OPINIÓN

Nadie puede negarse a aceptar que vivimos tiempos de cambio, tiempos de crisis no solamente económicas, sino también culturales, sociales, personales. La depresión vuelve a ser una palabra utilizada habitualmente en nuestras conversaciones. Toda esta situación cada vez más inestable, en la que unos sufren y otros se benefician, nos remite a un estado de extrema fragilidad. Algo que el arte contemporáneo lleva ya tiempo anunciando. Estamos en la última década viviendo en una segunda etapa de la desmaterialización del arte. Ya se superó la idea del inicio del arte conceptual, cuando la obra se veía sustituida por el concepto, en un desarrollo que tendía a otorgarle un nuevo cuerpo a la idea para que pudiera ser objeto de arte y así el mercado pudiera seguir organizando nuestras vidas artísticas y culturales. La desmaterialización actual es más bien la demostración impúdica de una fragilidad formal y conceptual, no exenta de belleza pero si cada vez más perdida en un sinsentido que la aleja de todo contacto con la realidad, sea esta cual sea.


Es cierto también que si nos asomamos a una ventana abierta a lo internacional podemos ver cómo un desfile impresionante de curadores de medio pelo, con currículos tan frágiles como su propio discurso, cobran más trabajando para galerías que para museos, seleccionando secciones para ferias de arte que escribiendo textos teóricos o de cualquier otro tipo, ya sea en libros o revistas especializadas. Una muestra evidente de la fuerza del mercado sobre la fragilidad del pensamiento. La actitud crítica solamente nos llevará al ostracismo y, tal vez, a la miseria. Nadie querrá a aquel que escriba su opinión, y mucho menos si esa opinión se acerca a una cierta verdad. Y la verdad es que el mercado se está preparando para una nueva etapa en que, finalmente, ya la obra de arte pueda ser sustituida por un objeto aleatorio, sobre el que la mano o la mirada del artista se haya posado sutilmente. El resto del trabajo (puesta en escena, aura de belleza, promoción, discurso… todo, incluida una buena cartera de clientes y un prestigio nunca sometida a la prueba del 9) lo hará una galería bañada en éxito y dinero con la ayuda de un excelentemente pagado curador joven, bien pagado y con un criterio maleable a la par que aleatorio, eso sí, vestido de Hugo Boss y a poder ser atractivo en su andar. Cierta pátina cultural se recomienda.


Dónde está el arte en todo este montaje y, sobre todo, qué opina el artista de su sustitución como protagonista de la historia, es una pregunta que sólo tiene una palabra por respuesta: fragilidad. El artista es hoy más frágil si cabe que en épocas anteriores pues hay tal exceso de personas autodenominadas “artistas” que la debilidad, la inseguridad y la dependencia se adueña de casi todos, y quedan pocos nombres al margen de esta situación de banalidad. Esos pocos superan los cincuenta años y algunos son aún más mayores, y me temo que con su desaparición, como con la de los dinosaurios, se extinguirá una época del arte. Los artistas son las primeras víctimas y a la vez los causantes de esta situación.


Por una parte su fragilidad es simplemente el reflejo de una sociedad cada vez más inestable e insegura, vacía de sentido en sus aspectos más esenciales, pero por otra parte, esa especie de ausencia, de renuncia de algunos en controlar el entorno de la obra, de controlar y poner freno a la avaricia del mercado, participando pero ausentes de una estrategia perversa, les hace culpables también. Tal vez es hoy cuando el arte es más fielmente la presencia visual del malestar de la sociedad que lo genera, curiosamente cuando esta misma sociedad le da la espalda al arte de una manera más clara. Esta fragilidad, esta vacuidad, esta ausencia de sentido de gran parte del arte actual, espejo de la sociedad, está consiguiendo una deserción masiva de público y aficionados e incluso del desánimo de una gran parte de los especialistas que se vuelven o al mercado o a la investigación histórica… o hacia otros negocios.


Porque la fragilidad puede ser rentable, romántica tal vez, pero sobre todo es tremendamente aburrida y nada excitante.


Imagen: Marcel Duchamp. Air de Paris, 1919. Réplica elaborada en 1939.