llamar a nadie, nos lanzaremos al vacío porque no podremos aguantar más la terrible fealdad de la vida, la estupidez bochornosa de los puentes de Calatrava, ni tantas y tantas tonterías, atentados a la inteligencia, monstruosidades incomprensibles que durante años, décadas, siglos tal vez, nos ofrecen los artistas de cualquier género e identidad. Todos podemos ser suicidas si nos presionan un poco, Isidoro Valcárcel Medina lo entendió perfectamente cuando proyectó su nunca realizado proyecto de la Torre para Suicidas, una obra necesaria, imprescindible, urgente para todos nosotros que sufrimos tanto todos los días. Y eso sin hablar de política.