OPINIÓN

En apenas un par de días hemos asistido en España, en un lugar que a fuerza de querer ser independiente se ha demostrado absolutamente servil, a una demostración de lo que se entiende en el mundo del arte por independencia, autoridad, libertad de expresión, respetos democráticos, y falta de profesionalidad. Así, en un plis plas, han desfilado por delante de un público inocente y sorprendido todas las posibilidades de la estupidez. Primero se anuncia inauguración (200.000 euros de vellón entre dos museos, uno alemán y otro catalán, este último al parecer escaso de recursos) de una exposición profundamente mainstream internacional, en el MACBA, cuyo director Bartomeu Marí debía conocer su contenido con alguna anterioridad, sobre todo porque los comisarios españoles de la muestra guardan una estrecha relación con el museo que dirige (Valentín Roma y Paul B. Preciado, comisaria antes conocida como Beatriz Preciado). Al día siguiente de que todos los medios se hiciesen eco de la inauguración, el museo avisa que se suspende la exposición por contener alguna obra que podría atentar contra la sensibilidad de la monarquía (concretamente una escultura en la que el anterior Rey de España es sodomizado por una mujer que a su vez lo es por un animal que parece un conejo). La obra y su autora alcanzan en esas 24 horas el mayor nivel de conocimiento que seguramente alcanzará en toda su historia. A partir de ese momento todo el mundo protesta por la censura, por la autocensura, por la falta de censura previa, porque si nadie se ha dado cuenta, porque tal vez no le importaba a nadie, porque algunos no se habían dado cuenta de que era el ex rey, y porque, al parecer, otros no se habían dado cuenta de que el tercero era un conejo, incluso alguno parece ser que no se habría dado cuenta de que era un acto aparentemente sexual. A estas horas ya todos nos hemos dado cuenta de todo, por cierto. Mientras unos decían “yo soy el conejo”, otros decían “yo soy el comisario”, o incluso “yo soy el director”, y alguien un poco desfasado pensaba que “je suis Charlie Hebdó”, el director del MACBA ponía su puesto a disposición del Patronato o del Comité o de quien sea que puede despedirle, como si esa entidad o persona no le pudiera despedir en cualquier momento al margen de que él ponga su puesto a su disposición, a no ser que sea una nueva forma de dimitir, algo que sería cuando menos sorprendente. Como ven, en esta ópera bufa en tres actos a la que gratuitamente hemos asistido, cada uno de los personajes no se sabe ni siquiera su papel. Es estupendo que todos estemos a favor de la libertad de expresión, siempre que esa libertad se demuestre en otro país. Es estupendo que todos tengamos el sentido del humor suficiente para aceptar cualquier tipo de broma sobre dioses y profetas que no son los nuestros, pero no te metas con mi rey, ni con mi dios, ni con el director del Patronato de mi museo, ¡hijo de puta! Así es la libertad de expresión, tan diferente en unos sitios y en otros como guisar con mantequilla o con manteca de cerdo.

Pero, demostrando una vez más que Catalunya es muy parecida a cualquier otra comunidad o ciudad castellano leonesa, manchega, incluso murciana, Bartomeu Marí dio marcha atrás y donde dije digo, digo Diego, y qué tontería, si, fíjate tú, esa escultura no se parece tanto a Juan Carlos I, ni siquiera el conejo se parece a un conejo lo suficiente para que la Asociación de Conejos de España pueda llegar a protestar. Y la exposición, ¡tachan!, se inaugura como se anunció antes de censurarla y prohibirla. Eso sí, sin rueda de prensa ni nada, porque ya tienen publicidad suficiente para todo el año con el numerito que se ha montado. Y como programa de mano podemos usar la nota, comunicado o como le llamen a esas cartas de amor que las asociaciones gremiales envían cada vez que pasa o que no pasa algo. ADACE, esa asociación de directores de museos de arte contemporáneo de España que se parece más a un club de campo privado que a una asociación profesional, y en la que 14 de sus 37 miembros no son directores de nada en España, ni de museos ni de centros de arte ni siquiera de ningún grupo de teatro aficionado, esa asociación que con su sola existencia demuestra que la “casta” está no sólo en la política sino allí donde resida algún poder del tipo que sea, algún buen sueldo, algunos privilegios, aunque sean ridículos. Y es que hay clubs en los que entrar puede ser difícil, pero salir parece imposible.

Con todo esto hemos aprendido varias cosas, por un lado la absoluta pervivencia del surrealismo en nuestro país, pero por otro lado, aspectos un poco más feos, como por ejemplo el poco respeto a la libertad de creación, de expresión y de criterios. También hemos asistido a un esperpento absurdo en el que el director no sabemos si sabía del contenido de la exposición y le parecía bien o no lo conocía y le pareció mal cuando lo conoció, pero no supo reafirmarse en su opinión…si tiene opinión o miedo. Si le dejan, si puede siquiera tener opinión. Si tiene que elegir entre tener opinión o tener trabajo… Hemos constatado, una vez más, que la censura sigue existiendo. Y, lo que más me sorprende, es que hemos comprobado que hay aún algunos (al parecer bastantes) que se sorprendan de que existe censura, de que los soberanos y las bestias sigan mandando no sólo en este sino en la mayoría de los países del mundo. En España decimos eso tan cañí de “hasta el rabo todo es toro”, pues en relación con los directores de museos habría que decir “hasta el fin del contrato, todo deben ser buenas prácticas”.


Imagen: Ines Doujak. Not dressed for conquering, en el MACBA.