OPINIÓN

Decía Ezra Pound que un escritor es tan bueno como bueno sea su editor. Pero no dijo nada del lector de ese escritor. Personalmente creo que la calidad de un artista viene dada también por la calidad del público. El público es el gran olvidado en todo el proceso de la cultura, olvidamos que de él dependemos, que es él no solamente para quien realmente trabajamos sino que es él el que da y quita. Es el público el que tiene el poder y por eso todos, el artista, el crítico, el político o el gestor, han intentado quitarle parte de ese poder, anularlo, alejarlo de las tomas de decisión. El público aparece en muchos discursos, pero sólo en los discursos. Y cuando el público no secunda las iniciativas del sector, de una programación, de un artista, de un libro, de una exposición, de un museo, entonces se le inventa, se le utiliza y manipula. Porque no existe una asociación de públicos, y las de consumidores no valen para defender al público, al que por otra parte no le hace falta ninguna defensa. No hay que confundir público con clientes.


En las estrategias culturales se habla de todo menos del público. Pero el público somos todos, nosotros también. Nosotros somos los que en definitiva ponemos en valor las creaciones, los que compramos las obras de arte, los que leemos los libros y las revistas, los que vamos o no vamos a las exposiciones. Y si somos más cultos, estamos mejor preparados, sabemos diferenciar, pues entonces el arte, la cultura saldrá reforzada. Si somos un público inculto, ignorante, sin capacidad de elegir y diferenciar, entonces será la muerte de la cultura. Sin público no existe el arte, y con un mal público veremos un arte de baja calidad. No importa el dinero, ni el discurso teórico de unos o de otros, no importan los intereses de los directores de museos, las paranoias de los críticos ni las obsesiones de los artistas, porque todo eso dependerá siempre del público: del de hoy o del de otros tiempos. Nadie habla de nosotros, ni se nos tiene en cuenta para programar en los museos, ni para organizar eventos, ni para establecer presupuestos. Sólo se nos usa para justificar intereses ajenos, programaciones caprichosas, presupuestos absurdos. Son otros los que dictan lo que nos debe gustar, lo que nos va a gustar, nos condicionan como si fuéramos niños estúpidos sin raciocinio alguno, incapaces de hablar, de diferenciar.


Incluso la falta de público ha llegado a considerarse una valoración del producto: nadie lo entiende porque es un adelantado de su tiempo. Y aunque sea cierto, como dijo Hanna Arendt, que el individuo se relaciona difícilmente con las creaciones contemporáneas a su existencia, no es menos cierto que la esencia de los afectos, de la experiencia artística reside en la parte emocional del individuo, que reaccionará mejor cuantas más experiencias acumule. La ausencia de público parece no preocupar a algunos, sin darse cuenta de que esa ausencia es la voz de ese público despreciado. La manera de demostrar su hastío por una cultura endogámica, superficial y ajena a la realidad de nuestros días.


La desaparición del público ha ido empobreciendo la creación y la gestión cultural. Y es ese el punto en el que ningún estudio estratégico repara, por el que ningún ministerio o concejalía de cultura se preocupa. Esa desaparición anuncia la auténtica muerte del arte. Y en esa tal vez no tan misteriosa desaparición es en lo que deberíamos centrarnos teóricos, críticos, gestores, artistas, todos los que siendo importantes sólo somos una parte pequeña, antes mínima, del mundo de la cultura.