OPINIÓN

La inteligencia es como la belleza, indiscutible. Puede haber opiniones, estilos, gustos, pero la belleza, como la inteligencia, irradia luz. Nadie sale indemne de su contemplación, su fuerza la hace evidente, envidiable, indiscutible. La belleza suele ser propiedad casi exclusiva de la juventud, la inteligencia, en su pleno desarrollo, es mas propia de la edad madura. En el SITAC XI han participado muchos jóvenes y un solo anciano, y al margen de algunos destellos de luz e inteligencia dispersa entre los más jóvenes, la luz del único anciano, la inteligencia de Jean-Luc Nancy ha servido para iluminar los tres días de conferencias y planteamientos variopintos.
El SITAC posiblemente sea el simposium, la reunión de teóricos, críticos, artistas en torno a una idea, más importante de todos los que se celebran en América Latina. En estos once años de existencia ha reunido a intelectuales y creadores de todo el mundo bajo temas diferentes y siempre polémicos. Los planteamientos teóricos no vienen siempre de la palabra de los pensadores, muchas veces es la obra de los artistas, su participación activa la que ha desencadenado el debate. Porque esa sería la palabra más importante: debate. El Simposium Internacional de Teoria de Arte Contemporáneo, SITAC, dirigido en esta XI edición por Paola Santoscoy (Mexico) y Marcio Harum (Brasil) ha girado en torno al tema “Estar los unos con los otros”, o dicho de una manera más directa y menos romántica: la comunidad. La idea de colectivo, de comuna, de relación entre unos y otros, entre vosotros y ellos, conformando un nosotros, sería el lema central. Difícil de atrapar y a la vez facilitador de cualquier tipo de discurso, hemos asistido a tres días de sesiones dobles por las mañanas y por las tardes, a veces sorprendidos, a veces atentos, y a veces profundamente aburridos. Como comentaba una profesora y curadora mexicana: “estar en una sala circular no significa que la participación no este jerarquizada”. Yo añadiría que formar los paneles de conferenciantes con jóvenes de origen diverso no significa que sus discursos no sean tan viejos como el mundo.
Se celebraron las reuniones en la sala circular del Poliforum Siqueiros, cubiertas paredes y techo por la abrumadora obra de David Alfaro Siqueiros, una sala que incluye el giro rotatorio y un “espectáculo de luz y sonido” que se mostró en el inicio de las sesiones. Pero en el centro se instala la mesa de los oradores, lo que sitúa al público alrededor, en un supuesto guiño de igualdad, intentando estar los unos con los otros. Finalmente, tanto en su estructura como en su desarrollo, se hubiera podido celebrar en cualquier salón de conferencias. El debate fue prácticamente inexistente.
Entre los participantes (me refiero a los unos, no a los otros) estaban todas las nacionalidades y mezclas: alemán residente en São Paulo, español residente en Londres (y trabajando parcialmente en São Paulo), rusa que trabaja temporalmente en Londres, canadienses, mexicanos, israelitas, peruanos, turcos (que trabajan en Berlín), ecuatorianos que viven y trabajan en Río de Janeiro, o en Nueva York, serbios que viven en Gante, franceses que viven entre California y México, libaneses, chilenos, guatemaltecos, lituanos, norteamericanos que viven en Gotemburgo, belgas y brasileños. Los mexicanos vivían en México, pero prácticamente el resto formaba una comunidad afincada en las salas internacionales de los aeropuertos del mundo, muchos de ellos con billetes que les llevan a Brasil, ese nuevo destino en lo universal del arte actual. Pero entre todos estos viajeros del tiempo y del espacio (que hablaron hasta de la telepatía ) había un hombre, un francés que vive en Estrasburgo y que no viaja, no sale de esa pequeña ciudad, ni siquiera para ir hasta Brasil, que doblaba en edad a la mayoría de los participantes, y al que menos le sacaba 20 años sobrados, que con su sola presencia en una pantalla, con su sola voz, tranquila y clara, explicando a los asistentes los conceptos de comunidad, la diferencia y la idea de estar con, de ser, de participar, y algunas cosas más , bastantes más, por el camino, demostró cómo las cosas son siempre más sencillas, más interesantes, irresistibles, cuando lo que se dice se dice desde la inteligencia, desde la sencillez, desde la más agresiva contemporaneidad. Jean-Luc Nancy, 73 años, no viaja. Pero con un vídeo esta más presente que todos los que han viajado kilómetros para estar unos días en México, con los unos y con los otros. Y con su no presencia cuestiona la forma vieja y manida de este tipo de encuentros. ¿Por qué no unas conferencias en vídeo de personajes singulares y destacados, y unos debates en directo con los jóvenes y supuestamente beligerantes teóricos locales? ¿Por qué no se da margen para que los otros, los que no se sientan nunca arriba de las tribunas, participen también? Tal vez su palabra, sus dudas, puedan hacer renacer estos debates que hacen que algún asistente diga que prefiere la poesía a la teoría.

Imagen.
Suzanne Lacy. El esqueleto tatuado, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2010.