La historia de los museos y de su relación con aquellos ricos o menos ricos coleccionistas que legan sus obras a instituciones públicas es ya larga y polémica. En su favor siempre se habla de las grandes colecciones que son los pilares de los museos norteamericanos, se recuerdan obras de valor incalculable hoy para cualquier museo, que normalmente se compraron en su momento por cifras irrisorias o fueron simplemente pago de los artistas por servicios e incluso regalos. Naturalmente, los museos son el mejor lugar para las obras de arte. Son mucho mejores que las cajas de seguridad de los bancos suizos, donde hay más maravillas de la historia del arte de las que nadie pueda imaginarse, obras que probablemente nunca llegarán a un museo. También son mejores los museos que las herencias fragmentadas en hijos ociosos que cambian un Greco por un Ferrari sin pararse a pensar en lo fútil del tiempo de la tecnología de un automóvil ni en la eternidad de la cultura. Pero, en fin, no todo en el Museo es maravilla y gloria eterna. Los museos tienen infinitos almacenes que guardan, y ocultan, miles de obras de arte de una manera aún más perversa que las cajas de los bancos suizos, pues ese destino lo deciden diferentes motivos aleatorios, desde el error en el registro hasta el gusto personal del director de turno.
Pero en una donación hay muchos aspectos a considerar. La decisión de la ex galerista Soledad Lorenzo de donar su colección al Museo Nacional Reina Sofía, sin pedir ninguna medida de beneficio fiscal ni reconocimiento de ningún tipo, ni un euro, dice mucho de su amor al arte español y, sobre todo, dice todo de su dedicación “más allá del deber y de la muerte” por sus artistas. Sus artistas, como ella siempre nombra a ese puñado de artistas- sobre todo pintores- que a lo largo de los años, con escasas incorporaciones y bajas, formaron el núcleo duro de su galería-. No voy a decir nada de estos artistas ni de la galería, pues para eso publicamos hace poco la autobiografía artística (*) de una galería que, mal que le pese a alguno, ha puesto nombre a varias décadas de arte español. Es cierto que Soledad está organizando su despedida del escenario por etapas con una inteligencia estratégica digna de un general del alto Estado Mayor, como es cierto que al no tener hijos y a que sus sobrinas no tienen una vinculación profesional con el arte, parece que su colección de obras de arte debe ir por lógica a una institución y ¿cuál mejor que el Reina Sofía? Si yo tuviera que contestarme a esta pregunta diría que cualquier museo sería un lugar mejor que el Reina Sofía y que en esa aseveración, además, no hay ninguna lógica. Y seguramente no sería la única. ¿Por qué no el Museo de Arte de Santander? Donde le hicieron el único homenaje expositivo de su colección, de la ciudad donde nació. Por qué no una subasta y el dinero recaudado donarlo a un fondo para artistas sin pensión de vejez, o a sus propios artistas, o a cualquiera, porque el dinero, en contra de lo que le pasa al arte, le gusta a todos. La razón por la que dona su colección al Reina Sofía se explica en su propia trayectoria como galerista, en la que colocar a sus artistas en el principal museo del Estado fue su prioridad absoluta junto con vender y ayudar a la formación de colecciones privadas en España.
El problema, uno de ellos, es que ahora no está vendiendo esas obras sino regalándolas, obviando que el Museo adquiera a esos artistas aún vivos y en plena actividad ninguna obra más posiblemente en décadas, lo que puede ser más perjudicial que beneficioso. Otro inconveniente es que la sintonía de sus artistas con la línea del Reina Sofía y los gustos de su actual director son mínimas, centrándose básicamente en Antoni Tàpies y poco más, algo que se demostró claramente durante los últimos años de existencia de la galería, por lo que es de suponer que, por ejemplo, los 14 Pérez Villalta (que donó gran parte de su obra al Centro de Arte Contemporáneo de Andalucía recientemente) y los 11 Barceló pasen muchos años en la oscuridad – que no soledad- de los almacenes. Esa fue una de las razones principales por las que la también galerista, pero sobre todo coleccionista, Helga de Alvear (Soledad Lorenzo nunca se ha definido a ella misma como coleccionista sino como galerista) nunca se planteara donar ni ceder ni siquiera temporalmente parte de su colección al Reina Sofía. La incomprensión atávica y cíclica de las instituciones museísticas, solo hay que dar un vistazo a la historia del Museo del Prado y sus lagunas imperdonables e irrecuperables con etapas de la pintura europea negada sistemáticamente por directores miopes.
Por otra parte la donación se realiza justo al conocerse la caída de visitantes, la crisis de caja y los nuevos recortes en los presupuestos públicos del Museo, que se refuerza con Ana Tomé al frente de su Fundación en la búsqueda de patrocinios privados. Nuevamente hay que valorar la generosidad de Soledad Lorenzo, en este caso de dar al que no tiene… aunque hay muchos que tienen menos. Prácticamente todos. A este respecto quiero decir que en esta interminable crisis económica – que está ocultando otras crisis y decadencias aún más graves- todos estamos siendo gravemente afectados, y que el Reina Sofía mantiene un presupuesto de 33 millones de euros del Estado (al margen de lo que ellos mismos puedan conseguir con entradas, prestamos de obra, venta de exposiciones, etc.) que no siendo el que fue no está nada mal. Ante una crisis de este calibre lo que hacemos todos es, en primer lugar, quejarnos, llorar y patalear… y después buscarnos la vida recortando gastos, personal, bajando sueldos, y dándole a la imaginación ( por ejemplo prescindiendo de “asesores” a sueldo fijo) y al músculo para sobrevivir. Pero en cualquier caso, esta donación de Soledad Lorenzo no beneficia económicamente, sólo patrimonialmente, al Museo… otra cosa sería que los excedentes de fondos se pudieran sacar al mercado, aunque hoy por hoy habría que preguntarse a qué mercado, desde luego no al internacional donde estas 385 obras no alcanzarían los precios que hubieran alcanzado vendidos por la galería Soledad Lorenzo a su mercado habitual, el nacional. En cualquier caso, hay que agradecer a Soledad Lorenzo un gesto que culmina una trayectoria profesional exquisita y felicitar al Museo Reina Sofía por la llegada de los Reyes Magos justo al final del verano y rogar a su director de hoy y a los futuros que sepan valorar estas obras, a estos artistas e incluso a otros muchos que podrían estar y no están, aún, en sus colecciones.

Imagen: Soledad Lorenzo frente al retrato que le hizo Helmut Newton, 2012. Foto: Ana Laura Aláez.

(*)Soledad Lorenzo. Una vida con el arte. Antonio Lucas y Mariano Navarro. EXIT Publicaciones.