OPINIÓN

Cuando llega el final del año se hacen balances de casi todo, igual que al empezar el año todo el mundo se plantea (¡¡ahora sí que sí!!) dejar de fumar, ir al gimnasio o dar un repaso al inglés, tan poco practicado últimamente. Los buenos propósitos nunca se cumplen y tal vez por eso los hacemos tan a la ligera, conocedores de nuestra propia debilidad y con el soterrado convencimiento de que finalmente nada cambia y que todo vuelve a sus cauces para repetirse nuevamente dentro de doce meses, como atrapados en un tiempo infinitamente aburrido.


Los balances son otra cosa, cada año son mejores. Pase lo que pase, las metas se cumplen, los objetivos se superan y si seguimos así no hará falta apenas que nos esforcemos porque todo va a pedir de boca. Por ejemplo, la asistencia a los museos que conforman el Triángulo del Arte (Museo del Prado, Thyssen y Reina Sofía, y CaixaForum) sube cada año, no importa si las programaciones mejoran o empeoran, si hay crisis o no, si el turismo sube o baja. De hecho estamos llegando a algo que nadie sospechaba: que los visitantes del Reina Sofía sean cada vez más, aproximándose peligrosamente al líder de asistencia que es, obviamente, El Prado. Más de siete millones de visitas han tenido en el pasado año, con lo que podemos aventurar que en 2012 tendrán casi ocho, y con alguna exposición sorpresa, pueden alcanzar ese récord. ¿Cuántos de estos visitantes son simples turistas que cumplen con las obligaciones propias de viajeros de ocasión? ¿Cuántos entran realmente porque les interesa el arte? A esto no hay encuesta que responda.


Sin embargo, a continuación de los récords de asistencia a los museos se han hecho públicos los récords (no podía ser de otra manera) de ventas en las tiendas de los museos. De estos mismos museos del Triángulo del Arte. Como en unas rebajas culturales parece que la mayoría de esos más de siete millones de visitantes a los museos no eran aficionados al arte, sino paseantes con ansias consumistas. Desde mantas, zapatillas, tazas, bisutería, carteles, juguetes, hasta cualquier gadget (marca páginas, bolígrafos, lapiceros…) puede comprarse en las tiendas de estos museos, antes eran las librerías las que realmente eran atractivas para un público sin duda más culto aunque también más escaso. Ahora, como mucho, se compra el catálogo de la exposición que “se ha visto”, como souvenir, como un “yo estuve allí, la vi… mas o menos”.

En estas tiendas se venden fragmentos de cultura, conformados como lámparas, delantales, como cualquier cosa que nos pueda hacer creer que nuestro nivel cultural es mayor de lo que realmente es, convirtiéndonos en consumidores de cultura pero no en personas cultas. El arte a trocitos, sin contexto, sin experiencia estética alguna, sólo un adorno, un llavero, un recuerdo. ¿Qué importa la exposición si lo que queda es el recuerdo, el marca páginas, el cartel? En eso quedan los más de siete millones que visitan esos grandes museos.


Naturalmente hay muchos que ven las exposiciones y ni siquiera pasan por las tiendas, tal vez visiten las librerías, nunca el bar del museo. En una clara crítica a esta conversión del museo en shopping center, en parque temático de una cultura aún por definir. Los museos no son restaurantes de lujo, ni tiendas de chucherías que abren los días de fiesta, no son jardines públicos donde quedar y reunirse. Tal vez, si es por sumar visitantes, habría que situar en los museos los comedores de beneficencia, las oficinas del paro, las consultas de la seguridad social… entonces seguro que suben las cifras de los ocho millones, incluso de los diez millones.


No hay que alegrarse tanto de batir récords, sobre todo cuando se consiguen con malas artes, o por lo menos con otras artes que la verdaderas.



Imagen: Sandra Gamarra. Souvenirs del Li-Mac, 2003-presente.