OPINIÓN

Hace ya muchos años, en la anterior crisis económica, me comentaba un galerista de los de verdad, no de los que se montan en la ola de la moda cuando las cosas van bien, que él no podía cerrar. En aquel momento, como en éste, el miedo atenazaba a un mercado aún más débil e inexperto que el que ahora tenemos en España y eran muchos los que hablaban de cerrar y muchos los que cerraron efectivamente (aunque alguno abriría una y otra vez posteriormente, transformándose en lo mismo una y otra vez, juzgando a todo el mundo desde la alta pechera de su chaqueta de terciopelo sin mirarse a sí mismo).
Pero ese galerista de raza, humilde y sin aparente glamour afirmaba que él no iba a cerrar. Era muy sencillo, me explicaba “aquí solo pueden cerrar los que tienen dinero, los que no tenemos dinero ni propiedades en las que refugiarnos, ni nadie que nos mantenga… ¿Qué vamos a hacer? ¿Abrir una mercería? ¿Hacer oposiciones? ¿ A nuestra edad?” Efectivamente para los que el mundo del arte es, además de una vocación y a veces un castigo, una profesión, un territorio en el que se vive y se trabaja, para ellos, para nosotros, cerrar nunca es una solución viable. Cierran los que pasaban por aquí y pueden entrar y salir, los que vivimos en este “país arte” no tenemos muchas opciones.

En estos primeros días del año se están haciendo realidad muchos de los temores que cerraban el año pasado: la crisis económica efectivamente está poniendo contra la pared a centros públicos y a empresas privadas. No hay que negarlo: todos estamos más que preocupados por como vamos a poder sobrevivir. Naturalmente unos se quejan más que otros y así se da el caso de que son los que más se quejan los que menos recortes han sufrido y que los que no podemos quejarnos, porque no tenemos mucho tiempo que perder, somos los que más arriesgamos: las pequeñas empresas privadas, las que por no poder no podemos ni hacer un ERE, a las que la crisis nos va la vida, no sólo el bienestar y la comodidad. Los que no tenemos recortes porque no tenemos presupuestos públicos a primeros de año para poder recortar. Los que si queremos editar algo lo tenemos que pagar sin institución que nos ponga un colchoncito, ya se llame coedición o patrocinio. Y me acordaba estos días del galerista que no cerró en la pasada crisis y que sigue abierto, pensando que todavía en esta nueva crisis tampoco va a poder cerrar aunque maldiga su estampa por no haber podido, entre crisis y crisis ahorrar lo suficiente como para salir de este negocio voraz que es el mundo del arte contemporáneo y ver los toros desde la barrera… pero es que el que nace con alma de torero (aunque no siempre tenga la estampa del torero) no puede más que morir de una cornada en las Ventas o en la Maestranza.

Y hablando de quejas y llantos, estamos hartos de oír quejas de museos que todavía tienen presupuestos, a veces sólo con recortes del 12%, presupuestos todavía millonarios, con más de cuarenta y cincuenta, y más, empleados, pero nos sorprendemos del poco ruido que hacen esos museos que como DA2 se han quedado con un solo empleado (para todo) o con un recorte de mas del 50% , que eso sí que es un recorte. Y nos sorprende el silencio de las asociaciones de museos, de críticos, del IAC y de todos los que se han hartado de hacer comunicados en los últimos tiempos apoyando, lamentando u ofreciendo ayuda y soluciones a los más damnificados. Tal vez es que ya empiezan las defunciones por inanición y por eso el silencio se convierte en estruendo.


De momento hay galeristas que siguen cumpliendo años, y esta semana Fúcares cumple 25 años, suficiente tiempo como para haber asentado la trayectoria de muchos artistas, algunos ya no trabajan con ellos pero nadie puede ocultar sus orígenes, tiempo suficiente para demostrar como se hace una galería: con buenos artistas, con esfuerzo …y sin cerrar a pesar de las crisis. Y ahora a ver si todos podemos celebrar un añito más.


José María Guijarro. S/T, 2011. Vista de la exposición en la Galería Fúcares, Madrid. Hasta el 21 de enero